SUMINISTRO MILITAR

Suministro militar

Pablo Rada


Normalmente resulta sencillo diferenciar a las personas vivas de las muertas, al menos entre seres humanos. Una persona viva está entre nosotros, la vemos, atendemos a su existencia; mientras que una muerta, después de la noticia de su deceso, va, desapareciendo de nuestro día a día con el tiempo hasta que sólo queda en la memoria. Al margen de este criterio, empírico y más bien poco fiable, los encargados efectivos de ordenarnos en una de estas dos categorías han sido los estados o sus subordinados (sin ir más lejos, la iglesia), aunque con cierto matiz. Porque, lo que el Estado consigna realmente cuando uno es inscrito, por ejemplo, en el registro civil es, más que su vida, su existencia y, de la misma forma, cuando uno muere es a través del certificado de defunción como el Estado, haciéndose cargo de la papeleta biológica, lo traduce a sus estándares y te da de baja de la existencia.

Sin duda, el control de la existencia y su organización es un rasgo del Estado moderno en el sentido de que, lejos de dejar en manos de otros, como nobles o clases pudientes, la patrimonialización de sus servidores o personas a su cargo (incluso los esclavos, las almas como se decía, son contados como propiedad en un registro mercantil o societario y no en uno civil o un censo), el Estado considera su deber estar al tanto de cuántas personas existen, cuántas dejan de existir y demás cuestiones relacionadas. Las ventajas para ellos son varias: un mejor control de las finanzas, del ejército, de la propia fuerza del país, de la división por clases o de los impuestos y así lo prueban los ejemplos antiguos como los censos romanos, que incluían divisiones por renta, o las hojas parroquiales de la Edad Media y posterior, así como nuestros registros.

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Pero, de la misma manera que el Estado tiene el monopolio para decidir sobre nuestra existencia o nuestra no existencia, tiene también la posibilidad de meternos en una categoría más, bien por interés o bien por una situación extraordinaria de caos. Una categoría a medias entre las dos anteriores y que podríamos llamar «ausencia», como si él, encargado de decidir sobre todo el asunto, nos hubiera perdido y no supiera muy bien dónde colocarnos, dejándonos pues en el limbo; y, por otra parte, anulando nuestra existencia, que no es exactamente la muerte, porque un estado ordenado nos puede matar, pero no traspapelarnos a no ser que le interese especialmente y, además, esta anulación o cancelación puede producirse después de que hayamos muerto, una cuestión de estatus legal más que de biología.

La población, por llamarla de algún modo, de estas personas de dudosa existencia ha variado con los años (hay que pensar que después de un tiempo razonable, biológicamente hablando, se les considera muertos), pero en general no ha dejado de incrementarse hasta constituir en algunos momentos (casi siempre) la de un país. Vamos a tratar algunos ejemplos pertenecientes a este grupo.

Durante el siglo XX, una de las mayores, sino la mayor, causa de existencias dudosas o semi-existencias ha sido la guerra. Quizás sea lógico que esto se dé precisamente en los ejércitos, que fueron en buena medida los impulsores de la organización burocrática de la existencia (para servirse de ello en levas y reclutamientos), donde más ocurra el fenómeno de personas perdidas.

Para los países implicados, especialmente como víctimas, las guerras suponen desplazamientos masivos de población, exilio, justicia sumaria, genocidios… y así, si tenemos en cuenta la magnitud y la cercanía de la población a los conflictos en el último siglo, podemos entender la cantidad de seres perdidos pero no oficialmente muertos.

Por otro lado, están los civiles combatientes en forma de partisanos, guerrillas, ejércitos de liberación o resistencia sobre los que no hay control ni papeles de reclutamiento porque su éxito o su supervivencia se sostienen sobre su clandestinidad o, incluso, sobre el desconocimiento de sus propias fuerzas. Sus bajas, (bien sean en combate o en prisiones debidas a torturas o a ejecuciones sumarias) al no ser oficialmente combatientes, estatus que sólo puede ofrecer un ejército en tiempo de guerra, sólo pueden transmitirse por la organización siempre que esta tenga noción de ellas y con carácter extraoficial.

