TRES PESADILLAS SOVIÉTICAS

Tres pesadillas soviéticas

Ceferino Fonseca


Desde hace unas semanas estoy despertándome en medio de la noche con un grito seco: «¡Niet!», tengo sudores fríos y cuando me miro al espejo encuentro que mi rostro sigue hirsuto y deforme, como si lo que hubiera soñado fuera demasiado serio y el despertarse fuera como el momento publicitario en el mejor momento de la telenovela. Lo cierto es que no llevo una vida desordenada, disoluta, ni tampoco soy socio de ninguna secta. Como razonablemente bien, hago ejercicio y saludo a los vecinos. Me da cierto pudor reconocerlo, pero desde hace un tiempo sueño con la Unión Soviética. En fin, he aquí mis últimos episodios:

1)

Soñar con que eres un oficial soviético de rango superior que duerme en la pequeña estancia concomitante con su despacho y su ayudante Mijail Mijailovich. Misha te despierta con un café solo y tres galletas con forma de presidentes soviéticos. Levantarte y colocarte la casaca. Te queda bien porque está hecha a medida, como todo en nuestro sueño, la masa es la medida de todas las cosas. Y en mi caso mi masa corporal es menor que cuando me dormí. Elegir un bigote postizo y que se convierta en verdadero. Pasar al despacho de mi ayudante de cámara —¿o debería decir camarada ayudante?— y preguntarle por el lugar donde nos encontramos. Que te diga que le gustaría poder ayudar pero que él se encarga de asuntos meramente administrativos y que para las preguntas de contenido debería hablar con un nombre demasiado complicado para escribirlo y que estoy llegando tarde a mi reunión de mantenimiento de las relaciones bilaterales. Salir con paso militar por el pasillo de hormigón y caminar por los pasillos dando vueltas buscando la reunión. Estar angustiado al modo ruso por estar llegando tarde y encontrar un rotulo en donde está escrito: «COMECON». Entrar en pánico ruso porque no se qué es el COMECON y tengo que ir a una reunión importante para el futuro. Pensar que el COMECON es el homólogo del PacMan de los americanos. Pensar que quizás este palacio sea un campo de batalla y ahora mismo hay un comecocos gigante paseando por el edificio. Que se abran las puertas y aparezca una bola gigante, rojo mate, que se abre a la mitad y deja entrever una lengua con forma de bandera de la Unión Soviética. Correr por los pasillos mientras el comecocos va creciendo a medida que absorbe funcionarios de la matria rusa. Cada vez va más rápido y cada vez que giras una esquina hay un bedel —o un camarada limpiador— que se quita el gorro para saludar. Pensar que la mejor manera de derrotarlo sea bailar un kazachov. Darse cuenta de que es una mala idea demasiado tarde y ser deglutido por la bandera soviética a modo de lengua. La reunión está a punto de empezar y acabo de despertarme al grito de: «¡A mí las masas!».

2)

Resulta que estás en una ceremonia de entrega de premios —o de reconocimientos populares— por los logros del plan quinquenal anterior. Vestido con traje negro báltico y aderezado con olor a cigarro estás en la fila de los dieciséis oradores que han de explicar el funcionamiento de las diferentes secciones en las que se organiza el plan quinquenal. Tener a un tipo delante de espaldas muy anchas y cabellos muy finos, tan finos que tiene pocos, como pocos son los motivos que encuentro para estar en esta fila. Preguntar al hombre al que antecedo en la fila que qué va a explicar, y que me diga que naturalmente hablará de las maniobras hidráulicas para desecar el océano Índico para plantar trigo y terminar con el hambre en el mundo y de esta manera vencer la Guerra Fría inundando Norteámerica con el agua del océano. Preguntarle que si sabe cómo vamos a hacer eso y que el de delante te diga: «Menuda tontería —en ruso—, eso ya lo hemos hecho», y que tengas cuidado con lo que vas a decir y que mejor te ciñas al guion. Buscar el guion y darte cuenta de que está en cirílico, y que tú el cirílico sólo lo has visto para hacerte pruebas en el oftalmólogo. Que la fila se vaya moviendo hacia el escenario y que avancemos entre las mesas de burócratas agarrados de las cinturas haciendo una conga militar, una «kongainterm». No saber de qué tienes que hablar e intuir que quizás tienes que explicar por qué el trigo plantado en el Índico en vez de grano da como fruto arenque de los Urales. Y tener que explicar por qué eso es una victoria para la URSS. Subir al escenario y ver que en las mesas del público hay burocrátas con cabeza de pescados varios junto con señoras que compilan formularios. Mirar bien y ver que casi no queda aire mientras mi camarada de las espaldas anchas resopla a la audiencia y termina golpeándose la pechera. Darme cuenta de que tengo los pies encadenados con el orador precedente y que al bajar del estrado la fuerza de las cadenas me obliga a subir. Tener la lengua escondida y seca. Tener la cabeza cada vez más grande como si fuera un globo aerostático. Que los focos te enfoquen y el micrófono se encienda. Sacar de tu chaqueta un conejo blanco y gritar: «¡Gavagai!». El tren a Siberia es largo y habrá tiempo para despertarse, espero.

