VIVIR AL OTRO LADO. RELATOS DE UNA GENERACIÓN LEJOS DE CASA

Vivir al otro lado. Relatos de una generación lejos de casa

Carlos Rodríguez


Cuando Ramón Verano llegó a Londres «no hablaba ni entendía absolutamente nada» de inglés. «Prueba de ello es que nada más bajarme del avión me tuve que comprar la Oyster, la tarjeta de transporte, y no pude, no entendí lo que aquel hombre me quería decir», confiesa el joven de 21 años que emigró a Inglaterra hace siete meses. María Clara Montoya, de 22, nació en Medellín (Colombia), vivió en Madrid durante quince años y ahora reside en Lima. Allí cursa un máster de Periodismo Internacional a distancia y trabaja en una agencia de noticias internacional como parte de un programa de becas financiado por un banco español. «Pienso que vivir en el extranjero no está al alcance de todo el mundo, aunque quisiera dejar claro que mi inmigración no ha sido forzada sino por elección y eso cambia mucho la perspectiva. No fue así cuando mis padres emigraron a España en el año 2000», dice a Juego de Manos.

Alejandro Alonso, de 23 años, también cruzó el Atlántico poco después de graduarse en Economía. Cambió las calles de Avilés (Asturias) por las de La Paz, donde cursa un máster en gestión pública en la universidad boliviana con una beca europea. Mónica de La Maza, de 24, trabaja como camarera en el turno de los desayunos en un hotel. Granadina, se graduó en Periodismo y Comunicación Audiovisual en Madrid, pero tras dos prácticas sin remunerar en el último cuatrimestre de la carrera decidió probar suerte en Inglaterra. «Me hicieron una entrevista en un hotel mi tercer día en Manchester y me cogieron», explica.

Ramón, María Clara, Alejandro y Mónica portan historias paradigmáticas de nuestra generación, esa nacida entre la segunda mitad de los ochenta y la primera de los noventa que, tras crecer en un mundo lleno de expectativas —de una buena educación, de un buen empleo, de riqueza colectiva, de ascenso social— acuden a cumplir parte de ellas fuera del país que los vio crecer. Unos lo han llamado exilio, a otros «emigrar» les suena lo bastante fuerte. Son algunos de las decenas de miles de jóvenes que, desde que estalló la crisis allá por 2008, cambiaron España por otro país para seguir estudiando o formándose en un viaje hacia lo nuevo. Unos huyeron de un futuro (no) laboral de becas perpetuas, mientras que otros quisieron pasar un tiempo fuera como forma de desarrollar sus carreras profesionales.

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Hacer las maletas

«Factores como la buena dotación económica de la beca o lo atractivo de un posgrado que mezcla economía con sociología, politología y antropología, hicieron que no dudara demasiado en comenzar una nueva etapa de mi vida lejos de casa. En esta decisión influyó el desolador panorama que hay en España pero especialmente en Asturias, donde las oportunidades laborales para los recién titulados son prácticamente nulas», escribe Alejandro en respuesta a las preguntas de esta revista.

«Pensé que Manchester era una buena opción por ser en la actualidad uno de los centros industriales y de medios de comunicación de Inglaterra. Sabía que en este país era sencillo encontrar trabajo de cualquier cosa en muy poco tiempo, y que eso me permitiría ahorrar, aunque no me dedicara a algo relacionado con mis estudios», dice Mónica, que ya había vivido en la misma zona de Inglaterra durante su Erasmus en Sheffield.

«Busqué esta beca porque sentía que vivir un tiempo en el exterior como profesional me enriquecería», relata María Clara.

«Lo dejé con la que era mi novia y un trabajo en el que no estaba a gusto y me compré el billete con menos de una semana de antelación», explica Ramón, que también vivía en Avilés. «Supongo que es un sueño que siempre tuve», continúa. Después de trabajar un tiempo en una cadena de comida rápida, ahora cocina en un restaurante, algo que encaja con sus estudios de Cocina en un ciclo formativo. «Estaba trabajando antes de venir, o sea que tenía dinero, pero aun así mi familia me ayudó. Llegué aquí con mil libras». De Inglaterra destaca «el trato al trabajo, el pago de cada minuto, el concepto que tienen de esto».

