TURISMO CANÍBAL

Turismo caníbal


Una pregunta recorre el mundo. Es formulada en todos los idiomas, por personas de cualquier índole y condición: ¿el turista es siempre idiota?

Toda la siniestra tipología de cosas que se hacen en verano aconseja responder que sí. Desde los viajes en elefante por el Sudeste asiático hasta las manidas (y multitudinarias) fotos en la Fontana di Trevi, pasando por los millones de fotos con la Sirenita de Copenhague o el Manneken pis, todas estas absurdas instantáneas nos gritan desde nuestros muros de Facebook o nuestras cuentas de Instagram que algo estamos haciendo mal.

Porque nosotros y nosotras también somos turistas, ojo, no vamos a intentar escurrir el bulto de la incómoda pregunta poniéndonos en un pedestal y afirmando que somos diferentes porque viajamos mejor, viajamos conociendo, viajamos licenciados. Porque sólo hay una cosa peor que un turista a secas: un turista snob.

Y, bueno, ¿por qué viajamos? ¿De dónde viene toda esta locura por creer que podemos conocer otras realidades solamente mediante la transposición física de nuestros cuerpecitos a otros lugares y mediante la repetición de unos actos más bien pautados y repetidos ad nauseam en esta especie de absurdo ritual canicular? Heredamos de ese asco de siglo que fue el XIX (¿y cuál no lo fue?) la idea romántica del viaje como formador, como aprendizaje vital, como…comida. Y gracias a Coleridge y a Kavafis (entre otros), cualquier memo en un bar nos puede decir que lo importante no es el destino, sino el viaje mientras reprimimos una pequeña arcada y pensamos en que así no vas a follar.

Pero lo peor es que asumimos todas esas maneras y viajamos a los pasados de los sitios, a sus contextos culturales e históricos buscando algo que probablemente nunca estuvo allí. Quiero decir que nada es más tonto que viajar a Nueva York y creerte por dos semanas un personaje de Friends, excepto quizás viajar a Cuba y creerte Camilo Cienfuegos por el mismo periodo de tiempo.

Pero, entonces ¿qué hacer? ¿No viajamos? ¿Nos quedamos en casa? ¿Usamos el turismo mental, cultural, literario? Al final, tendremos ganas de conocer esos lugares mil veces recorridos en nuestro imaginario. Viajar no deja de ser un acto de amor, pero probablemente de algún tipo de amor enfermizo, quizás el romántico que también es un pariente suyo del XIX. Viajamos porque amamos los lugares, su historia, sus personajes, pero en el proceso estamos haciendo que esos sitios se conviertan en parques temáticos de nuestras ideas preconcebidas. Y cuando vamos al extranjero no somos muy diferentes de esos estadounidenses que en cuanto llegan a Europa se ponen a beber vino tinto porque es lo que toca, es lo que se espera. Nos gustaría poder hacer dignamente algo que molase, que nos hiciera merecedores de los sitios y que hiciera a los sitios merecedores de ser visitados sin que las personas que viven todo el año allí nos quieran clavar un puñal en la boca del estómago.

Y eso es sólo parte del problema, porque luego está toda la amalgama de basura que lleva implícita la idea de viajar. Cosas como «me conocí a mi mismo en un viaje a la India/ en un templo nepalí/ en una playa balinesa» son el súmmum de la bobería del licenciado universitario con ideas (¿cuáles? no nos pregunten) y, por extensión, de su prestigio y de la aparente superioridad de sus ideas de todo quisque. ¿Por qué no se pueden conocer a sí mismos en sitios más cercanos? ¿Es quizás por la propaganda, por la publicidad, por las pelis o los hippies, por haber aflojado dos mil papeles? ¿Y qué pasa con el misterioso oriente (no queríais orientalismo pues aquí llegó? ¿Es más trascendental Benarés que Logroño? A mí me gustaría pensar que los hijos y las hijas de la incipiente clase media India viajan a El Ferrol a conocerse a sí mismos.

Las anteriores son todas buenas preguntas (probablemente haya alguna que no) que no aspiramos a contestar en su totalidad. Pero aquí van unas nuevas ideas para el autoconocimiento mediante el viaje: autoconocimiento en territorio nacional: conócete a ti mismo en Ceuta, puedes hacer doscientas fotos igual; o esta un poco más audaz: autoconocimiento en zonas de conflicto, bucea en tu mente y en tus conflictos personales, mientras la coalición internacional bombardea tu retiro espiritual en Belgrado (me vale Timor por lo oriental).

Ahora en serio, llevas cuatro navidades dando la vara con el asco que te da la iglesia, pero quieres ir a un templo en Bután, o a ver los derviches en Anatolia, ¡PORQUE ESO NO ES SUPERCHERÍA, ES VERDADERA COMUNIÓN CON EL ALMA! Y lo peor de todo es que durante toda tu vida has tenido bien cerca tu cabeza, fíjate si te has perdido oportunidades de conocerte sin irte tan lejos.  Claro que ver otras realidades es revelador y te hace valorar otras cosas, pero el problema está en hasta qué punto es posible verlas de verdad. Podemos irnos sin nadie, solateras por el mundo, pero hay una persona a la que no puedes dejar en casa, quizás la más importante de todas: a ti.

Así que tenemos un buen cacao armado en este número en el que al final hablaremos de lo que nos dé la gana. Nos gusta viajar, pero odiamos a los turistas; somos turistas y no nos gusta viajar; queremos los contextos de los sitios, su historia, sus novelas, películas y músicas pero mientras las intentamos reproducir nos molesta su gente; queremos a su gente, pero ellos no nos quieren…

En avión, por tren o barco una pregunta sigue sin respuesta: ¿EL TURISTA ES SIEMPRE IDIOTA?

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