VIAJE A LO INTOLERABLE (II): LA MORAL Y LA NÁUSEA

Viaje a lo intolerable (II): Refugiados sin refugio, la moral y la náusea

Disponible aquí la parte I

Alberto Coronel


Desde aquel 16 de julio que amanecimos en un polideportivo de Barcelona para viajar a Milán y amanecer el 17 en una fábrica autogestionada; para cruzar la frontera francesa, Niza, hasta la frontera italiana y recorrer la costa hasta el ferry en Ancona; veinte horas hasta llegar a costas griegas el 18 y, otra vez, al autobús hasta Salónica, han pasado muchas cosas. Allí nos esperaba la acampada No Border, donde anarquistas griegos, italianos, franceses y, sobre todo, alemanes se organizan día a día en asambleas y grupos de trabajo para garantizar la limpieza, la seguridad y la comida del campamento. Desde aquí se planifican la mayor parte de las acciones que traen de cabeza a las autoridades griegas en un radio de doscientos kilómetros a la redonda (no hay autobús que no salga sin su patrulla, ni anarquista a la que la que le preocupe la escolta).

Más que sus reivindicaciones políticas, que se remontan a los orígenes de la locomotora, sorprende su capacidad de organización y su compromiso con las tareas cotidianas. Alguien cocina un desayuno gratuito desde las cuatro hasta las siete de la mañana para cientos de personas; las asambleas funcionan con un respeto y una paciencia infinitas traducidas del inglés a cualquier lengua que se demande. Conviven con las personas migrantes que alcanzan el campamento. Hay más cócteles de gasolina que de ron y la violencia de género brilla por su ausencia en los pormenores de la división del trabajo, los turnos del habla y el doble filo de los gestos. Sufi en política; sobresaliente en ética.

Mama is figting

Las casi trescientas personas de la Caravana llegan al campamento entonando cánticos que poca gente entiende. Somos la izquierda folclórica, y, si bien no traemos tanta fuerza como esperaban, tenemos más capacidad para atravesar la conciencia colectiva que todas sus barras de madera y máscaras de gas. Cuando nos mezclamos, la división por bloques es un poema, o mejor, un cadáver exquisito: No Border está conformada en su totalidad por una juventud aguerrida, nosotros somos un collage con un rango de edad de seis décadas y un escuadrón de mujeres coraje, curtidas en la lucha de los movimientos sociales (la Red Solidaria de Acogida, Mujeres de Negro, Ca La Dona, Sos Racismo, No Somos Delito, Asamblea Antimilitarista de Madrid y colectivos feministas de Euskadi, entre otros) que —salvando a ilustres varones que se han dejado la piel en el proyecto como Nino, Pampa, Masa y Dani entre otros que me perdonarán lo limitado de la enumeración— vertebran la Caravana con mucha voz, más experiencia y muy poquitas ganas de hacer concesiones a privilegios ajenos.

En esta atmósfera política impresionista en la que se desdibujan los contornos de las ideologías, la deformación filosófica de mi mirada se esfuerza por captar alguna que otra clave acerca de las cosas humanas.

Busco entre las confesiones de quienes participan qué explica su presencia en este sitio, siempre con la sospecha de que la razón no la encontraremos en ninguna suerte de deber moral ni en ideales abstractos (tampoco en la razón) —eso es lo que sale en los panfletos—, sino en las sensaciones, sudores fríos, arcadas y náuseas que tratan de mitigar los cuerpos que se desplazan al corazón de las tinieblas europeas.

¿Por qué acercarse a aquello que no soportamos? Si fuese para acabar con ello o solucionar las cosas sólo vendrían la pubertad y los idiotas. Nada más lejos. La respuesta, espero, irá poco a poco apareciendo a lo largo de estas crónicas: «Viaje a lo intolerable». Y quizás sea el momento de plantear una pregunta que, aunque la evitan todas las crónicas periodísticas, es inevitable si lo que buscamos son las razones por las que el ser humano se acerca al dolor ajeno, ya sea a un país lejano o a las lágrimas de un vecino, luego: ¿qué es lo intolerable?

