UNA CIERTA MÍSTICA

Una cierta mística


Cada cierto tiempo ocurren cosas, carambolas un poco extrañas, que te dan la oportunidad de hacer algo que querías hacer pero que no sabías cómo empezar. Mi vinculación con esta revista comienza con una llamada o un Whatsapp (no recuerdo bien) de una amiga a la que no veo tanto como me gustaría:

—Estamos montando una revista con gente que conozco de la facultad y necesitamos a alguien para cultura. ¿Qué te parece la idea?

La idea me parecía fantástica. Llevaba tiempo escribiendo y queriendo escribir más pero, claro, las obligaciones, la falta de hábito, el no saber quién lo leería o si lo leería alguien, si era legible o si sabía escribir más allá de juntar letras y palabras según unas normas dadas (antes de b y p se escribe m y no n). Respondí que sí. Pero mi respuesta me trajo otros problemas diferentes: nervios, vergüenza, mi propia pequeñez humana y el no saber nunca o casi nunca si lo que uno hace vale la pena.

Pero, poco a poco, todo esto pasa o al menos se atenúa; descubres que la gente con la que escribes es interesante, que cada cual viene de un lado diferente y tiene gustos y maneras igual de diferentes, pero que la comunicación, el entendimiento, es posible, incluso más fácil de lo que creíste. En cuanto a los artículos, bueno, al principio ni miraba cuando se publicaban, no quería tener la desgracia de leer el comentario en el que todo se desinflase, en el que alguien te dijese que no sabes escribir, que eso que dices es mentira, una tontería o algo demasiado personal que solo te interesa a ti. Descubres que eso no va a pasar, que alguna vez escribes algo bueno y entonces te da igual lo que te digan y otras, cuando no es tan bueno, te criticas tú primero por lo que pueda pasar y lo dejas pasar. Obviamente no son los artículos de revistas digitales los que acabarán con el mundo según lo conocemos.

No es que pierdas interés, es tan solo que normalizas esa pertenencia a un algo mayor (que no suene muy converso, no lo es). La excepcionalidad se vuelve rutina y está bien que sea así: lo recuerdas cada vez que llegas tarde a casa y tienes que programar las redes del día siguiente, cada domingo de subida de artículos. Pero, por contrapartida, hay algo que no pierdes o que más te vale no perder, lo podrías llamar la mística aunque esa palabra sea tan mala como cualquier otra.

Cuando llevaba cierto tiempo en la revista, no tanto para acostumbrarme aún, un amigo me dejó el libro que Pepe Ribas escribió sobre la primera época de Ajoblanco, creo que me lo prestó porque debió sentir algo parecido a lo que yo sentiría luego: redacciones minúsculas en pisuchos y entreplantas anegadas de humo, el continuo conocer gente, pero no gente sin más, cada cual con su afición, con su manía y su manera de hacer las cosas con total convicción de tener razón o, al menos, de tener que hacer exactamente lo que hacían. Y es eso, pero no solo: teléfonos que suenan continuamente, coches de cuatro velocidades con los maleteros llenos de números por vender en viajes de un día a capitales de provincia o donde fuera… Era eso, en parte, era esa mística la que yo perseguía. Pero es irreal porque se trata de una visión a un pasado que no existió. Aunque la sigamos sintiendo un poco cuando vas con la cámara y un folio de preguntas a una entrevista que te han concedido sin más; cuando reseñas un libro que te han enviado porque has mandado un correo desde un mail que se llama redacción o cuando ves, casi al final de una reunión, los cuadernos y los móviles sobre la mesa, las caras detrás de las gafas y los ceniceros más bien llenos. Aunque todo esto sea poco comparado con la mejor sensación, cuando alguien escribe algo bueno y sientes el orgullo de saber que colaboras con esa persona en un proyecto común y solo por eso ya valdría la pena.

No sé dónde estaremos el año que viene o dentro de dos. Espero que hayamos encontrado la manera de contar más cosas, de sumar más gente y de hacer todo esto mejor. Pero sí sé dónde estaba antes de que todo esto empezara: acababa de terminar una carrera y un máster que me habían tenido por seis años soplando portadas de libros llenas de polvo y pensando que el mundo era solo eso, nunca había participado en nada colectivamente ni tampoco conocía a nadie que lo hiciera; no escribía pero quería hacerlo y no se me podría haber pasado por la cabeza ni por un instante algo mejor que hacerlo en este momento, con estas personas y en este sitio: en Juego de Manos.

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