TIEMPO DE VALIENTES

Tiempo de valientes

No sé si pertenezco a la generación de jóvenes más preparada de la historia, pero sí a la más engañada y también a la más valiente

Patricia Taro


Digamos que hace unos pocos meses terminé el doble grado de Periodismo y Comunicación Audiovisual en una Universidad (pública, eso sí) de cuyo nombre no quiero acordarme. Digamos que comenzaron las presiones para hacer entrevistas y, quizás así, encontrar un trabajo, un novio, la felicidad, al Yeti o a Wally camuflado entre un grupo de ardientes carnavalistas. Mi esfuerzo era en vano. Me sentía desarmada luchando contra gigantes. «No es tiempo de utopías», me soltaban junto a unas palmaditas en la espalda quienes notaban mi frustración. Y lo peor era que tenían razón. Con un 53 % de paro juvenil era tiempo de tragar y de obligarse a hacer la digestión.

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El menú era el siguiente: de entrante la posibilidad de continuar varios años como becaria con la guarnición de un insípido sueldo-miseria; de primer plato, la opción de estudiar algún fabuloso máster; y de segundo, la solicitud de alguna de esas becas «de degustación» tan cotizadas con las que trabajar o estudiar de una forma digna y sin necesidad de vender un riñón. Yo, fiel al mandamiento del pobre («antes reventar que sobre») me lo comí todo. Y el regustillo, aunque bastante amargo, me pareció normal.

Son muchos los estudiantes que, temerosos de poner fin a su preciado contrato de prácticas, posponen hasta la extenuación la defensa de sus TFG o se matriculan en disciplinas que rozan lo inverosímil. En mi Universidad «Prácticas extracurriculares» es la asignatura con la que puedes aumentar las horas de prácticas y, de esa forma, encadenar un contrato precario detrás de otro. Porque ser becaria mola. Salvo agradecidas excepciones: trabajas mucho, cobras poco o nada, y de vez en cuando te dejan firmar algún artículo de tu autoría. Todo una honra.

La opción B, estudiar un máster, tampoco suena demasiado atractiva, sobre todo si no va acompañada del dulce tintineo de la plata. Los másteres en España son caros. Con el precio por crédito en alza y las becas universitarias en caída libre, la idea de cursarlo en el país vecino anidó en mi cabeza pese a no saber más que alguna canción en francés (sí, todos nos hemos dejado la vida cantando Je l’aime à mourir). En Francia, los másteres cuestan de media unos 300 euros mientras que, en España, casi todos superan con alegría los 5000 euros por año.

Luz roja. Acción. Llegaba el momento de lanzarse a por el salvavidas de las becas. Existen las que, tras un arduo proceso de selección, te permiten trabajar durante un efímero e incierto año como periodista (EFE-Caixa, APM, etc.) y aquellas con las que, al igual que si te lo jugases a la ruleta rusa, puedes tener la suerte de estudiar un prestigioso máster en algún rincón del mundo (Fulbright, la Caixa, etc.). Decidida a luchar por estas últimas, di comienzo a una odisea mayor que la de Homero.

Cartas de recomendación, idiomas, certificado de notas, experiencia en el extranjero… todo un sinfín de requisitos y pluses para los que nadie te ha preparado durante tus años de estudio. Sí, en mi Universidad (de cuyo nombre no quiero acordarme) se ofrecen cursos hasta de chino y árabe, pero ninguno como parte del currículum lectivo y, sí, como actividad complementaria pagada de tu bolsillo. Con una beca Erasmus de las más modestas de Europa, graduarse con un nivel avanzado en una segunda lengua (dígase inglés) constituye, en sí mismo, un hecho inaudito.

Y qué decir de los famosos certificados académicos. ¿Necesitas un papelito con tus notas en inglés? Paga. ¿Quieres saber qué puesto ocupas dentro de tu promoción? ¡Paga, paga, paga! Y digo yo, ¿no tengo derecho a conocer qué posición ocupo en el supersecreto ranking de graduados sin necesidad de soltar un solo euro?, ¿no he sido yo quien ha estudiado tanto para llegar hasta aquí? Al parecer no es suficiente, pues primero debo «abonar» 27,54 euros.

Pero todavía falta lo mejor: encontrar a algún profesor dispuesto a escribirte una carta de recomendación. ¡Y claro, a la hora de la verdad, no te conoce ni Dios! Cinco años de carrera, cinco años en los que las caras de los alumnos se multiplican y funden en una; en los que los profesores enseñan desde la distancia en populosas clases magistrales y en los que tú, poco a poco, vas perdiendo la fe y refugiándote en el confesionario más próximo: la cafetería de tu adorado campus.

Que no cunda el pánico, todavía nos queda el postre. Ese «exilio voluntario», en palabras de algunos de nuestros políticos, que, por otro lado, responde a la esencia última del reportero: caminar lejos. Huir, emigrar, motivados no por ningún «impulso aventurero», sino por tratarse de la única salida realista. Una fuga de talentos sólo apta para los jóvenes (periodistas y muchos otros) más desesperados. Desde luego, no sé si pertenezco a la generación más preparada de la historia, pero sin duda sí a la más engañada y, por qué no decirlo, también a la más valiente.

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