YEZID ARTETA: «Las armas constituían una carga muy pesada para avanzar en un proyecto transformador»

Yezid Arteta

«Las armas constituían una carga muy pesada para avanzar en un proyecto transformador»

Redacción de Juego de Manos


En las últimas semanas han aparecido en los principales periódicos entrevistas y tribunas sobre el proceso de paz entre el gobierno colombiano y las FARC. Todas ellas entrevistaban a personalidades del Gobierno o figuras internacionales, pero a nuestro país no han llegado apenas voces provenientes de los otros, y principales, firmantes de los acuerdos de la Habana. Hace poco nos enteramos de que la alta representante de Política Exterior de la Unión Europea va a promover que se quite a las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia del listado de organizaciones terroristas. Con tal nihil obstat, quisimos indagar. Conocimos a Yezid Arteta (Barranquilla, 1959) durante una conferencia organizada por la librería Traficantes de Sueños de Madrid. Sociólogo, abogado y escritor. Llegó a ser comandante de las FARC y desde hace más de una década lucha por que Colombia llegue a la paz. De mirada afilada y verbo firme, nos cuenta su historia y la de su patria.


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¿Cuáles fueron tus primeros contactos con la política?

Bueno, yo formo parte de esa generación de jóvenes que quedó marcada por todas las revueltas estudiantiles en los años setenta (en el caso de Colombia), que fue como el impacto de la revuelta del año 68 y que tuvo su manifestación en Colombia en los setenta principalmente. Fui dirigente estudiantil, fui representante estudiantil, fui militante de la Juventud Comunista Colombiana (JUCO), tuve formación en el seno de la JUCO e hice activismo durante todo ese tiempo. Asumí responsabilidades internas en esta organización comunista y responsabilidades de cara a la representación estudiantil.

Es ese periodo clásico en el que sientes el rigor de la represión, y más aún en el caso de Colombia donde no hubo la clásica dictadura abierta como en el Cono Sur con militares al frente del Estado y con aparato de represión de manera directa y brutal. En Colombia se utilizó un modelo denominado democracia restringida, es decir, en apariencia era un modelo democrático pero, digamos, hegemonizado por dos grandes partidos y con un sistema de dominación a través del estado de sitio. Es decir, en el cual hay restricción de las libertades públicas, tanto que en ese periodo, por ejemplo, los civiles en Colombia podían ser llevados por razones de detenciones, por protestas, por huelgas… a tribunales militares. Fue un caso muy particular. Yo recibí esa represión, fui capturado en un par de ocasiones, llevado a la Brigada, interrogado en la Brigada, vendado y sin asistencia de abogados.

¿Por qué la lucha armada en aquel momento?

Una situación importante, no solamente para mí sino en general para esa generación, fue el triunfo de la revolución nicaragüense de 1979. Fue un triunfo por la vía insurreccional dirigido por el Frente Sandinista de Liberación Nacional. Este hecho vino a corroborar una cosa, y es que las vías legales prácticamente estaban cerradas. La experiencia de Pinochet y Salvador Allende así lo mostraba. Y ambos sucesos venían a confirmar la eficacia de la vía insurreccional. Inmediatamente con el triunfo de la Revolución nicaragüense se producen también las primeras grandes ofensivas del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional, entonces es un momento en el que el tema de la insurgencia, el tema de la guerrilla, ya no es el simple debate en el seno de las organizaciones políticas de izquierda y en la Universidad sino que era simple y llanamente dar el paso. Y ahí fue donde yo di el paso y me incorporé a las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia.declas-2

¿Por qué a las FARC?

Porque las FARC tenían una matriz comunista y yo venía del seno de las juventudes comunistas. En Colombia también había otras organizaciones guerrilleras, unas inspiradas en el foquismo, en el guevarismo, en la Revolución cubana; había guerrillas nacionalistas como el M19 y otras guerrillas de carácter indigenista como un grupo que se llamó el Movimiento Armado Quintín Lame. Yo fui a la guerrilla, obviamente fui hacia donde estaba el comando central de las FARC donde estaban los máximos dirigentes y comandantes de las FARC; en esa época «Manuel Marulanda Vélez» —más conocido como «Tirofijo»—, «Jacobo Arenas» y otros dirigentes que venían de los años sesenta, es decir, de la guerrilla que en 1964 se forma a partir de un grupo de campesinos que se organizan para resistir toda la represión liberal y conservadora que eran los dos partidos del establecimiento.

