YO, COMPAÑERA DE VIAJE

Yo, compañera de viaje

Irene Cronopia


Tras una curva y una pequeña elevación del camino por fin veo las fuentes del Aber, un salto de agua que, aunque no esté en la lista de las diez cataratas más impresionantes del mundo, en ese momento me lo parece; por no haber encontrado un alma en los dos últimos kilómetros de caminata, por el contraste de las rocas negras de pizarra con el agua que es casi blanca por estar agitada en la caída, y en definitiva por lo imponente del paisaje: un valle estrecho entre un paso de colinas cubiertas de hierba que a mis espaldas, donde empecé la ruta, se abre al mar. Sigo con la vista la caída del agua, de arriba a abajo, en algunos sitios es tan vertical que va paralela a las rocas, sin tocarlas. Abajo forma un remanso antes de seguir saltimbanqueando entre las piedras para formar el riachuelo. Y en una de esas rocas en el remanso, lo veo. Un señor calvo y entrado en carnes, con camiseta roja, abre los brazos para que una señora, desde la orilla, le saque una foto con el móvil (por supuesto ensartado en el cuasi-obligatorio palo de selfie). Otra mujer también está sacando fotos con su móvil dos pasos más allá… Unos minutos más tarde se juntan para sacarse un selfie con la cascada de fondo, selfie del que por supuesto necesitan hacer varias repeticiones. A continuación, viene otro selfie con el señor de rojo en el fondo, y muchos más una vez que los tres están en la orilla. Y la sociópata que hay en mi interior ya no podía dejar de pensar qué bonito sería si un cuervo pasase, se apoderase de esos smartphones y los dejase caer al agua.

Y es que rarezas mías aparte, muchas veces viajar con gente puede ser una sospechosa extensión de los vicios sociales de la rutina. Resulta que te pasas la semana trabajando de 9 a 5 de lunes a viernes, rodeado de tus súper-interesantes jefe y compañeros de trabajo; para desconectar, siempre hay alguna que otra actividad por las tardes, y los fines de semana, por si esto fuera poco, te vas de cañas con amigos y conocidos —e invariablemente hay alguien que cree que al resto del universo le interesa lo que estáis comiendo o bebiendo, o su opinión sobre la vida de los demás—. Los huecos que todo este cúmulo de socialización te deja los usas para mirar WhatsApp, o Facebook, o Twitter, no vaya a ser que no te enteres de algo. Te pasas el día echándole paciencia y tratando de ocultar la urticaria que te producen las frases hechas y los rituales establecidos (aun cuando vengan de personas a las que quieres y aprecias). Y en todo este tiempo, te acostumbras a no quitarte nunca la máscara que oculta que tú, en realidad, no eres una persona normal. Al final, igual que un trío de turistas haciéndose veintiocho fotos casi iguales en un rincón de Snowdonia puede hacer que por momentos te olvides de disfrutar de la belleza del paisaje, estar rodeado de gente te hace olvidarte de que ese ser que se arrastra del trabajo al supermercado, del supermercado al bar y del bar a casa, a lo mejor tiene dentro algo más que vísceras y huesos y un puñado de necesidades inmediatas que satisfacer.

Viajar a solas no tiene por qué sacarte del bucle inmediatamente; por muy idílica que parezca la idea de irte a un rincón apartado del mundo a desconectar de tu vida, como si fueses una aventurera antigua o un pirata, hay batallas que librar antes de poder disfrutarlo. Un amigo mío se fue una vez a la isla de Jersey, en el canal de la Mancha, a pasar dos semanas a su aire, y a los cuatro días volvió porque no aguantaba más. Era todo muy aburrido allí, según él, cuyo tema de conversación preferido es Tinder. Y es que sí, la primera batalla que tienes que librar es contra ti mismo. Crees que es difícil aguantar a los demás, pero prueba a aguantarte a ti mismo veinticuatro horas al día sin tregua. Si pierdes esa guerra, cuéntate el cuento de que todo es muy aburrido, vuelve a casa a rodearte de gente que te distraiga y a la que puedas aburrir para no aburrirte. Pero está la opción de vencer ese tedio, o al menos de no sentirte culpable por tener la sensación de no estar haciendo algo productivo como puede ser pasarte una hora mirando el horizonte.

La batalla empieza cuando ya puedes dejar atrás horarios de autobuses, trenes o de check-in en el alojamiento correspondiente. A partir de ahí, tu tiempo es todo tuyo, y en un principio vivir sin reloj puede ser una sensación agobiante. Para mí fue muy intensa cuando fui a Corfú: hacía una temporada que no había hecho viajes sola, llevaba a cuestas el ritmo neoliberal de Londres y me fui una semana a Sidari, un pueblo minúsculo donde mi apartamento tenía vistas a una granja de cabras. El primer día, una vez paseado varias veces el pueblo y las playas, hubo un momento de pánico: primer día, eran las nueve de la noche y ya no tenía nada que hacer. Mosquitos del tamaño de gorriones me estuvieron sobrevolando toda la noche como si fuesen una metáfora de la ansiedad que había estado tratando de calmar por el día… Pero la expresión «nada que hacer» se cae por su propio peso cuando dejas de lado la necesidad de hacer cosas para estar distraída. Todo es cuestión de tomarte un día de no pensar en qué vas a hacer luego. Cuando eres capaz de pasarte tres horas en la playa de Sidari, mirando las montañas de la costa de Albania (que se ven azules desde donde tú estás), tomarte una cerveza en la terracita del apartamento con tus amigas las cabras (a las horas en las que hace demasiado calor para salir), volver a la playa, volver a pasearte todo Sidari, y darte cuenta de que son las nueve de la noche otra vez —y que no te importa porque lo único que significa es que dentro de poco vas a poder ver las estrellas—, entonces has ganado la batalla contra «el aburrimiento». Ahí es cuando de verdad dejas de ser un turista y empiezas a ser un viajero, y paradójicamente, cuando alcanzas ese equilibrio con la soledad dejas de sentirte sola, se te cae la capa de mugre grisácea que te dejan siempre los horarios de trabajo, los ordenadores y los viajes interminables en metro, y un día vas a comer a un restaurante en Kerkyras y el camarero te suelta sin venir a cuento de nada que tienes cara de ser una persona que sabe ser feliz; o estás de senderismo en Cornwall y al pasar por un pueblo que se llama Mousehole te tomas un té con dos ancianos adorables que han viajado por todo el mundo; o te metes en un pub de Dublín a escuchar música y acabas bebiendo pintas de Guinness con una irlandesa que no tiene problemas en hablar del lado oscuro del ser humano.

Cuando se viaja sola, primero, hay que romper las autodefensas que nos creamos para sobrevivir cada día, pero luego por las grietas siempre se cuelan muchas aventuras.

 

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