SUSPIROS DE ESPAÑA

Suspiros de España

Sara Sánchez-Molina


No hay verano que se precie sin sus verbenas. Cualquier pueblo o barrio de nuestra geografía organiza la suya propia y, en muchas ocasiones, más de una. Imaginen una de esas verbenas, pues este será el escenario de nuestra historia. Advertidos quedan de que este no es un relato alegre y distendido, sino una historia de terror que quizás les quite el sueño. Sin más dilación, comencemos la narración de tan terrible suceso.

En la lejanía se divisa una explanada iluminada por luces de neón y de la cual procede un extraño ruido, mezcla de voces y músicas varias. Además, aquí y allá, se divisan chorros de humo, procedentes de las distintas casetas de comida. Nuestro protagonista, un joven extranjero —un guiri, que diríamos— cuya nacionalidad no nos interesa, se acerca atraído por las luces, la música y el olor a fritanga. Al llegar, se encuentra con una avenida improvisada flanqueada por casetas a cada lado: tómbolas, puestos de golosinas, de churros, de salchipapas, de cachivaches varios. El guiri se siente extasiado ante tanto colorido. Al final de la avenida, tuerce a la izquiecoche choquerda y se encuentra con los puestos de comida y bebida: bocatas de panceta, chorizo, lomo y las distintas variedades de casquería típicas de cada región, ya sean, zarajos, gallinejas, entresijos o cualquier otro manjar. Más allá hay un escenario, aún es temprano y una orquesta ameniza la velada con los mejores pasodobles. Abuelos en pareja y padres con niños bailan al ritmo de Suspiros de España. En otra parte de la explanada, han montado atracciones varias: los coches de choque, el pulpo, el tren de la bruja. Los pasodobles no se escuchan en la zona de las atracciones por la mezcla de los grandes hits de Camela con las últimas novedades del techno más duro que acompaña cada pase.

Nuestro guiri se acomoda en una de las casetas más llenas y se anima a probar el delicioso bocata de panceta, regado con el mejor calimocho. «¡Qué raros son estos españoles! ¡mezclan vino con Coca-Cola!», piensa el guiri. Poco a poco, le coge el gustillo a la bebida y se pide otro mini. Embriagado —o envenenado— por los bocatas de chorizo y el calimocho, decide que es un buen momento para probar los coches de choque. ¡Y allí que se monta! Al ritmo del bacalao, conduce su coche contra los otros, en su mayoría con adolescentes ruidosos al volante. En uno de los choques, al ver las caras de los adolescentes contorsionarse en una risa desenfrenada, se asusta, pero enseguida termina la atracción y, al mirar de nuevo a los chavales, no descubre nada extraño. Así pues, se olvida y se siente de nuevo con ganas de beber algo. Se encamina a una caseta de un partido de izquierdas, donde un chaval con rastas y una camiseta del Che Guevara le sirve mojito cubano preparado en un barril de tamaño descomunal. Allí, en la barra, conoce a un grupo de jóvenes de su edad que comienzan a hablar con él y que, tras el tercer mojito, se han convertido en sus mejores amigos.

Es ya tarde y la banda ha dejado de lado los pasodobles y se ha lanzado con los temas más modernos y bailongos. Así que el grupo de jóvenes se acerca el escenario para quemar el alcohol entre baile y baile. El guiri queda impresionado por las distintas coreografías: el clásico Mayonesa, La Bomba, La Macarena, «Ésta me la sé!», grita contento. Y así se desmelena, se encuentra en su ambiente, adaptado, acogido, nada puede ir mal, pero… «¿Qué les ocurre a mis amigos?». Se para un momento a observarlos y todos tienen las caras desencajadas en una sonrisa extraña, propia del gato de Cheshire. Aunque sabe que algo va mal, la felicidad que siente le impide reaccionar y sigue bailando y bailando.

Al cabo de un rato, mira a su alrededor y se da cuenta de que la banda ha desaparecido del escenario; los ritmos veraniegos han dado paso a una música cuasi circense, que mezcla ritmos orientales con música de los Balcanes, música de la calle, música que te invita a bailar y a dejarte llevar. Además, extraños personajes han invadido la explanada: malabaristas que juegan con fuego, almas danzantes sobre zancos de dos metros, faunos y sátiros, pequeños diablillos. Todo el mundo se mueve a su alrededor, baila, grita, ríe. Todos están poseídos por un furor báquico, una locura que les hace sentirse extremadamente felices. Es el estado del carpe diem, no importa el futuro ni el presente, sólo hay ahora.

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De pronto, se ve arrastrado por cientos de manos hacia una carpa iluminada por una luz roja en su interior humeante. Allí, les espera un tren conducido por un espectro encapuchado con una guadaña. ¡Es la muerte! El guiri y su cortejo se suben al tren que, a toda velocidad, les lleva por infinidad de recovecos donde pueden vislumbrar los más terribles horrores: un hombre ardiendo en una hoguera, niños devorados por perros, cadáveres putrefactos llenos de gusanos, una mujer en un potro de tortura. El guiri mira a sus compañeros de viaje para comprobar que las escenas no son producto de su imaginación, mas no encuentra caras de terror sino sonrisas desencajadas y risas delirantes. Los otros pasajeros señalan a los torturados y ríen; están fuera de sí. Sin embargo, la escena resulta falsa, aséptica: no se escuchan los gritos de sufrimiento ni las risas, se escucha una música. No es la primera vez que escucha esa música, la escuchó antes, al principio de la noche. De repente, una imagen de dos ancianos bailando juntos aparece en su mente, es ese pasodoble otra vez, Suspiros de España. Aquello supera los límites del guiri, tiene que salir de allí, desesperado, se lanza desde el tren al vacío. Se oye un ruido fuerte, un chasquido como si algo se partiera en dos.

Fuera amanece, la feria está desierta, no hay ni rastro de la carpa ni de los participantes en la bacanal. No hay un alma en la zona a excepción del personal de limpieza del ayuntamiento, que se afana en limpiar la zona para que la fiesta continúe al día siguiente.

Nadie echó de menos al guiri, nadie nunca supo de donde vino ni como desapareció. Cuenta la leyenda que el espíritu del guiri quedó atrapado en la verbena y que espera todo el año en el descampado para saciar su alma de fiesta y de alcohol en compañía de otros jóvenes.

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