UNA PESADILLA ORDENADA

Una pesadilla ordenada

Julio Pigrone


Hace unos años, durante un viaje a Roma, tuve ocasión de vivir por unos días en el edificio con el portal más señorial que he visto nunca (era un albergue y asumo mi cuota de gentrificador). Puede parecer una idiotez o quizás yo un fetichista de entradas, pero, al fin y al cabo, los portales son la primera impresión que tienes sobre una casa y, conociendo al personal, sus ansias de notoriedad, su vanidad y demás, no suele dejarse demasiado al azar.

El edificio en cuestión estaba un poco más abajo de la estación de Termini y tenía toda la pinta de haberse construido en pleno apogeo del ventennio fascista para una clase media pudiente o una burguesía acomodada, —probablemente haya dicho lo mismo dos veces—. En esa orgía petite-bourgeoisie de mármoles, columnas y lamparones, destacaba como guinda del pastel de clase una inscripción que daba la bienvenida al paseante desde el dintel de la puerta principal: UBI LABOR IBI UBER. No habían reparado en gastos y, cómo no podía ser de otra manera, la habían colocado allí en latín, pero para entendernos, el significado de esta frase es el siguiente: «Donde hay trabajo, hay abundancia».

Es de estas cosas que, por el motivo que sea, se te quedan en la cabeza, clavadas como un buen clavo, y acaban desplazando al resto de detalles o imágenes de aquel viaje: los millones de turistas (como YO), algunos precios abusivos y demás. Pero no me había vuelto a acordar de ese terrible mensaje hasta hace unos días, cuando me dio por pensar en el orden y en su propaganda.

No me refiero a lo más obvio, es decir, que lo que enuncia el cartel es totalmente mentira y que normalmente donde hay mucho trabajo no hay abundancia en absoluto, sino a la idea de ordenamiento universal que lleva implícita una frase como esa. Un orden humano que se exhibe desde la pared de una casa diciendo: aquí ha habido trabajo y por eso podemos vivir así. Pero también interroga a cada paseante por su situación o, directamente, le insulta: «Si no hay abundancia, es porque no ha habido el suficiente trabajo».

Esta idea de orden parece que es la única que incluso ahora podemos manejar, una relación entre la categoría trabajo y sus frutos en forma de estatus o bienes. Pero, al final, no deja de ser una relación tan engañosa como todas las que plantean un orden determinado (determinado para quienes dominan o están en la parte alta de esa lista). Más engañosa, por ejemplo, que la idea de orden del mundo antiguo en la que el nacimiento y la predestinación divina eran las únicas garantías de permanencia a uno u otro lado. ¡Claro que es arbitrario y probablemente injusto! Pero no engaña a nadie, no tiene necesidad de racionalizar esas relaciones de poder, es simplemente un «cuando yunque, yunque; cuando martillo, martillo» repetido por un periodo de cinco siglos.

Pero, volviendo al portal de Roma, hay otra cosa más que me interesa, y es cómo estas frases, esta especie de leyes o de consejos para gente ordenada (o más bien de parte de gente ordenada) parecen tener siempre un origen antiguo y suelen llevar en sí mismas una idea del infierno, un infierno ordenado y en el que la justa retribución suele tener un papel importante. Todas estas frases tan desagradables, que medio aconsejan y medio amenazan, siempre suelen ir acompañadas de algunos adornos externos para darles respetabilidad o una seriedad que no pueden tener. Las maneras más comunes para conseguir esto suelen ser hacerlas parecer antiguas, poniendo en latín algo que no es más que una frase hecha más bien barata, un refrán de campesinos ricos o intentando que suenen a mandato divino, expurgando el nuevo testamento o haciendo que las frases tengan ese sabor a sermón. Pero el problema es que ninguna de las dos antigüedades, ni la clásica ni la cristiana le tuvieron nunca ningún tipo de cariño al trabajo y con razón.

Puede que la más famosa de todas estas alabanzas y una de las pocas con un origen claro sea Labor improbus omnia vincit, «el trabajo desagradable lo puede todo», que viene de Virgilio, el autor latino, y que podrían tatuarse todos los entrepreneurs en la frente (para que fuera más fácil distinguirles y tal). Sin embargo, en esta frase no hay una visión positiva del trabajo y menos aún de nuestro tipo de trabajo (labor es algo más parecido al esfuerzo) y, además, fue escrita por alguien que tampoco es que se matara a trabajar.

Pero el problema mayor de todas estas píldoras de sabiduría con sabor a clase media no es sólo que aburran o que resulten hipócritas, el problema real es que llevan un infierno en sí mismas. Normalmente, el infierno se identifica con el caos, con un desorden supremo en el que nada es lo que debería. En ese mundo al revés, pues eso es el infierno medieval, reina un ser a quien la mayoría de las veces se le conoce como «el que cambia las cosas», «el que transforma» (eso quiere decir en griego diablo). Hasta tal punto el desorden ha incomodado a las mentes de los poderosos que, mientras, en la tierra, en nombre del orden se creaban inmensos y ordenados infiernos (y, lo que es más importante, reales).