Un ejército, por otra parte, es la organización del control y regulación suprema: un gran inventario de personas, maquinaria, documentación y demás, ordenado por infinidad de castas, clases, destinos o secciones, todo con su número, bien etiquetado, desde los soldados (con las chapas de identificación y números personales) hasta los memorandos. Digamos que por un periodo determinado el ejército actúa como una subcontrata del estado al que, al final, tiene que rendirle cuentas de entre otras cosas la existencia o no de los seres que se le habían prestado.

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Antiguamente esta relación era más distendida y el paso de un propietario a otro era permeable: deserciones (un auténtico fenómeno en las guerras del pasado), largos periodos de esclavitud militar (en la Rusia zarista el servicio duraba 25 años), conscripciones forzadas y muertes sin registrar.

En los ejércitos del siglo XX se procedió a un mayor control y clasificación de las existencias a su cargo mediante herramientas como el pautado de los tiempos de servicio, las chapas de identificación y unos estados mayores con una creciente ocupación burocrática como gestores de personas, materiales y muertos.

Las categorías en las que podían incluirse las personas eran, en el mundo anglosajón y más concretamente estadounidense, eran GI (al principio una designación para material, Galvanized Iron, hierro galvanizado y posteriormente Goverment Issue, suministro del gobierno) para las personas militares en servicio activo; POW, Prisioner Of War, prisionero de guerra, para quienes habían sido capturados; WIA, Wounded In Action, heridos en acción; y KIA, Killed In Action, muerto en acción, para los que habían muerto durante el servicio aunque no necesariamente en combate. Pero con la guerra moderna, bombas de enorme poder, aviones, paracaídas, submarinos y operaciones encubiertas, estas categorías se mostraron claramente insuficientes y, ya durante la Primera Guerra Mundial, tomó fuerza una categoría más: MIA, Missing In Action, perdido en acción, que servía y sirve para nombrar a las personas cuya suerte es desconocida durante un combate o una guerra, personas sobre cuyo estado o existencia el ejército y, en última instancia, el estado tienen dudas.

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Su funcionamiento es curioso porque es la única categoría que admite combinaciones con las tres anteriores, porque un militar activo (GI) no puede ser al mismo tiempo prisionero (POW), o un herido en combate (WIA) un muerto en combate (KIA), siendo la más restrictiva la etiqueta de militar en activo (GI), el resto pueden ocuparse sucesivamente pero no simultáneamente (en caso de estar herido y ser tomado prisionero, la etiqueta POW remplaza a las demás, es más relevante). Pero esto no sucede con Perdido En Acción (MIA) porque alguien englobado bajo esa categoría puede ser a su vez prisionero (POW), herido (WIA), muerto (KIA) (o incluso AWOL Absent without Official Leave, ausente sin permiso) y, realmente, es la única categoría que permite la vuelta atrás, al inicio normativo del GI. Porque, digamos, que es la única categoría que no hace referencia al estado físico o de propiedad del soldado (al fin y al cabo esto último es lo que marca la dicotomía GI frente a POW), sino al conocimiento que el ejército y su burocracia tienen sobre alguien o más bien sobre su desconocimiento: es una unidad perdida en el sentido de perder que damos cuando decimos «he perdido el abrigo». (¿Existe? ¿No? ¿De quién es ahora?)

Los números de MIA en diferentes conflictos son enormes (más cuando los ejércitos presentan una organización más irregular o luchan en sus territorios): 80.000 sólo en las fuerzas armadas de los EEUU al final de la Segunda Guerra Mundial, 2 millones de alemanes y austriacos (nazis) sólo en el frente del Este, 4 millones de soviéticos, 330.000 norvietnamitas… Convencionalmente, cuando acaba la guerra son contados como KIA y sus cifras sumadas, aunque siguen manteniendo esa etiqueta hasta que sus cuerpos son encontrados y, así, el ejército y, posteriormente, el Estado pueden declararles no existentes pero, con todo, de una diferente no existencia, que debe ser la única no controlada, mediatizada en un estado moderno y, por tanto, subordinada, tanto como si estamos vivos o muertos.

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