SUDANDO VOY

Sudando voy, sudando vengo

Rod


Recuerdo perfectamente el día en que comprendí que tenía una filia: fue una tarde en el gimnasio y decidí que me gustaba el sudor, el sudor de los demás. Miren, yo siempre he sido algo apocado en lo que a garchar se refiere, o al menos eso pensaba yo. Me gustaban las cosas que a las demás personas o, al menos, las mismas que le gustan a una gran mayoría de personas. Tenía mis tics y mis manías pero no pasaban de eso y, precisamente, por esa normalidad aparente he vivido con mucha alegría el tema de mi entrada en la perversión humana.

La epifanía me llegó como suelen llegar las epifanías: yo estaba en el gimnasio pensando en mis cosas y haciendo deporte, sudaba como suelo cuando hace calor, hago cosas o voy en metro. Pero sudaba, también, como suelo hacer otras tantas cosas, de una manera prosaica, sin prosopopeya. En ese momento atendí a una chica que sudaba profusamente encima de una de esos ingenios de tortura de los que están dotados esos espacios de horrible normatividad moderna. Y entonces, como Pablo de Tarso camino a Damasco, me caí del caballo de mi pretendido aburrimiento sexual y descubrí que me excitaba sobremanera la visión de esa mujer tremendamente sudada.

Desde entonces mi vida ha cambiado en poco, eso es cierto, pero interiormente soy diferente y no puedo evitar un estremecimiento ante la visión de las gotas de sudor que caen de cualquier cuerpo brillante por el esfuerzo de una actividad extenuante. He dado, además, en teorizar mi filia y en pensar varias veces en su cumplimiento profético que espero llegue algún día. No tengo, no obstante, mucha fe en que pase. Mi situación sexual es de una pobreza y precariedad que asustan pero, como buen converso, no pierdo la esperanza de que un día pueda llegar a ver realizado ese sueño justamente húmedo.

Según yo he imaginado, la cosa sería como sigue: he teorizado varios tipos de sudor humano entre los que he establecido una jerarquía que, si bien no es férrea, me sirve para iniciarme en los procelosos terrenos de los gustos poco comunes. El que más me atrae de primeras es el sudor deportivo. Quizás sea por el momento de mi conversión, quizás porque lo considere un sudor mejor, más sano. Luego el sudor normal, el sudor de pasar calor y que tu cuerpo actúe en consecuencia y, finalmente, el sudor de estar de fiesta, festival o similar que es, sinceramente, el que menos me llama.

Para cumplir mi performance sexual yo no tendría por qué estar sudado, de hecho me gustaría estar recién duchado para que el contraste fuera mayor si cabe aunque, huelga decirlo, si ella prefiriese que yo estuviera igualmente sudado aceptaría sin dudar. Incluso hay una variante en la que podemos hacer deporte juntos para luego obtener el merecido premio. No quiero que parezca que estoy haciendo apología del deporte o del esfuerzo físico, no tengo nada en contra pero tampoco tengo nada a favor.

¿Por dónde iba? Ah, sí. Después de sudar como en el Kalahari, me gustaría que esa persona y yo follásemos o hiciéramos el amor, esta parte aún no la tengo clara porque no suelo saber bien lo que estoy haciendo cuando me encuentro en esos trances ―sin duda tengo problemas mayores que lo del sudor, como podrán tristemente advertir―. Y, después, qué les voy a decir… follar o hacer el amor, sudados, perlados de sudor ―perdónenme de nuevo―, con esa mujer anguila, con la dama pez, con la sirena que el bobo de Ulises tontamente rechazó, amor resbaladizo y sin ningún tipo de fricción, envueltos en esa cálida capa de gotas maravillosas.

Ya sé que soy un intensito, pero es que me atrae firmemente la cuestión. Mi incursión en el terreno de lo poco común, sexualmente hablando, ha tenido un correlato que pueden llamar moral.  Me he dado cuenta más aún de que la normalidad no existe en absoluto. Yo suelo contar mi pequeña filia porque me parece que no tiene sentido engañar. A veces la gente me mira raro, y yo, que como juez no tengo validez alguna, veo que la gente que me reprocha mis aficiones mantiene a su vez relaciones insanas basadas en controles, celos, dominios y demás mierdas. Y yo pienso en que prefiero mi sudor mil veces, libre, acordado y mutuo antes que sus historias abracadabrantes. Y así, pienso que puede ser un acto más amoroso o más gratificante sexualmente mi locura o la de las personas que se mean, o cualquier cosa antes que un convencionalismo que no es sino una prisión. Así pues, ¡hagan lo que quieran! Y no dejen de sudar.

 

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