Es en ese momento en el que yo llego a las FARC. En esa época recuerdo yo que «Timoleón» —actual comandante de las FARC— era también un chico como yo, teníamos veintiuno o quizás veintidós años, y que en ningún momento pensamos que el ciclo de confrontación podía llevar tantos años incluso tantas décadas.

¿Cómo es la vida de una guerrilla en los años ochenta?

Esa generación de jóvenes que nos incorporamos a la lucha armada no iba con la intención de mantener una guerrilla de mera resistencia, sino una guerrilla con criterio ofensivo y en donde el objetivo era la toma del poder. Pero claro, el conflicto colombiano fue tomando unas características muy particulares, aparecieron otro tipo de actores, especialmente de la extrema derecha, de los grupos paramilitares, y todo fue extendiéndose en el tiempo. En la guerrilla recibes una formación militar. La formación política yo la tenía de sobra porque había tenido la formación en Colombia, incluso había tenido una formación en la Unión Soviética en la época del socialismo soviético, y en Yugoslavia también cuando era aún la República Federal de Yugoslavia.

De manera que por déficit político realmente no era pero sí tenía la necesidad de hacer todo el aprendizaje, de conocer todo el rudimento de la guerra de guerrillas. Obviamente para una persona que viene del mundo urbano ese periodo resulta siempre bastante duro pero con el tiempo viene un proceso de asimilación, una fase que muchos militantes de izquierda jóvenes no lograron sobrepasar porque la vida guerrillera es una vida que está llena de lugares comunes en cuanto a que la rutina de cada día es casi la misma, donde estás prácticamente sometido a una disciplina que se cumple a rajatabla, donde tienes que acostarte a una determinada hora muy temprana, tienes que levantarte muy temprano (a las 4:50 de la mañana cada día), donde hay que hacer cada trabajo de una manera, digamos con mucha mística, con mucho sacrificio; faltan muchas cosas, la lluvia, las marchas, la alimentación deficitaria…

Toda esa situación, que pareciera vista desde los textos de guerra de guerrillas como algo romántico, en realidad no tiene absolutamente nada de romántico; es una vida dura. Es una vida que para una persona que viene de un medio urbano puede ser determinante para que desistas o para que renuncies al ideal de la guerrilla. Con el tiempo hice las escuelas de formación y logré superar esas pruebas.

No se llega a las FARC convertido en comandante por el simple hecho de haber tenido una formación y una capacitación política. Allí el ascenso dentro de la línea de mando, de la cadena de mando, se hace por varios factores: primero, el tiempo de militancia; segundo, la capacidad que hayas demostrado en el terreno político, en la conducción militar; tercero, el nivel de lealtad, el nivel de firmeza. Son una serie de acumulados que es lo que te permite luego tener unas mayores responsabilidades dentro de la estructura de las FARC. Yo llegué a ser comandante de un frente guerrillero que se fundó —fui uno de los fundadores— en el suroccidente de Colombia, más específicamente en un departamento que se llama Nariño, que colinda con la República del Ecuador. En esa zona estuve muchos años en el departamento del Cauca y en el departamento de Nariño y luego fui trasladado por el secretariado de las FARC hacia la zona de El Pato, que es una de las zonas críticas donde nace el río Caguán. Luego estuve en la zona del Caguán (del bajo Caguán) organizando todo lo que era las marchas de los campesinos cocaleros frente a un programa que había de fumigación de los cultivos y en una de esas operaciones militares fui capturado el año 1996.

En aquel momento empieza una etapa de largo cautiverio en las cárceles colombianas. ¿Cuál es tu actividad dentro de ellas?

