VIAJANDO A TRAVÉS DE LA NADA

Viajando a través de la Nada

Fernando Ángel Moreno


Existen muchísimos «objetos fetiche» en la ciencia ficción: armas láser, máquinas del tiempo, traductores universales y, por supuesto, la clásica y siempre cómoda hacha para matar zombis. Un «objeto fetiche» sería aquel a través del cual canalizamos obsesiones, inquietudes, miedos y deseos vinculados con afectos personales o con ideas sociales, políticas o culturales. Es decir, los «objetos fetiche» en la ciencia ficción no son nunca meros objetos. Vienen cargados de connotaciones y sentimientos e ideología.

De todos ellos, ninguno me ha fascinado jamás tanto como la nave espacial. No creo que exista un medio de transporte tan sublime como la nave espacial, especialmente si consideramos todas sus modalidades. Decía Isaac Asimov que la ciencia ficción era el género que absorbía todos los géneros, puesto que dentro de sus parámetros caben el terror, el erotismo, el western, las aventuras, el romance, el relato político y prácticamente cualquiera que podamos imaginar. De un modo similar, en la nave espacial caben todos los transportes.

Silent Running (1972)

Por supuesto, disponemos de dos astronaves legendarias, que vienen enseguida a la mente: el Enterprise ―de la saga Star Trek, de Gene Rodenberry― y el Halcón Milenario, de la saga Star Wars, de George Lucas.

El Enterprise transporta a la vez el concepto de la exploración marítima de los siglos XVIII y XIX, por un lado, y el de la elegancia multicultural del Orient Express por el otro. Añadamos que esa curiosa elegancia del Orient Express puede disfrutarse en el Enterprise sin su elitismo socio-económico, lo cual no es poca cosa. El Enterprise responde, además, a esa idea de que nos quedan solo dos fronteras por explorar: el fondo del mar ―que algún día también conoceremos― y el Espacio Exterior.

Quiero ser ese explorador.

Si el Enterprise significa lo comunal, las bondades del progreso tecnológico y cultural, la camaradería de la tripulación, la superación de las diferencias socio-económicas… El Halcón Milenario remite al viaje individual; aquel que, como decía Paul Bowles, distingue al viajero del turista. El turista compra un billete de idea y vuelta. Han Solo compra sólo el de ida. Bueno, trafica con él.

El Halcón Milenario representa el caballo del cowboy, la amistad íntima ―no la de la camaradería de una gran tripulación―, el refugio frente a la hostilidad de lo ajeno, la clandestinidad, el tener que moverse constantemente para salvaguardar no sólo la vida, sino incluso la propia identidad. Sin embargo, representa también la alegría de la libertad que encontramos en el mito del pirata.

En un recorrido no exhaustivo, cabe recordar otras naves espaciales especialmente simbólicas. Por ejemplo, tenemos la frialdad del viaje científico y deshumanizado en la Discovery de 2001, A Space Odissey (1968), de Stanley Kubrick. En sí, la Discovery, con su timonel Hal 9000, representa lo más alto y lo más bajo a lo que ha llegado ya la Humanidad, entre otras muchas cosas.

Por otra parte, siento especial debilidad por las naves generacionales, basadas en la imposibilidad del viaje más allá de la velocidad de la luz. Esas ciclópeas construcciones transportan miles de personas que no llegarán a su destino, puesto que ellas y sus hijos y los hijos de sus hijos y numerosas generaciones más morirán antes de que la última de todas alcance otros planetas habitables. Como ocurre en La nave (1959), de Tomás Salvador, y en La nave estelar (1978), de Brian Aldiss, esa última generación habrá perdido todo recuerdo de su origen y confundirán las escasas dimensiones la nave espacial con el universo entero. Algo de ellas queda en la serie Battelestar Galactica, de Ronald D. Moore, donde la nave es el refugio de toda la Humanidad y de su única posibilidad de futuro.

¿Qué tienen en común todas las naves espaciales? Algo que quizás la película Gravity (2013), de Alfonso Cuarón, ha transmitido como ninguna otra: son en sí mismas un desafío, puesto que no existe ambiente más hostil para el ser humano que el Espacio Exterior. El Espacio Exterior exige una compleja tecnología que prácticamente ningún otro viaje nos exige. Simboliza la muerte, el vacío, la Nada, el final de todo concepto mucho más que el océano, el volcán, las nubes o la carretera. Por eso recuerdo siempre una hermosa película de Douglas Trumbull ―Silent Running (1972)― en la que cuatro hombres transportaban gigantescas cúpulas invernadero a la Tierra, donde ya ha desaparecido cualquier forma vegetal. Aquella imagen de las selvas que eran transportadas contra la oscuridad del Espacio Exterior continúa impresionándome.

El viaje espacial se realiza a través del vacío, de la Nada, aquello de lo que la Muerte es una metáfora y no al contrario. Pararse, como Picard a beber un Earl Grey, desde el camarote de su nave, mientras observa el vacío exterior, hostil, inconmensurable desde cualquier alcance de la comprensión humana respecto al espacio y al tiempo… Carece de igual en cualquier otro tipo de viaje.

Por todo ello, no quiero acabar esta pequeña reflexión, sin referirme al centro de todo transporte, a lo más parecido que tiene a un hogar: el espaciopuerto. No podéis imaginar cómo adoro las historias de espaciopuerto.

Star Trek: Deep Space Nine (1993)

Cuando viajo en coche, siento especial fascinación por los bares de carretera en mitad de la noche: una repentina explosión de luz, calor y quizás un buen bocadillo con un café o una cerveza. A veces, los acompaña una rápida conversación con dos o tres desconocidos a los que no volveré a ver en la vida. Por pedestre que resulte la comparación, si hablamos del Espacio Exterior como la mayor hostilidad, no existe refugio más pleno de vida en cualquier sentido imaginable que el espaciopuerto, donde repostar, echar una timba de algún juego de apuestas incomprensible, vender alguna mercancía, hacer un par de reparaciones y volver al frío del universo.

Forzad un poco la suspensión de incredulidad, sacad algo de ingenuidad de donde la escondisteis y ved sin prejuicios las dos grandes series de espaciopuerto: Star Trek Deep Space Nine, de Rick Berman y Michael Piller, y Babylon 5, de J. Micheal Straczynski. Os costarán las tramas aparentemente simplonas, los vestuarios y maquillajes desfasados, y los efectos especiales de andar por casa. No obstante, si conseguís superar esas nimiedades, podréis hacer un alto en vuestro viaje y charlar con uno o dos extraterrestres sobre la estrella de donde vienen, el planeta al que se dirigen, el anterior espaciopuerto donde pararon, su mercancía, los seres queridos que perdieron y la manera en que conseguirán dos o tres créditos con los que arreglar ese convertidor que no canaliza demasiado bien la antimateria.

La nave espacial es el transporte definitivo, pues todo está en él. Y fuera de él nada hay, más que vacío.

Por eso, la mayor frustración que me crea la idea de la muerte ―aparte de la separación de los seres queridos― es no poder viajar a bordo del Enterprise de Jean Luc Picard, convivir con tantas y tantas razas, visitar tantos planetas con concepciones de la existencia absolutamente diferentes de la mía… Pero, sobre todo, no beber un Earl Grey mientras miro a través de un enorme campo de fuerza el vacío del espacio exterior, la última frontera.

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