Sin duda no es aquello que en un primer momento nos empuja a la lucha o la rebelión. Lo intolerable no es lo inaceptable, ni el oxígeno que alimenta la llama del odio. Tampoco el mal, donde está patente la sinrazón de una voluntad extraña (uno no bebe leche para combatir su intolerancia a la lactosa). El racista, que es, ante todo, intolerante, trata de no sentarse con los colores que desprecia. Lo intolerable puede tener más que ver con lo que se excluye o arrincona; aquello que evitamos en la planificación de una ruta; lo que evitamos al preparar una dieta. Lo intolerable, entonces, sería lo que queremos siempre fuera del presente, lo que no queremos oír ni en broma ni ver ni en pintura. Por eso, digámoslo así, el intolerante es siempre alguien que está a régimen de presencias.

La situación de las personas refugiadas es intolerable, pero se tolera. Crítica, aunque no cambia, insostenible, pese a que la situación se prolongue; y excepcional, pero poco a poco se va normalizando. La mayor parte de la población aparta la vista y quien trata de tenerlo presente vive en una suerte de indigestión perpetua.

En la cubierta del ferry que nos llevó de Ancona a las costas griegas una compañera que se dignó a aparecer frente a mi cámara daba en el clavo. Ella denunciaba la responsabilidad de los gobiernos en el bloqueo que impide que la solidaridad ciudadana atraviese las verjas y barras de Grecia hasta el último de los campos de refugiados y los centros de internamiento para extranjeros (CIE) a su paso: «Nos obligan a dormir con esta lacra». Y es ahí, creo, donde está una de las claves de este problema: en las personas que no toleran ni la crisis ni verse a sí mismas apartando la mirada. A un lado y al otro, la misma arcada.

Simplemente, hay gente que tiene el estómago más sensible que otra. Gente que no consigue librarse de los ardores que le produce desayunar todos los días con los siguientes titulares:

10000 niños desaparecidos de los campos de refugiados

Where are they

Más de 10.000 migrantes han perdido la vida en el Mediterráneo desde 2014

Europa sigue permitiendo la venta de armas a países en conflicto

ACNUR denuncia los abusos sexuales a niños y mujeres refugiadas

Aylan Kurdi: «Las manos de mis dos niños se escaparon de las mías»

Las cifras no conseguirían sacarnos una lágrima aunque estuviesen escritas con cebolla, pero es difícil contenerlas frente a las imágenes. En el fondo se nos ha quedado grabada la imagen del cuerpo inerte —el símbolo— de Aylan que se nos repite como las olas que golpeaban contra él, una, y otra, y otra vez la misma, sin que él notase absolutamente nada.

No encontraremos lo intolerable en las cifras ni aunque tengan seis ceros: las matemáticas no sufren. Como Omayra Sánchez en aquella Colombia, Aylan le puso cara al dolor que estaba enterrado detrás de las cifras.

Estos son los casos en los que las redes sociales se llenan de comentarios que llaman hipócritas a quienes lloran la muerte de una niña porque saliera en un programa de televisión —afirman éstos desde la cima de la moral caucásica—y permanecen indiferentes a la muerte diaria de miles de personas por hambre y enfermedades curables. Ése es el momento, decía Oliveira en Rayuela, en que podemos reconocer a los verdaderos cretinos:

Uno es verdaderamente cretino, pero cretino a un punto que no te podés imaginar, Babs, porque para eso hay que haberse leído todo Platón, varios padres de la Iglesia, los clásicos sin que falte ni uno, y además saber todo lo que hay que saber sobre todo lo cognoscible, exactamente en ese momento uno llega a un cretinismo tan increíble que es capaz de agarrar a su pobre madre analfabeta por la punta de la mañanita y enojarse porque la señora esta afligidísima a causa de la muerte del rusito de la esquina o de la sobrina de la del tercero. Y uno le habla del terremoto de Bab El Mandeb o de la ofensiva de Vardar Ingh, y pretende que la infeliz se compadezca en abstracto de la liquidación de tres clases del ejercito iranio…

Pasada ya la épica de mierda o, simplemente, la adolescencia, lo que está en juego es el poder irse a dormir cada uno consigo mismo. Ahora bien, la indigestión sigue estando ahí y la doctora conciencia nos ofrece dos tipos de pastillas difíciles de mezclar: ¿voluntariado o activismo?, ¿tratar los síntomas o las causas? Por supuesto, la disyuntiva es falsa: se pueden y se deben hacer ambas. Pero no tan falsa cuando los días están contados y las asambleas se retuercen tanto como el concepto de utilidad en boca de quien juzga que lo que se está haciendo es insuficiente, o de quien siente en el trasfondo de su alma narcisista que si ellos dirigiesen el cotarro las cosas se harían mejor y más rápido.