Fui capturado en esa operación militar, fui herido, fui llevado a prisión y fui condenado por rebelión agravada; estuve como en unos siete penales del país de alta seguridad. Hice también un liderazgo dentro de las prisiones, nos organizamos como prisioneros políticos de cara al canje de prisioneros que en ese momento proponía las FARC por los militares que se encontraban retenidos también por acciones militares. Y también el sistema en este caso tomó medidas, represalias, contra las personas de las guerrillas que lideramos toda la organización y la lucha por los derechos humanos en las prisiones colombianas. De esta manera, de esos diez años los últimos cuatro años me tuvieron bajo un sistema conocido como el sistema de tratamiento especial, que es un sistema para mantenerte en un calabozo, bajo tornillo, veintitrés horas y te sacan una hora al sol. Esas veintitrés horas tú estás ahí, encerrado en ese calabozo. En eso duré yo cuatro años hasta que recuperé mi libertad en el 2006.

Durante esos años fuera de Colombia se producían una serie de procesos políticos de marcado signo progresista en varios países del continente, pero no en Colombia. ¿Qué reflexiones realizaban los presos de las FARC sobre estos cambios en el continente?

untitledPara ese entonces yo había hecho una serie de reflexiones con relación al tema de lucha armada. La primera era que la guerra, tal como se estaba precipitando en Colombia, pareciera no tener un triunfo contundente por ninguna de las dos partes: ni por la guerrilla ni por parte de las fuerzas del Estado. Pero, además de eso, la guerra había logrado un nivel de agudización, de intensificación, muy brutal. Ese grado de letalidad de la guerra estaba produciendo miles de víctimas en el país. Y más cuando se incrustaron los llamados grupos paramilitares en el conflicto, que fueron los que propiciaron el mayor desplazamiento del que se tenga historia en América Latina.

Y la segunda reflexión tenía que ver con los cambios políticos que se estaban presentando en América Latina: el triunfo del presidente Chávez, el triunfo de Correa en Ecuador, el de Morales, lo que estaba pasando con Kirchner en Argentina, lo que estaba sucediendo en Centroamérica… Todo el ideario del que yo estaba convencido —que era la redención social, económica y política de la inmensa mayoría de los pueblos de Latinoamérica— estaba encontrando una respuesta política sin necesidad de acudir al mecanismo de las armas, sin necesidad de acudir al mecanismo de la insurrección armada. Fueron procesos políticos legitimados a través de elecciones limpias, legítimas, monitoreadas. Y entonces eso me convenció de que las armas en Colombia se estaban convirtiendo en una especie de lastre. Ya las armas constituían una carga muy pesada desde el punto de vista de las posibilidades de avanzar en un proyecto transformador, en un proyecto progresista, en un proyecto democrático.

Por eso entonces cuando yo salí de prisión anuncié públicamente que dejaba las armas pero que mantenía mis ideales políticos, mis principios ideológicos y, para cuidarme —yo diría en cuanto a mi seguridad personal—, exploré la posibilidad de salir del país. Ahí fue cuando la Universidad Autónoma de Barcelona, a través de la Escuela de Cultura de Paz, me ofreció —porque ya tenía unos contactos previos con el director, con Vicenç Fisas— la posibilidad de formar parte del grupo de investigadores de la Escuela en la ciudad de Barcelona. Así que me otorgaron una beca, trabajé varios años allí con ellos y ése es más o menos el recorrido, grosso modo; siempre involucrado en los temas de buscar una salida política.

Pero, en aquel momento, tras un proceso de paz fallido, con una fuerte presencia de la extrema derecha, con grupos paramilitares operando con impunidad, y bajo la presidencia de Álvaro Uribe, la paz era una quimera…