3)

Estar en una fábrica que se dedica a la producción de materiales refinados de acero. Saber que estás en Krasnoyarsk aunque tampoco has salido de la fábrica. Llevar un peto azul de tela vaquera y una llave inglesa —o llave soviética—. Pensar en que éstos son los buenos años y que derrotar al capitalismo y al imperialismo americano burgués sólo es cuestión de que todos los rusos sigamos el plan. No tener claro si eso es táctica o estrategia pero no preocuparse porque eso seguro que lo ha pensado el timonel. Pensar que es mucho más bonito llamarse el timonel que Gran Mogol o «su ilustrísima», porque siendo timonel mueves el continente entero, sople el viento o te soplen las barbas. Pensar que cada uno de nosotros es parte de un plan que necesita de todo nuestro esfuerzo para llegar al socialismo completo. Pensar que las tuercas que aprietas forman parte de ese plan perfectamente diseñado. Pensar que si cada uno de nosotros no cumpliera con su parte del plan, el plan podría terminar por salir, necesariamente, mal y nunca se conseguiría el socialismo. Imaginarse el recorrido que han hecho las tuercas hasta ahora. Pensar que han sido extraídas como hierro de una mina a cielo abierto de Novosibirsk, que después han sido limpiadas de impurezas por nuestros camaradas químicos, que después han sido convertidas en acero mediante un conversor para posteriormente fundir el material hasta hacerlo lingotes en Novokunznestk y llevarlo hasta aquí en donde se ha vuelto a fundir y se ha moldeado y torneado el acero hirviente hasta convertirse en tuercas soviéticas. Sonreír con sonrisa fabril y cantar una canción de fábrica rusa porque en todo este proceso ningún burgués ha extraído beneficio alguno y no ha habido explotación sino trabajo para que llegue el socialismo. Imaginar qué pasará con esas tuercas. Ver cómo se distribuyen por tamaños y calibres, cómo señoras los meten en cajas de cartón del orden de a cien por envoltorio y los apilan en palés de quinientas cajas, que después serán montadas en un tren de mercancías que irá distribuyendo las tuercas en las diferentes ciudades hasta llegar a Moscú. Sentirte orgulloso de que esa tuerca sujetará la camilla de un enfermo en un hospital, el pupitre de una mesa en la Universidad, y que dará la presión adecuada a esa cápsula soyuz que esperas que llegue a la Luna. Estar admirando cómo despega el cohete y recibir un telegrama. Leerlo y darte cuenta de que has estado viajando por todo el país junto con las tuercas. Seguir leyendo y ver que al faltar tu puesto en la fábrica, la producción no ha podido continuar. Que te llegue otro telegrama y leer en él que el socialismo no se ha podido conseguir porque faltaban tuercas en los resortes de las multicopistas que imprimían la noticia de la llegada del socialismo. Seguir mirando al cielo mientras sube la capsula soyuz y pensar que al menos en el espacio no habrá propiedad privada.

 

 

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