Caravana-a-Grecia

Volviendo al cuaderno de bitácora, dos situaciones ilustran, del activismo a la asistencia, lo que sucede a sus extremos:

Uno. Nos acercamos a Paranesti, pueblo alejado de la mano de Dios en la palma de una basta llanura. En el la línea de horizonte una ladera de montañas con nubes amables; frente a nuestros ojos, un CIE —uno de aquellos que Tsipras se había comprometido cerrar— donde unos trescientos hombres de quince a cuarenta años nacidos en la Tierra viven con cinco euros al día, sin ropa suficiente ni asistencia sanitaria adecuada, privados de libertad por pisar un terruño en el que no nacieron. Somos cerca de mil personas y la policía no llega al centenar de efectivos. Negociando se ha conseguido que entre una comisión de veinte personas formada por personal sanitario y jurídico. No borders nos avisa: «En cuanto salgan, alejaos porque se va a liar». Por fin salen, y traen consigo una frase mayúscula que le serviría de título a la crónica de nuestra amiga y compañera Amanda Andrades: «Luchen por nosotros, día tras día». En el último momento No Borders se retira modestamente satisfecha por lo conseguido. Volvemos a los autobuses para poner rumbo al segundo centro de internamiento que teníamos planeado visitar.

Esta vez los ánimos parecen estar más caldeados. Los chicos sirios que nos acompañan son pura rabia. Suben al edificio aledaño y los sprays van dejando palabras a las que estamos acostumbrados: «Open the borders». El mensaje es simple, e incluye los borders del CIE que nos gustaría derribar. El sol aprieta desde lo alto mientras me pregunto cómo respiran aquellos y aquellas de negro con máscaras de gas y los pasamontañas. Todos se van apretando frente a la línea de escudos y en menos de un segundo la policía y los manifestantes sueltan la descarga de palos. La policía estaba preparada: todos llevaban máscaras para el gas lacrimógeno que lanzaron, nosotras no. Anarquistas y caravaneros se baten en retirada pero el viento transporta el ácido del gas en la misma dirección y éste nos persigue como un mal recuerdo. Los ojos comienzan a llorar como grifos abiertos y la garganta se seca a una velocidad que me hizo pensar por un momento que me iba a asfixiar. «No te frotes los ojos bajo ningún concepto y no bebas agua hasta pasados los veinte minutos», me repito una y otra vez. Entre lágrimas veo a una mujer que parecía haberse quedado ciega, y entre tanto varias compañeras nos rociaron la cara con botellas de agua con una bendición llamada Almax que sirve para más cosas que para el ardor de estómago. ¿Qué cojones ha pasado? Que la policía ha hecho su trabajo, pero nosotros no hemos hecho ni siquiera una pizca del nuestro.


Dos. Aunque la Caravana se había comprometido con la vía política, en coherencia con las limitaciones temporales y el exceso de personal, bastantes participantes se niegan a volver sin entrar en contacto con la realidad de las personas refugiadas. Entonces se organiza una visita (a la que no asistí) al asentamiento del puerto de Salónica donde una docena de barracones concentra a una serie de cuerpos con necesidades muy básicas y pocos derechos humanos —tal y como son para la racionalidad administrativa de esta Europa imbécil—. El debate de pasar o no pasar, nos cuenta nuestra compañera y amiga Paula Guerra de Sos Racismo, tuvo lugar en las puertas. Dentro las personas se mostraron agradecidas por la visita y compartieron hasta lo que no tenían. Quienes no entraron, aquellos sobre los que pudo más el miedo de convertir a los refugiados en espectáculo, tuvieron la oportunidad, contaba emocionada y muy confundida Sira Peláez (más amiga que compañera) de Cuartopoder, al ver cómo niñas y niños que no recuerdan más que el dolor en sus dibujos les decían «I love you» a través de las verjas, preguntándose, quizás, «A ver si tú te quedas».


 

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