UN ÚNICO VIAJE

Un único viaje

Marco Enia


«¿Cuán largo crees que debe ser un viaje para que se le pueda llamar así?», me preguntó una vez un tío en un bar de La Valeta. Yo en aquel momento no tenía ganas de buscar en mi cerebro frases ingeniosas, así que decidí ser honesto. «No sé», contesté, «es una buena pregunta». Sonrió. «Entonces escucha esta historia», me dijo, y empezó a contar.

Había una vieja casa perdida en el campo. Era una casa normal, tan normal que podía inquietar. Se parecía mucho a la imagen arquetípica de la casa que muchos tenemos en la cabeza, la que los niños suelen dibujar. Tenía paredes blancas, un techo a dos aguas con tejas rojas, una ventana siempre abierta y una puerta siempre cerrada. Era pequeñita, y su interior constaba prácticamente de una sola habitación, que servía de entrada, sala de estar y dormitorio. En el vacío de este cuarto, austero hasta la pobreza, no había nada más que una cama y una silla de madera, normalmente colocada frente a la ventana. Y allí, sentado en la silla, solía estar el héroe de esta historia, Pedro. Pedro pasaba los días interactuando con las cosas que ocurrían detrás de la ventana: sonreía cuando un rayo de sol le calentaba la cara, se quedaba escuchando cuando la lluvia golpeaba contra el cristal, se tapaba los oídos temblando cuando veía caer los relámpagos, como si en estos percibiera el presagio de una futura desgracia. Pero sobre todo miraba un melocotonero que se encontraba a unos diez metros de la ventana.

Ésta era toda la vida de Pedro, que nunca había salido de casa. En cierto sentido se podría decir que tampoco había entrado en ella, ya que había nacido allí, en aquel mismo cuarto. Tenía pocas horas de vida cuando el médico de un pueblo cercano le detectó una enfermedad rara: el niño no podía salir de casa, de lo contrario moriría. Así que el niño efectivamente no salió nunca. Fue para alegrarle los días la razón por la que la madre plantó el melocotonero frente a la ventana. «Así crecen juntos y se hacen compañía», le explicó al marido. Pedro no era todavía adolescente cuando perdió ambos padres. Entonces algunas almas buenas que vivían en la zona se las arreglaron para que no le faltara nunca nada: le llevaban comida, le conseguían ropa, se paraban de vez en cuando para charlar un ratito. Sin embargo, a pesar de lo que se podría pensar, Pedro nunca sufrió la soledad. El melocotonero le hacía realmente compañía. Después de tanto contemplar el tronco hasta conocer todas sus arrugas, después de tanto observar sus ramas hasta poder predecir con precisión el día del florecimiento, después de tanta cercanía, continua, constante, Pedro había desarrollado con el árbol una relación simbiótica: estaba alegre y risueño al abrirse los primeros brotes, estaba apagado y melancólico al caerse las últimas hojas.

Hubo una mañana de primavera en la que el melocotonero estaba lleno de flores y a Pedro se le veía extrañamente triste. Aquella noche se desató una tormenta: un rayo golpeó el árbol y lo quemó. El fuego se vio desde lejos. Muchos se preguntaron cómo iba a reaccionar Pedro, pero nadie lo adivinó. Al día siguiente Pedro abrió la puerta de casa y salió. Ahora bien, tienes que entender esto: para él casi la totalidad del mundo sensible no existía sino en su cabeza, en forma de palabras. El listado de cosas que tenían para Pedro una existencia concreta, real, tangible, era muy reducido. Estaban el árbol, la casa, la ventana y la puerta; estuvieron sus padres; estaba Lidia, don Pablo y los que a veces lo iban a visitar. Todo lo demás no era para él sino un conjunto de nombres vacíos, sonidos que no había podido nunca asociar a las cosas correspondientes. Estoy intentando decir que ver un loro, pongamos, probablemente le hubiera asombrado como a ti y a mí ver un unicornio. Imagínate, pues, cómo tenía que sentirse aquel pobre chico cuando abrió la puerta y se asomó al exterior.

Con ambas manos agarradas al picaporte, se paró en el umbral. Lejos, más lejos que toda distancia imaginable, había una superficie lisa y azul que se fundía con el cielo. Entendió que se trataba del mar, argumento de tantos relatos de su padre durante las tardes de su infancia. Apoyándose a la pared caminó dos, tres metros en dirección del árbol. Luego quiso mirar otra vez hacia el mar: había campos, como los que podía entrever desde el marco de su ventana. Pero le desconcertó y le conmovió a la vez enfrentarse a todo aquel espacio abierto, a aquella mezcla de colores brillantes, a aquel sinfín de plantas y flores. Más que cualquier otra cosa le sorprendió constatar cuántos árboles eran como el suyo: mismas flores, mismas hojas, misma forma. Siempre había pensado que su melocotonero era único, entendió que era sólo uno entre muchos.

Sintió un poco de pena. Soltó la mano de la pared y dio unos pasos. Distinguió a sus pies una flor blanca: era una margarita, de las que Lidia le solía llevar a casa todos los días. Hacían así: ella ponía la flor en el suelo, él la cogía y se la daba como regalo. Se inclinó sobre el prado, cogió la margarita y se la puso entre los dedos. Dándose la vuelta vio su propia casa. Nunca la había visto desde fuera: le pareció rara, tan rara que le inquietó. Echó un vistazo más allá de la puerta entreabierta, hacia aquel interior donde había transcurrido todos sus minutos. Lo midió con los ojos, volvió a mirar a su alrededor. Suspiró. Con la respiración entrecortada llegó finalmente al árbol. Se sentó a su lado y abrazó el tronco quemado. «Amigo árbol», le dijo, «el mundo es un lugar bien raro», y murió.

«Y así se acaba la historia», concluyó el tío. «Es una historia muy triste», dije. «Es una historia verdadera», replicó. «Lo que me quieres decir es que para que un viaje sea viaje no importa la extensión, puede ser muy breve», le expliqué. El hombre, dejando aparecer una media sonrisa, concluyó: «Esto… o que tiene que durar una vida entera, como tu prefieras».

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