UN GRAN DÍA

Un gran día

Olivia Isidoro


Viernes. Fuenlabrada. Siete de la tarde. Mi madre cree que soy una adicta al móvil, pero hoy en día hay pocas tareas que no pasen por ahí y tengo que preparar un taller sobre feminismo.

Cuando empecé a llamar a las cosas por su nombre, F-E-M-I-N-I-S-M-O es igualdad, la cosa no iba con ella. Ahora ya ella lo nombra e incluso a veces comparte alguna publicación en Facebook y la he oído gritar en alguna mani: «Somos guapas, somos listas, somos todas feministas». Claro que eso se gritaba en los ochenta (y se quemaban sostenes). Es casi un lugar común que la comparación entre nuestra generación y la de nuestras madres en materia de igualdad se salda de forma positiva para nosotras y sin embargo…

PROPORCION un gran dia

Mi tío le dice a mi tía, y en su ausencia a cualquier cuerpo que carezca de pene y pase cerca del sofá, que le lleve una cerveza. Mientras, él ve el fútbol. No es anecdótico, es costumbre. Incluso le he visto hacerlo justo al instante de sentarse en el sofá. Mi tía se la lleva. No es anecdótico, es costumbre. Cuando me la pide a mí, yo tuerzo el gesto, pero también se la llevo. No es cuestión de ponerse a discutir con la familia. Es la costumbre.

Ayer vi un documental donde, a la salida de universidades, el reportero preguntaba a mujeres y a hombres si eran feministas. La mayoría de hombres contestaban que no. La mayoría de mujeres afirmaban que lo eran. Eran años de la Transición, no recuerdo muy bien la fecha exacta. Pienso qué respuestas nos darían si nos plantamos a la puerta de la Rey Juan Carlos de Fuenlabrada a preguntar lo mismo. Es igual, mi hermana trabaja cada día con adolescentes y la respuesta mayoritaria es «NO». Mi hermano estudia en esa facultad y la respuesta mayoritaria es: «¿Feminismo?, eso es el machismo al revés». Según la última encuesta del CIS acerca de la percepción de los jóvenes sobre la violencia machista, uno de cada tres de jóvenes españoles entre 15 y 29 años ven bien o consideran «inevitable» o «aceptable» impedir a la pareja que vea a su familia o amistades, no permitirle que trabaje o estudie, o vigilar sus horarios.

Yo a lo mío. Llego al local de reuniones. La mayoría, hombres. Casi en más de un 90 %. Hay un problema, las mujeres no se implican en política. Eso se repite en cada reunión. Como un mantra. Cuando proponemos alguna actividad que vaya encaminada a que vengan mujeres (y se sientan cómodas participando), más de uno frunce el ceño. Me voy pensando que debe ser que a la política no le interesan las mujeres.

Llego a casa. Mi madre cocina mientras mi padre tiende la ropa. El reparto de tareas se asume como normal. Pero a veces pienso que en mi casa somos un poco raros. Vuelvo al CIS, a ver si con datos pongo algo de orden en mi cabeza. El 91,9 % de las mujeres realizan tareas domésticas y se ocupan del cuidado de niños, ancianos y personas dependientes durante 4 horas y 29 minutos diarios, frente al 74,7% de los hombres que dedican en promedio 2 horas y 32 minutos.

Me arreglo, me miro la celulitis, me pruebo tres pantalones y envidio la época de Rubens. Sí, yo, feminista concienciada y militante, me fustigo ante el espejo y maldigo la era del Photoshop. Antes de salir mi madre dice: «Ten cuidado». Esa advertencia, que también le lanza a mi hermano, tiene vertiente de género. A él, para que no se drogue. A mí, para que no me violen.

Quedo con mis amigos a tomar algo por el barrio. Alguno suelta un «chiste» o «bromita» machista que nosotras reprendemos con alguna mala mirada o algún comentario. Tampoco nos ponemos demasiado contundentes. No es cuestión de ponerse a discutir con los amigos. Es la costumbre.

Se nota que algunas rozamos los 30 y otras ya los han pasado. Hablando un poco de todo: a mi amiga, que tiene 32, pareja estable e hipoteca por pagar (todos los condicionantes para formar una familia nuclear de bien), otra colega le pregunta que cuándo va a ser mamá. Mi amiga responde que espera no serlo. Mi abuela diría que se va a quedar para vestir santos, pero la reacción aquí no varía mucho. Una pregunta ronda la cabeza de las presentes hasta que una atrevida dice: «¿Por qué no? Eso es ahora, que todavía no te ha llegado el instinto maternal».

A mis amigos les encanta poner música de coña en nuestro local. Hoy toca «Spanish bizarro». (No) os lo recomiendo… especialmente una canción de Emilio el Moro, artistilla de los 60-70, Te quiero  se llama. Cuando la escuchamos ponemos el grito en el cielo y alguno dice que las de reggeaton son muy parecidas. Y ya empiezan con los lamentos por lo machistas que son los latinos (así, en plural)… pero anda que no hemos coreado La maté porque era mía de los Platero.

Me vuelvo de madrugada a casa. Nunca he querido que me acompañase nadie si no pillaba de camino. Sola, con mi música (alguna amiga dice que no debería). Y mientras camino, no voy segura, claro que no. Mi madre dice que alguien tiene que acompañarme, que no puedo ir sola a las tantas y que una cosa es ser moderna y estar empoderada y otra es «exponerme» así al peligro. Del acoso callejero no hay cifras de momento en España, pero la ONG Stop Street Harassment estima que el 80 % de las mujeres de entre 12 y 30 años ha recibido alguna vez un comentario fuera de tono yendo por la calle.

Cuando abro la puerta de casa son las cuatro de la mañana y he girado el cuello para mirar quién venía detrás de mí unas siete veces. Me asalta una certeza antes de irme a dormir. Ya no es sólo que estemos muy lejos de abolir el machismo en nuestra sociedad, es que éste muta tanto que tenemos por delante un trabajo igual o más arduo aún que el de nuestras madres. O nos ponemos firmes o nos queda patriarcado para largo.

Leave a Comment