V DE VAGANCIA

V de Vagancia

Julio Pigrone


No hace falta haber leído a Weber para darse cuenta de que trabajar es asqueroso. De veras que siento mucho si te ofende este aserto inicial, quizás fueras una de esas personas que decían en agosto: «Las vacaciones están bien pero a la larga te aburres». Si eres una de ellas, bueno, qué se puede decir: supongo que en el pecado está la penitencia y de momento no hay ningún artículo del código penal que permita castigar a semejantes colaboracionistas como se merecerían (a bote pronto se me vienen a la mente las galeras).

Y es que trabajar no es divertido y probablemente ni siquiera sea bueno. Muchos pueblos o sociedades anteriores a la nuestra a pesar de sus múltiples realidades oscuras y errores aborrecían con razón el trabajo y eso que el suyo no se parecía al nuestro que no deja de ser un invento del XIX. Pero el caso es que si atendemos a algunas consideraciones históricas sobre la manera de nombrar esta realidad descubriremos que, en efecto, es un asco.

Los romanos (¿y qué nos han dado los romanos?) distinguían, por ejemplo, entre un término no marcado otium, de donde viene nuestro «ocio», y uno marcado y contrapuesto al anterior, el negotium, de donde «negocio», es decir que el negocio, la labor, es y se define por la ausencia de ocio que se antoja la realidad preexistente, es decir, que el negotium, que puede ser traducido con ciertos problemas como ‘trabajo’, es todo aquello que no es otium, tiempo libre pero entendido de manera provechosa. Está claro que esta gente sabía lo que se hacía y no sólo cuando construían acueductos y esas cosas.

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La palabra que usamos en muchas lenguas romances para designar esa realidad cotidiana, el trabajo, proviene de la palabra latina tripalium que es, ni más ni menos, tachán, tachán, que un instrumento de tortura, ¡qué maravilla! Lo único que ocurre es que tenemos mala memoria para las palabras y así, aunque ese instrumento ya no exista, la tortura sigue la misma. Pensemos sólo por un momento en utilizar como equivalente a la palabra trabajo otra que designe un utensilio de tortura que sí tengamos presente como tal, por ejemplo, látigo. ¿Puede llegar a ser algo bueno un látigo? ¿Y si la frase: «el trabajo es salud» la convertimos en: «el látigo es salud»? Está claro que algo falla a no ser que seamos unos masoquistas irredentos.

En cualquier caso, hay un problema serio con las palabras que debemos afrontar cuanto antes si queremos entendernos mejor y hablar con precisión. Porque no se trata de negar que hay tareas remuneradas que pueden resultar agradables e incluso realizadoras sin necesidad de que tengamos cierta debilidad mental. Así, proponemos emplear trabajo solamente para aquellas actividades odiosas —entendiendo que esto es una cuestión más o menos subjetiva—, rutinarias y terribles que nos asquean pero que necesitamos para proveernos de medios materiales (ganarás el pan con el sudor de tu frente y esas movidas). Y para las demás actividades también sustentadoras pero agradables o provechosas para las personas pongámonos de acuerdo en un nuevo término menos marcado por años de sufrimiento: ocupación, tarea, profesión… algo así. De esta manera cuando preguntemos a alguien que qué hace, según su respuesta «trabajo de frutero/frutera» o «mi ocupación es frutero/frutera» podremos saber si darle nuestro más sentido pésame o congratularnos por haber hallado un medio digno de vivir (y cuando digo digno sólo quiero decir agradable para una o uno).

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Pensemos en ello este verano mientras nos dedicamos a adorar el altar del no hacer nada, de la vagancia, la pereza, la holganza más plena y tengamos también en cuenta que, contrariamente a lo que nos parece creer después de años de trabajo y adoctrinamiento, la vagancia o la pereza pueden ser igualmente constructivas o incluso más. Sentados, recostados o directamente tumbados podemos dedicar tiempo a pensar, a pensarnos y a pensar el mundo; a leer tirados en la playa mientras esparcimos por las páginas de esa maravilla guardada desde abril hebras de tabaco o gotitas de café o, ¿por qué no?, ambas cosas. Tengamos tiempo para escuchar música más allá de los estúpidos hilos musicales de tiendas y teléfonos: discos, sinfonías, tedeum… mientras nos damos el gusto de no hacer nada más. Comamos y bebamos (¡qué bíblico esto!) sin tupper ni plásticos envolventes, en cristal, en loza, porcelana o duralex manjares demasiado complicados o aparatosos como para llevar a la oficina; veamos, en fin, a personas cuyas citas aplazamos indefinidamente, hablemos con ellas no para mandar o pedir sino para saber, por el puro placer de charlar y conocer; toquémonos o follemos sin prisas ni obligaciones como si nuestras vidas fueran nuestras de una vez.

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Puede que llegue septiembre, no quiero engañaros, que nos sorprenda con sus absurdas y apremiantes realidades, pero habrá otro verano y tenemos mientras tanto los recuerdos de muchos de ellos, de miles de vagancias privadas y públicas que nos redimirán de ese trabajo estúpido y de todos los días de frío.

COMMENTS

  • Marcos Mendez Vazquez

    En el asunto del trabajo, hay que aplicar el “mesotés” aristotélico. En el término medio está la virtud. Ni mucho trabajar ni poco trabajar. Hay que trabajar para pagar las facturas y porque las cosas no se hacen solas: los puentes no se levantan solos, los libros no se escriben solos. Pero no hay que trabajar como pretenden los capitalistas, aunque me parece que no vamos a poder oponernos.

    Profesión es una mala palabra para designar el trabajo agradable. Precisamente, en “La ética protestante y el «espíritu» del capitalismo”, Weber explica que Lutero se la sacó de la manga al traducir como le vino en gana una parte del Eclesiástico. Profesión, “beruf” en alemán, significa trabajo como servicio a dios, y ya sabemos cómo son muchos de los servicios que los diversos dioses cristianos demandan. Dice Weber que todas las naciones protestantes tenían términos de significado parecido, pero que en ninguna lengua romance había palabras similares; la diferencia entre el norte y el sur de Europa tiene un origen religioso, aunque hace mucho que los dogmas se secularizaron. La palara profesión es la semilla del capitalismo, del «cosmos maldito», como lo llama Weber, a pesar de que Lutero desconfiase del trabajo por pensar que aleja de dios y rechazase la disciplina ascética de calvinistas y puritanos.

    Me ha gustado el artículo.

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