VIAJE A LO INTOLERABLE (I): CARAVANA A GRECIA

Viaje a lo intolerable (I): caravana a Grecia

Alberto Coronel


15 de julio de 2016. Un día después del atentado en Niza no podemos dejarnos llevar por el duelo y afirmar que la solidaridad con las víctimas del terrorismo y sus familias, si no se quiere caer en la hipocresía y el racismo, pasa por incluir en estos grupos a las personas que permanecen hacinadas y malnutridas en campos de refugiados.

Hemos quedado a las cuatro de la tarde en el centro de un Madrid congestionado por el tráfico. En la puerta del Brillante, el autobús espera frente a un revoltijo de tiendas, mochilas, emociones confusas y un flujo disperso de transeúntes tratando de descifrar qué nos reúne. Una pequeña orquesta rodeada de smartphones empieza a tocar la banda sonora de Los Miserables dando una pista: no nos vamos de vacaciones. En la parte trasera del autobús una pancarta les ofrece otra: «Caravana a Grecia: abriendo fronteras».

Quienes nos subiremos al autobús nos dejamos arropar por los familiares y amistades que vinieron a despedirnos. Impacientes por dejar zanjadas las despedidas nos vamos entre aplausos fingiendo que son merecidos.

La diferencia de este bus con los de ALSA es que aquí todo el mundo tiene ganas de conocerse. Sabemos que compartimos un no sé qué entre la solidaridad, la política, muchas ―muchísimas― horas de carretera por delante y el haber pagado trescientos euros por un hueco a bordo de un viaje que no tiene nada que ver con las vacaciones. De Madrid a Atenas pasando por Milán y Salónica, y veinte horas de ferry desde Ancona, el tacón de la bota. Primera parada: Barcelona.

Muchos profesores, periodistas, trabajadores sociales, estudiantes, junto a otras etnias laborales entre las cuales cabría destacar a los desempleados de todos los anteriores, se van presentando a los demás en una ronda de micro abierto. Cuando una termina, nomina a la siguiente: «con la que hablé antes», «el chavalito a mis espaldas», Marian, Marco, Luis, Chiqui, Enrique, una Laura que resultó llamarse Elena, Mar, Paloma, Encarni y el asiento 25.

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http://caravanaagrecia.info/

Nieves no soportaba escuchar más la situación de los refugiados ―valga el eufemismo― a través de los medios, y nos avisa: «Tengo sesenta y ocho años y nadie puede conmigo». Encarni relató su reacción a un comentario que oyó muchas veces: «“¡Qué valiente eres viajando sola con tu edad!”. Valientes ellos, que llevan aguantando tanto tiempo tanto horror, gente como nosotros».
Tras un crescendo de emociones compartidas, Laura, educadora social en un centro para personas con síndrome de Down (Down Toledo) casi nos saca las lágrimas: «Dos compañeras están doblando turno para que yo pudiese venir». Otra compañera, de cuyo nombre no quiero acordarme, se llevó el primer premio: «Yo vengo de luna de miel. He tenido que hacerme pareja de hecho para que me dieran quince días en el curro», ganándose más aplausos y vítores que los cierres de Wagner.

Entre declaraciones casi siempre ambiguas acerca de los motivos que cada uno tenía para venir se va abriendo hueco el humor plebeyo: «Ya que vamos a compartir tiendas quiero avisaros, para evitar malentendidos, que estoy soltera». Para el disgusto del coro de cuchicheos la siguiente afirma lo contrario: «Además he venido con mi madre».

«¡Pues que se presente la madre!», grita ese típico coro de fondo que llevarían a los cines los Monty Python y José Luis Cuerda.

La madre, que debía tener a su yerno en muy buena consideración, no se hizo esperar:
«¡He venido para que mi hija conserve a su pareja cuando vuelva!».

La voz del conductor fue nominada, y ésta nos regaló otro momento emotivo: «Yo sólo quería decir que cuando me enteré de la razón por la que tenía que conducir hasta Grecia me sentí muy orgulloso de ser el conductor, y que sepáis que os admiro mucho a todos».

Son ya las doce cuando llegamos al polideportivo habilitado por el ayuntamiento de Barcelona. No llegamos a ver a Ada Colau, quien, momentos antes, tuvo la sensibilidad suficiente para hacer y decir a la altura de lo que cabía esperar de ella: «Muchas gracias, Caravana a Grecia, por representarnos, porque ahora sois vosotros quienes nos representáis».

Más allá de la representación simbólica, no estamos seguros de que lo que hacemos pueda aspirar a ser influyente ni siquiera para la opinión pública. Los más optimistas hablan de granos de arena; los menos, de no estorbar a quien ya está trabajando allí, pero compartimos la idea de que la asistencia no gubernamental que desempeñan las ONG y los voluntarios es, a priori, insuficiente. Nos daríamos con un canto en los dientes si consiguiésemos hacerles sentir que hay personas por toda Europa decididas a no darles la espalda. Pero me acompaña el temor de que, en el momento en que los tengamos frente a frente, seamos invisibles para ellos. Que nos miren como miran las personas desesperadas a quien sólo trae consigo sus mejores intenciones.

En el próximo capítulo:

 

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