UN VIEJO CAPRICHOSO

Un viejo caprichoso

C.H.


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Felipe González en 2013 (Claude Truong-Ngoc)

Felipe González renunció al marxismo en el PSOE, fue el presidente de las ETT y los GAL y ejerce de conseguidor en base a sus muchas y buenas amistades. Eso nos lo han contado bien, pero quienes sólo lo hemos conocido como expresidente a veces olvidamos que Felipe González (Sevilla, 1942) es un viejo.

Un viejo que no piensa lo que dice. En noviembre de 2010, El País publicó una extensa entrevista con González. En ella, además de algunas reflexiones sobre la vejez, el fumeteo y los achaques, el expresidente le confiesa a Juan José Millás, como si de un chascarrillo más se tratase, que en una ocasión pudo dar la orden para volar la cúpula de ETA. Aún gobernaba su partido, con algunos de quienes fueron sus colaboradores ocupando carteras ministeriales. Y en esa coyuntura, el expresidente que siempre negó cualquier tipo de conocimiento sobre el paramilitarismo que se dio en el Reino de España bajo su mandato reconocía que, como presidente, tenía la última palabra sobre una estructura logística con la capacidad de volar la cúpula de una banda terrorista en un país extranjero. Alguno podría pensar que, con 68 años, el ex jefe de Estado empezaba a ejercer de viejo chocho más que de estadista.

Un viejo gracioso. Como casi todos los altos cargos de Gobierno de España, Felipe González fue miembro de un consejo de administración. En el caso del socialista de chaqueta de pana fue Gas Natural, ya que quería «conocer el mundo de la energía». Entre bromas, cuando anunció que dejaría el cargo al término del periodo por el que la multinacional le contrató (tres años a razón de más de 80.000 euros netos cada año) atribuyó la decisión no a la incompatibilidad, sino al aburrimiento. Hay que reconocerlo: en la España de 2014 es meritorio presumir de que te piras de un curro de 80.000 pavos al año. Una exhibición de irreflexión y falta de empatía digna sólo de un niño, de un anciano o de un expresidente.

Un viejo con poder. Felipe González, que presume a menudo de no estar en primera línea de la política desde que abandonó la Moncloa, dio una entrevista al matinal de la Ser el 28 de septiembre de este año. Desde Santiago de Chile, González intercala explicaciones sobre su falta de información («estaba volando a Colombia cuando esto pasó», «no quiero responder a cosas que no he oído») con declaraciones extremadamente contundentes contra el a la sazón secretario general de su partido, Pedro Sánchez. «Creo que el fondo del problema es que él está peleando para ser un poco más grande que Podemos y Podemos, para ser más grande que el PSOE. Pero lo que tienen que ser es la alternativa del PP. ¿Cómo es posible que el gran triunfo en su cabeza sea ese?» , le dice González a Pepa Bueno, apesadumbrado, desde el otro lado del Atlántico. «Alguno tendrá que asumir responsabilidad política por ir de derrota en derrota se supone que hasta la victoria final», remacha.

Sin embargo, es un fragmento de esta entrevista de casi 20 minutos el que enternece. Más allá del drama de un país sin gobierno y un partido desangrado, el ex mandatario se siente engañado.

 

 

«Lo que más me duele de la situación […] es que yo hablé con Pedro Sánchez porque él me pidió que nos reuniéramos después de las elecciones del 26 de junio y el 29 de junio me explicó que pasaba a la oposición que no intentaría ningún gobierno alternativo y que votaría contra la investidura del Gobierno del PP, pero que en segunda votación pasarían a la abstención para no impedir la formación de gobierno. Y la verdad es que, viendo lo que está pasando, a mí no tiene por qué darme explicaciones. Me siento frustrado, como si me hubieran engañado, no tenía ninguna necesidad…», lamenta González.

Horas después de la entrevista, el entonces secretario de política federal del PSOE, Antonio Pradas, presentó en Ferraz la dimisión de 17 miembros de la ejecutiva del partido para disolver el órgano y forzar así la dimisión de Sánchez. El secretario general y candidato a las dos últimas elecciones desobedeció a sus mayores, se obcecó en no dar sus votos a Rajoy y perdió la lucha interna de poder. Una cosa es que Felipe González sea un viejo, y otra que herir sus sentimientos no tenga repercusiones.

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Fragmento de la entrevista publicada por El País

 

En las entrevistas que da, Felipe González trata de proyectar una imagen de sencillez y sentido común. El sentido común que dan catorce años de gobierno y veinte de retiro. Sin embargo, su obra y palabra los últimos años nos devuelven el reflejo de un hombre mayor y un egocéntrico emocional. Un expresidente que no tolera que le mientan y no permite que le contradigan. Un expresidente que no siempre mide sus palabras y es capaz de revelar secretos de estado entre anécdota y anécdota. Un expresidente que, de tan normal que es, hace chistes sobe los consejos de administración.

Como los niños y los borrachos, a veces los poderosos gritan y muestran al desnudo los engranajes del poder. Y, a veces, el príncipe despojado de su traje de seda es sólo un viejo caprichoso. Como nos recuerda Santiago Alba Rico, el poder no grita y la pérdida de tono es proporcional a la pérdida de poder.

 

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