VOLVER A LA CALLE O EMPEZAR UNA SERIE

Volver a la calle o empezar una serie

Carlos Rodríguez


 

Como los personajes de Las invasiones bárbaras, que fueron todos los -istas disponibles de la época, nosotros fuimos a manifestaciones, a asambleas y hasta estuvimos en la segunda fila de una ocupación.

Con nuestros padres, protestamos contra la guerra de Iraq. Con nuestros compañeros de clase, contra el plan Bolonia y —los que llegamos a la Universidad— nos enrolamos en el movimiento estudiantil, ese zombi con el que, por no hacer, casi ni hicimos amigos.

Nos rebelamos contra el futuro que nos daba el neoliberalismo en tiempos de crisis y dibujamos aquello de «nuestra Troika particular»: paro, exilio (emigración no parecía una palabra lo bastante dura, o acaso era demasiado plebeya) o precariedad. Pensamos la precariedad no como unas condiciones laborales —al fin y al cabo, apenas habíamos trabajado—, sino más bien como una forma de vida.

Hubo quien paró algún desahucio, incidiendo sobre la materialidad de las cosas. Aunque fuera la materialidad de las cosas de un 0,1% de quienes se enfrentaban a un desahucio.

En el invierno del 15M, los más valientes se recluyeron en sus colectivos cual viejos topos, cavando y cavando hasta la victoria final. O mirándonos los unos a las otras, preguntándonos qué hacíamos ahí, como si aquella primavera hubiese sido un sueño.

Nos fuimos de Erasmus y a trabajar a Londres —los más reals a Latinoamérica—.

Algunos montaron un partido, muchos otros se excusaron en eso para tener alguna esperanza, olvidando a veces que la máquina de asalto no era Batman.

Terminamos nuestros grados que no nos gustaban, hicimos nuestros TFG, ojeamos muchos libros y leímos unos pocos. Nos fumamos unos cuantos cigarros a la puerta de la biblioteca.

Aunque sabíamos que sola no puedes, con amigas sí, terminamos por comernos las peores condiciones laborales sin un solo amago de confrontación colectiva. Acaso no había nadie alrededor, acaso teníamos aún un poquito que perder.

Manejamos algunos autores —algunas hipótesis de emancipación— de oídas, artículos y resúmenes de libros que nos sirvieron para llenar de conversación trascendente algunas cañas —¡casi nunca para ligar!—. Eso tampoco nos sirvió, por ahora, para inventarnos nuevas formas de oponernos a lo dado, para dar algún pequeño golpe a la desigualdad, ni para vivir esas formas de vida distintas —acaso la más ambiciosa de nuestras tareas revolucionarias— que soñábamos en abstracto con un par de cervezas de más.

Tras otro verano de asfalto e internet, dicen, vuelve septiembre con el runrún de la calle. Perdida la épica de los mítines, continuamos en el noveno año de la crisis y el quinto de la rebelión democrática, nuestras nóminas siguen igual de delgadas e intermitentes y cada vez quedan menos amigos en nuestra ciudad. Con la vuelta a la jungla urbana, la bajada de temperaturas y el inicio del curso escolar —ese que alcanza cada vez edades más avanzadas—, el lunes de los meses se aparece como la oportunidad de un nuevo comienzo.

¿Organizaremos el odio más allá de Twitter? ¿Fuimos (somos) una tribu urbana más o llevamos un mundo nuevo en nuestros corazones?

¿Volveremos a la calle este año o empezaremos una nueva serie?

Leave a Comment