Y DE REPENTE, THRILLER

Y de repente, Thriller

Antes nos censuraban a David Bowie, ahora quieren que veamos a Hannah Montana desnuda

Marta Guirao


De las locas censuras de la dictadura, quizás mi favorita sea la reinterpretación de la portada del Sticky Fingers de los Rolling Stones. Tan literal como su título se mostraban unos dedos saliendo de una lata de sirope (¿Sirope? ¿Melaza? Juzguen ustedes mismos). El original, sin embargo, enseñaba nada menos que un primer plano de los vaqueros de Joe Dallesandro, habitual modelo de Andy Warhol, cuya cremallera podía bajarse. Se publicó en abril de 1971, pero en España no pudimos disfrutar de esa maravillosa cremallera hasta hace apenas siete meses. En noviembre del mismo año, y como caso aún más paradigmático de lo que nos robó la dictadura, John Lennon lanza Imagine, un disco que quizás hubiera pasado desapercibido si no fuera por el tema que le da nombre. En España, cinco de sus diez canciones fueron censuradas: medio LP fue aniquilado e Imagine no llegaría a escucharse hasta pasada la muerte de Franco. Tan sólo aquellos que tuvieron la suerte de viajar durante los años de autocracia pudieron entonar lo que se ha convertido en un himno a la paz y a la vida.

Vivo en un mundo tan democratizado que siempre había pensado que uno escucha la música que quiere. En el fondo, mi gusto musical no es tan diferente del de mis padres. Ellos me educaron en The Doors, en Pink Floyd, en la Creedence Clearwater, y desde ahí me he ido moviendo de un lado a otro. Pero, ¿y mis abuelos? ¿Qué escuchaban mis abuelos? Mis padres al menos tuvieron la suerte de vivir el final de la dictadura y la transición, fueron testigos del nacimiento de los 40 Principales en la Cadena Ser (1966), tuvieron programas radiofónicos como El Gran Musical (recordado principalmente con Joaquín Luqui al aparato), plagados principalmente de música española, pero cada vez con más influencia internacional. Compraron discos conflictivos poco después de sus lanzamientos y visionaron programas como Aplauso y Escala en HiFi. Pero, ¿mis abuelos? Sólo en los cincuenta, mis abuelos se perdieron toda la música negra, a Chuck Berry, a Muddy Waters, a Buddy Holly, al primer Cash, a Ritchie Valens (¡la Bamba!), a Jerry Lee Lewis. Joder, se perdieron a Elvis, que, para cuando su música llegó a España, ya había muerto. ¿Cómo les podría haber llegado Elvis, si ya en Estados Unidos se consideraba un peligro nacional por incitar a los jóvenes a despertar su sexualidad con esos movimientos? Sin embargo, ahora, tenemos a Miley Cirus, que se sube medio desnuda a una bola de destrucción y es el colmo de la eroticidad.

El primer número uno de los 40 Principales fue Monday, Monday de The Mamas & The Papas, en 1966. La semana pasada lo fue Faded de Alan Walker. Podría ser trágica y preguntar qué hemos hecho mal, pero el problema no está ahí. El problema es lo rápido que pasamos de la música de los sesenta a la actual: teníamos tanto camino por recorrer que tuvimos que dejar muchas cosas atrás. El problema es que el mundo discográfico se ha transformado de forma vertiginosa en un país al que le falta casi medio siglo de música.

Y el gran cambio para mí viene de la mano de Michael Jackson.

Acostumbrados a escuchar, a que nuestro gran vínculo con la música fuera la radio, en la Nochevieja de 1983, Martes y Trece nos presentaron Thriller: el videoclip que cambió la historia del videoclip. Hasta entonces, la estética de los grupos pop carecía de verdadera importancia a la hora de promocionarse, y se reservaba a personajes distinguidos (pensemos en Bowie o en AC/DC) o a movimientos muy específicos (los Sex Pistols y el movimiento punk). La MTV, nacida pocos años antes, llegó incluso a emitir el vídeo dos veces en una misma hora. Y es aquí donde todo cambia, donde la música de hoy en día cobra sentido. En el 84, los Grammy incluyen un premio a mejor vídeo musical y, de los noventa hasta hoy, se ha hecho fundamental ver la música.

No digo que la estética de entonces no fuera importante, sino el papel que ha cumplido en los últimos treinta años: cómo ha concretado géneros y subgéneros dentro de un mismo mundo, y cómo se ha explotado. Las visitas a un vídeo en Youtube definen, por el lado del artista, cómo de bien se está acogiendo la canción y, por el lado del espectador, qué queremos escuchar, ¿o es que nunca has entrado en un bucle infinito de vídeos relacionados y vídeos relacionados? La estética ha jugado un papel crucial en la promoción, y la promoción, a su vez, en los formatos y las plataformas.

Spotify, por ejemplo, selecciona bajo el nombre de «Descubrimiento semanal» canciones para ti y sólo para ti: música relacionada con tu música que quizás no conocieras. En Estados Unidos fueron un paso más allá con Pandora que, de hecho, sólo te deja escuchar la música que ha seleccionado en base a tus gustos. Y un salto aún más temerario es el de webs de compras como Amazon donde, habiendo comprado un par de discos, te cuela anuncios relacionados.

Lo que quiero decir, a fin de cuentas, es que hoy en día uno sí que escucha lo que quiere, pudiendo huir de las mismas canciones machaconas de la radio, y que, aunque hacerse famoso nunca fue sencillo, son muchas las vías abiertas para promocionar un álbum o una canción —Robbie Williams es el solista con más discos vendidos en Reino Unido y apenas se le escucha en la radio—. Herramientas como Shazam demuestran lo sencillo que es encontrar una canción que buscabas, ya sea en un anuncio o al final de una serie. La música está ahí, esperando a ser descubierta.

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