Yo fui de las personas, con otros investigadores (incluyendo a Vicenç Fisas), que contra viento y marea, cuando prácticamente en Europa nadie daba un céntimo por una negociación política porque consideraban que las FARC ya prácticamente estaban derrotadas y que ahí no había ningún discurso político sino que se hablaba de una amenaza terrorista, fui una de las personas que defendía la hipótesis contraria: que allí había un proyecto político. Sí había algunas situaciones propias de las acciones de carácter terrorista —como la utilización de explosivos de alta potencia y el sabotaje contra la infraestructura eléctrica y energética del país—, pero que en esencia había un proyecto con el que valía la pena iniciar una negociación. Y porque el Estado colombiano, la sociedad colombiana necesitaban ponerse al día con una serie de asuntos pendientes; por ejemplo, con la tenencia de la tierra, con el tema de la reforma política, resolver el tema de los millones de victimas en Colombia… Entonces desde ese momento yo hice muchos itinerarios, hice reuniones, estuve en reuniones con aparatos ministeriales de diferentes países de Europa, con parlamentarios de países de Suiza, de Suecia, de España, de Francia, de Alemania, de Noruega. Creo que fue un trabajo que dio resultado junto con el trabajo de muchas organizaciones, tanto nacionales colombianas como organizaciones internacionales que de una u otra manera tenían un vínculo con Colombia.

¿Cuál sería actualmente la fuerza de las FARC a nivel social dentro de Colombia?declas-3

Las FARC tienen una base social sobre todo en el mundo rural colombiano, yo diría que en la periferia rural del país. Allí las FARCson una fuerza legítima porque prácticamente han sido como el sucedáneo del Estado, son los que realmente han ejercido como Estado. De alguna manera son los que han resuelto necesidades básicas de las comunidades y allí nadie discute la legitimidad de las FARC. Ésa es la base social que le ha permitido reproducirse, mantener todo el esfuerzo bélico y político de mantenerse en una lucha durante tantos años. Es más, hay muchas regiones en las que prácticamente hay hasta dos generaciones completas con presencia de las FARC.

¿Qué ocurre con la presencia de las FARC en las ciudades como Bogotá, Medellín y Cali?

Las FARC tienen, sí, un déficit en el mundo urbano, y esto lo he repetido en más de una ocasión. ¿Por qué? Porque una de las batallas —por llamarlo así— que perdieron las FARC fue la batalla mediática. El relato con relación a las FARC se lo contaron al país sus enemigos quienes los estaban combatiendo, y los presentaron como una serie de personajes traídos de los infiernos que solamente estaban dedicados a la práctica del mal per se. Incluso ése es uno de los problemas que ahora la propia contraparte, en este caso el gobierno del presidente Santos y los medios de comunicación, han empezado a rectificar para poder realmente dar soporte a esta negociación política. Han empezado a admitir que había un proyecto político, estuviéramos o no de acuerdo, que había una organización que tenía unas ideas, un programa, unos principios y unos valores, así como una forma.

De este relato surge una brecha larga con el mundo urbano. Pero creo que en los últimos dos años en los que han ido aprendiendo en medio de la negociación, en los que han escuchado a gente de todo el mundo, se han formado una idea plural de lo que es la sociedad colombiana y lo que es el mundo en siglo XXI, han ido adaptando ese lenguaje hacia estos tiempos, hacia la modernidad. Creo que, si las FARC continúan dentro de esa misma tónica, incluso que se refuerzan; por ejemplo, con el discurso de «Timoleón Jiménez», cuando en nombre de las FARC pidió perdón por todo el daño que habían ocasionado a lo largo de toda esta confrontación. Yo creo que esos reconocimientos, ese lenguaje, esas prácticas, esas manifestaciones inequívocas de que efectivamente están apostando por un proyecto netamente político, limpio, ideológicamente democrático y alejado absolutamente de las armas es lo que le va a ir recortando esa brecha con relación al mundo urbano.

¿Cuáles serían los principales retos que hay ahora mismo en Colombia a partir de este acuerdo?, ¿cuáles son los retos para estabilizar el acuerdo y qué periodo se abre ahora?

Lo primero es que el día 2 de octubre se ratifiquen, a través de la vía plebiscitaria, los acuerdos de paz. Esto sería ya un mandato popular, es el constituyente primario que le está diciendo a los gobernantes y a los partidos políticos: «Esto es lo queremos», y eso es lo que le va a dar legitimidad a este proceso. El acuerdo ya está firmado por las partes, pero la legitimidad se la da el constituyente primario. El segundo es que tanto las FARC como el Estado tienen que asociarse para la implementación de estos acuerdos, pero está claro que la mayor responsabilidad para la implementación de estos acuerdos recae en el Estado colombiano.

