VOLVER A NINGÚN LUGAR

Volver a ningún lugar

María Ángeles Lezcano Vega


—¡Precioso pueblo! ¡Qué grandísimos recuerdos! La iglesia, el campanario… ¡las escuelas! —decía para mis adentros.

Sentía el nerviosismo ya en el coche… pero una vez allí una mezcla de emoción y melancolía me invadía el cuerpo.

—¡Las campanas! Pero míralas, qué viejas que están… ni aun el mejor bronce del mundo puede resistir tantos años… ¿Sonarán igual? —me preguntaba.

Hacía tiempo que no lo veía tan bien, pese a la erosión que el tiempo había hecho ya en mi retina. Sólo unas pocas veces en verano había llegado a ver la torre alta del campanario desde la ventanilla del coche y, en alguna ocasión, la casa de Rosario. Y es que la casa de Rosario estaba situada en lo alto del pueblo, en aquella cuesta infernal que daba miedo subir en bicicleta a las tres de la tarde. Pero a nosotros nos daban igual el sol, el calor y los rapapolvos de nuestros padres. Estábamos deseando que nos dejaran levantarnos de la mesa con la comida a medias para irnos de nuevo a jugar a la calle. También nos juntábamos con Antonio, Julia, Eduardo, Petra… Recuerdo lo malo que era Eduardo en Historia. Aquello de aprenderse fechas, nombres de reyes, de reinas, de sus hijos, de los hijos de sus hijos que luego eran reyes también… Se le hacía cuesta arriba. ¿Qué habrá sido de todos ellos?

—¡El ayuntamiento! —me decía al vislumbrar los cuatro muros que quedaban en medio de la plaza.

Me acerqué a tocar las piedras de la fachada. No podía sentirlo igual, ya tenía las manos arrugadas. Había pasado mucho tiempo y a estas edades estaba haciendo un esfuerzo inmenso. Ya no se veía la pintura de la puerta, ya no se veía la puerta… A veces había deseado una fuerte sequía. Sí, aunque fuera por una semana, pero luego me arrepentía… Porque yo, más que nadie, sabía que el agua era importante para los cultivos. Pero me habían hablado mucho de la cota 806 y, aunque nunca en mi vida le había dedicado un minuto a mirar un mapa, desde lo que pasó me aprendí ese número de memoria y me compré uno para remarcar el contorno de la línea. Lo tengo guardado en el cajón de mi mesilla.

Gascas de Alarcón

De pronto, como si le hubieran pillado haciendo algo que no tenía que hacer, un lucio salió del ayuntamiento despavorido, directo a mis gafas. Me asusté terriblemente, no porque el pez hubiera estado husmeando—¡a saber cuánto tiempo!— dentro de la casa del pueblo, sino porque su repentina salida de entre las piedras me provocó un gran acelerón en el corazón. Empecé a consumir oxígeno rápidamente y dirigí mi mirada hacia María Dolores. Mi hija me hizo señal de subir a superficie y, de nuevo, como si hubiera retrocedido sesenta años en el tiempo, me encontré con una profunda tristeza de haber tenido que huir de mi pueblo anegado por el embalse de Alarcón. Pero hoy, y antes de cerrar mi capítulo, quería volver.

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Por Gascas de Alarcón y otros muchos pueblos de España ahogados en el proyecto de obras hidráulicas durante el franquismo, que llevaron a expropiaciones forzosas con un coste real complejo de calcular. Desarraigo y tristeza por marcharse y afrontar el fin de las vivencias de unos pueblos con siglos de historia. Hoy toda esa colección pasa a formar parte de la arqueología. Veremos si las necesidades, o quizá intereses caprichosos, llevarán a aumentar ese inventario.

 

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