En las mitologías antiguas, al infierno se entraba por alguna gruta en medio del bosque o de la montaña, en el mundo moderno se va en tren, un tren que tiene unos horarios pautados, unas paradas planificadas, unos objetivos que cumplir y, lo más importante, debe ser puntual y eficiente porque en este infierno quienes mandan no son las criaturas con tridente y cola de pincho, sino burócratas, contables, directores de fábrica y algún que otro doctor, es decir, las eminencias grises. Y si nos paramos a pensarlo un momento, los empleados siempre han sido mucho más aterradores que las bestias de los cuentos, no sólo porque los primeros sean reales, sino especialmente porque aquellas actúan por pura maldad o por afán de crear el desorden, mientras que aquellos lo hacen por rutina, salario, porque lo manda su jefe o, peor aún, por convencimiento. Los infiernos a los que nos referimos tienen nombres polacos o alemanes pero no suenan a bosque ni a cuento de casitas de caramelo, suenan más bien a agujero, a letrina y a chimenea, a la inexistencia de cualquier esperanza, solidaridad o sentimiento: Auschwitz, Treblinka, Chelmno, Dachau, Birkenau, Bergen-Belsen, Theresienstadt.

No son, por supuesto, los únicos infiernos burocráticos, ordenados, que ha habido o hay en el mundo. Antes tenemos los Congos Belgas, las Algerias francesas y las Indias Británicas del mundo, todos los ministerios de colonias o de ultramar, sus boletines y estadillos y, después, e incluso en este momento, la trata, el tráfico, los CIE… pero la magnitud de esos infiernos y su orden son paradigmáticos y tienen en común un sólo origen: la clase media europea y blanca.

Es la metáfora precisa del anus mundi, el ano del mundo, con la que se conoce a Auschwitz, en la que encontramos la idea de organización biológica, de función humana, desagradable y escondida pero no por ello menos ordenada, menos lógica. Todo bien sustentado en cálculos, porcentajes y opiniones expertas: los barracones deben estar a tanta distancia y contener un número máximo de piezas, las fichas de los trenes deben marcar la hora de salida, las recogidas y las paradas, las funciones de cada cual, los espacios de cada cual, resulta un portento del mundo del orden, un mecanismo engrasado que haría las delicias de cualquier tecnócrata o padre de familia, pues es el paternalismo (uno de cuyos pilares es el orden) uno de los elementos que con más fuerza se destacan en los campos, el sueño de la clase media que ha ido cayendo poco a poco del lado del horror.

Nos ha llevado bastante lejos aquella inscripción en un portal romano y hasta ahora no queda clara la relación con todo esto en lo que ha ido derivando. Al tiempo de haber estado en Roma y acordándome de ese cartel, me vinieron a la mente otras dos inscripciones que colocadas en lugares muy diferentes tenían un mensaje muy parecido. Al UBI LABOR IBI UBER del portal pronto se le sumaron en mi cabeza el famoso ARBEIT MACHT FREI de la puerta de entrada a Auschwitz (y a otros muchos campos) y el mensaje que estaba en la verja de Buchenwald, JEDEM DAS SEINE, («A cada uno lo suyo o a cada cual lo que se merece»).

Las ideas de las frases forman parte de toda la mitología de la clase media y la burguesía del siglo XIX y XX: orden, meritocracia, latín y trabajo duro que juntas dan lugar a las monsergas de preferencia con las que criar a asesinos de masas o a empleados de banca. La versatilidad de las sentencias es tan grande que en el caso de Arbeit macht frei valió para titular una novela nacionalista en el XIX y también como eslogan para la República de Weimar, todo un canto al orden y al trabajo de parte de quien nunca trabajó, y hermana por derecho propio de otras grandes palabras como «El trabajo es salud» y demás.

En cuanto a la frase de Buchenwald, no deja de ser una traducción de la sentencia latina suum cuique que es el principio que subyace en multitud de refranes y de fábulas como La cigarra y la hormiga y que sirvió también para que J.S Bach, imbuido de la idea protestante de la justa retribución, titulase una cantata Nur jedem das Seine. Y ambas podrían, por qué no, haber adornado cualquier portal de gente de bien o ser el lema de cualquier universidad privada (o pública ya puestos). Porque, en definitiva, el origen de Auchwitz, el origen de uno de los mayores infiernos del siglo XX, el del racismo, el militarismo, el colonialismo, la explotación… o al menos su justificación, no hay que buscarlos en oscuras reuniones en fábricas o ministerios; el alma del horror lo podremos encontrar en los salones y los comedores de la clase media, de la gente ordenada en cuyos portales se leen inscripciones en latín y a quienes no gusta dar la nota, la diferencia o tener que opinar demasiado. Y quién sabe si en los mismos baños de estas mismas casas no encontraríamos en un azulejo más bien hortera el siguiente recordatorio:

«Nacht dem Abort, vor dem Essen; Hände waschen, nicht vergessen».

Trad: «Después de la letrina y antes de comer; nunca lo olvides, las manos lávate»

Que, con esa mezcla de humor familiar y sin gracia, paternalismo brutal y orden disimulado en propio interés, era el mismo que figuraba en los baños de aquel otro horror llamado Auschwitz.

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