 

La vida fuera

Vivir al día también es habitual a pesar de las mejores oportunidades. Tras casi ocho meses, Ramón Verano resume las principales inquietudes de su nueva vida: «vivir con el sueldo mientras me lo paso bien, pago mi casa y las facturas, comer bien e intentar ahorrar algo».

María Clara habla de las diferencias que encontró en Perú: «a pesar de compartir un idioma, hay aspectos que nos hacen diferentes. No siempre es fácil acostumbrarse a que las cosas aquí funcionan a un ritmo más tranquilo que en España, por ejemplo», dice.

Mónica, que lleva cinco meses trabajando en Manchester, señala que integrarse en la vida local es mucho más difícil que encontrar un empleo. «La tendencia a agruparse y el hecho de coincidir en los mismos espacios y contextos —buscando piso en las zonas más baratas, trabajando en hostelería en las peores condiciones— dificulta el acceso a entornos que permitan la relación con locales, y también genera una suerte de rechazo por su parte hacia nosotros, o al menos de distancia».

«Antes de llegar a un país en el que sabes que vas a tener que vivir por un tiempo, te hace una imagen mental de cómo será tu nueva vida y proyectas nuevos objetivos o metas. El problema surge cuando te das cuenta de que, para cumplir dichos propósitos, ahora las condiciones son diferentes», reflexiona Alejandro, que menciona la añoranza de los amigos «de siempre» y del propio lugar que se conoce bien como algunos de los inconvenientes de vivir lejos. «Posiblemente no hayas tenido en cuenta cosas como la interminable burocracia, lo peligroso que puede ser caminar por la calle en cuanto se hace de noche e incluso cómo puede afectar emocionalmente vivir lejos del mar», enumera desde La Paz.

Para él, que hizo Erasmus en Turquía el año en que estallaron las revueltas del parque Gezi, vivir fuera «es esencial en la formación no sólo académica o profesional, sino personal por el hecho de conocer distintas realidades». «También soy consciente de que gran parte del éxito de vivir fuera pasa por que sea una elección voluntaria. Es muy difícil ser feliz y estar cómodo cuando prácticamente se te expulsa de tu país, cuando no te queda otra elección que emigrar. En estos casos suele pasar que el cuerpo esté en un lugar mientras tus ideas y emociones se quedan en la puerta de embarque del aeropuerto o en el andén de la estación de tren», reflexiona.

«Creo que la cosa está jodida para que valoren mi trabajo de la misma manera que aquí», espeta Ramón sobre el contraste con España.

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Volver

«No me planteo volver a España más que de vacaciones […]. Probablemente, o al menos es la idea que tengo ahora mismo, de aquí volaré a otro sitio», continúa el joven cocinero. Si algo tienen en común las cuatro personas que han compartido sus historias con Juego de Manos es ver un panorama incierto en el país que dejaron.

Mónica de la Maza sí quiere regresar, dentro de cinco meses, cuando complete diez trabajando en Inglaterra. «No veo ninguna posibilidad en España más allá de estudiar algo otra vez. Sin embargo, dada la situación, uno piensa que si las condiciones de trabajo van a ser precarias, al menos se merece unas condiciones de vida en los días libres menos pobres que las que Reino Unido ofrece. Esta idea es compartida por muchos extranjeros que viven en esta ciudad», asegura.

También Alejandro querría volver cuando termine sus estudios en Bolivia, «por lo menos durante uno o dos años». Sin embargo, no le parece fácil adquirir experiencia práctica en España. «Las mismas condiciones que me empujaron a buscarme la vida fuera siguen». Señala la ironía de que su beca contenga una cláusula destinada a evitar la fuga de cerebros, que hace obligatorio volver una vez termine la formación. «Pese a parecer una medida lógica, la realidad hace que dicha racionalidad se transforme en un absurdo», opina al señalar la falta de políticas para crear empleo cualificado.

«Me gustaría volver a España porque es el país en el que me crie, pero me es difícil pensar en un plazo dado lo inciertas que son las circunstancias», advierte María Clara Montoya. «A lo largo de los meses que he pasado en Lima he reflexionado sobre el desarraigo que puedo llegar a sentir y siento temor de volver a España y no sentirme “en mi sitio”», señala. «Como todos al salir al exterior, supongo», zanja la periodista.

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