Las FARC están cumpliendo puntualmente todo el cronograma, todo el itinerario o la hoja de ruta que han pactado pero al Estado es a quien le corresponde liberar los recursos para poder resolver los acuerdos; por ejemplo, en el tema de la tierra y el desarrollo rural. Esto tiene dos partes: primero, el acuerdo tiene que tener un enfoque territorial, tiene que desarrollar todo un programa de infraestructuras, no solamente entrega de tierra, sino desarrollar toda una infraestructura vial, sanitaria y educativa en las regiones donde el conflicto ha tenido mayor impacto. Segundo, hay que ver hasta dónde hay los recursos suficientes para implementar estos acuerdos; por ejemplo, sobre el plan de sustitución de cultivos de coca, ya que estamos hablando de que en este momento hay más de cien mil hectáreas de hoja sembrada y la inversión para sustituir estos cultivos es muy elevada.

¿Cómo se reintegrarán los combatientes de las FARC en la vida civil?

Ese es otro desafío, se tiene que organizar cómo se hace la reintegración gradual de los combatientes en la vida social, en la vida política y económica. La mayor parte de los combatientes de las FARC vienen de entornos campesinos. Yo creo que lo ideal —y en eso yo creo que hay claridad— es que se integren en las regiones donde han nacido, donde han operado y en las que conocen muy bien toda la problemática rural. Pero el Estado tiene que garantizar a esos combatientes, y sobre todo también a los jefes que se van a mover obviamente en los escenarios políticos, que no va a suceder nada con ellos. Ya no se trata simplemente de la seguridad jurídica sino la seguridad de que no van a atacar sus vidas. Y ése es uno de los retos, porque tenemos experiencias muy negativas en procesos incluso con organizaciones mucho más pequeñas.

08c653ed-5c0f-489e-842a-d975c70ce30cEstá la parte relacionada con las poblaciones en las que la guerrilla ha tenido una presencia importante, porque en Colombia hay también grupos y organizaciones criminales vinculadas al narcotráfico, al negocio de tierras, al tráfico de personas, al tráfico de insumos, a la extorsión, ya que pueden entrar y meterse en territorios que estaban más o menos protegidos —por utilizar una expresión— por parte de los efectivos de las FARC. Y finalmente el tema del Ejército Liberación Nacional (ELN), porque es una guerrilla más pequeña pero que tiene también capacidad de realizar acciones militares; y en las áreas de concentración, en las áreas donde se está implementando el alto el fuego, si hay presencia de otros sectores armados esto puede generar algún tipo de incidentes.

¿Qué opina de los que dicen que los guerrilleros de las FARC van a pasar a formar parte del ELN?

No, yo eso lo descarto. Eso son dos organizaciones distintas, de naturaleza distinta, con historias distintas, con tablas de valores totalmente distintas, con estatutos y con reglamentos distintos; es decir, no se parecen absolutamente en nada las FARC y el Ejército de Liberación Nacional. De hecho la historia entre las dos organizaciones ha sido incluso de confrontación en algunas regiones del país.

¿Las FARC se plantean establecerse como partido político y abordar la vía democrática?

Por supuesto. Eso es lo que han manifestado recientemente en el discurso de «Timoleón» y eso fue lo que aprobaron en la décima conferencia. Ya el cómo va a ser, los detalles: si es un movimiento o si es un partido, el nombre de la organización, en qué ámbito se van a mover, si es una coalición con otros grupos de izquierda…, eso son detalles que se van a ir desarrollando a lo largo de estos meses.

Terminamos la entrevista porque Yezid debe atender otros compromisos. Nos quedamos con ganas de preguntarle muchas cosas más sobre el tiempo político tan interesante que vive Colombia, pero tendrá que ser en otra ocasión. Quizá después de plebiscito.

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