SUBLIME DEGENERACIÓN

Sublime degeneración

Pablo Rada


El arte, como tantas otras cosas en el mundo, suele avanzar más rápido que sus teóricos o estudiosos. Esto crea ciertas tensiones entre la vanguardia, que busca no necesariamente romper pero sí representar una sensibilidad diferente, y una academia (es decir, un arte institucionalizado y aceptado) conservadora de sus privilegios entre los cuales está el de marcar el canon y decidir qué es arte y qué no lo es.

La academia se reserva además el derecho de teorizar sobre el arte, la posibilidad de añadirle un valor estético pero también un valor moral o ético a la obra artística como representación ideal —o realista según sean los tiempos— de una realidad.

Pero esta realidad está sujeta a interpretaciones de diferente tipo: políticas, ideológicas, raciales… ¡a cualquiera! y hay momentos en que los estilos pueden quedar marcados o asociados a una de esas interpretaciones más bien por cuestiones externas y, entonces, chocarán con la interpretación de la realidad y el correlato artístico que tenga la academia y que normalmente coincidirá con la del poder dando lugar a una interpretación «correcta» y ortodoxa de la realidad.

No es que en sí mismas las ideas artísticas o los estilos tengan ideología política (tendrán como mucho ideología estética), pero pueden llegar a ser asimiladas a una de esas interpretaciones o tener postulados estéticos que compartan rasgos con movimientos políticos. Cuando esto pasa, es la academia o la universidad la que bajo diferentes pretextos se encarga de combatir esta revolución usando diversas tácticas: un supuesto carácter minoritario, su extrañeza o incomprensibilidad, la distorsión del mundo que es…

Vamos a dar una vuelta por varios momentos en que estas disputas han sido públicas y han trascendido las juntas de departamento llenas de barbas, batas y bastones, los talleres ruidosos y polvorientos y los enloquecidos manifiestos.

Sublimes degenerados

A veces da la impresión de que en los momentos en que todo va peor en un país, surgen más movimientos y corrientes artísticas novedosas y vanguardistas. Esto, que no es solamente una impresión sino una respuesta a esas crisis y la adaptación a los cambios que provocan, lo podemos encontrar en el mundo germánico de entreguerras.

Hablamos de Alemania, Austria y los antiguos territorios del Imperio austrohúngaro después de la Primera Guerra Mundial y durante la República de Weimar.

Tropas de asalto avanzando bajo el gas, Otto Dix
Tropas de asalto avanzando bajo el gas, Otto Dix

Un mundo acaba de salir de una guerra empobrecido, hundido económicamente, y lo que es más importante, con una sensación del absurdo, de traición y de derrota o de engaño bien provengan estos de unos o de otros según cada cual. Pero hay algo más que ha sido destruido: el arte anterior. El arte de la unificación, del segundo imperio, una cosa muy nacionalista y romántica propia del XIX, empieza a avergonzar a muchos una vez que toda la interpretación de la realidad que proponía se ha descubierto como un engaño criminal. El único refugio que le queda está, precisamente, en la universidad y la academia, mientras que en los talleres y estudios se hacen otras cosas. Así, los paisajes impresionistas y románticos (con torrecitas en ruinas y tal), las óperas de exaltación nacional de Wagner o las obras de Schiller y Goethe parecen adaptarse un poco mal a esta nueva realidad. Y como en toda Europa, empiezan a surgir estilos y movimientos que se sobreponen rápidamente: el dadaísmo del horror y del absurdo de la guerra y el eterno obedecer de los hijos de la burguesía alemana; el expresionismo; la música de Kurt Weil, La ópera de los tres centavos, que mezcla música popular extranjera con representación teatral moderna (en colaboración con Bertold Brecht); el cine de Murnau o de Lang y de todos sus aprendices, chicos judíos de Galitzia que un día harán algo serio; las novelas de Mann o Hesse; el teatro de Brecht o la Bauhaus, hartos de columnas y frontones destinados a los que les hicieron matar.

Todo muy bien, pero claro, ya sabemos lo que pasa. Estamos en 1937, hace ya 4 años desde que Hitler gobierna Alemania y casi el mismo tiempo desde que se estableciese la Reichskulturkammer (RKK), un organismo gubernamental dirigido por Goebbels al que hay que estar adscrito para poder llevar a cabo cualquier actividad cultural. El organismo está dividido en subsecretarías que corresponden a todas las ramas del arte y abundan en ellas los catedráticos y académicos. Todo ha cambiado mucho, las personas de ascendencia judía o con una afiliación política de izquierdas no pueden publicar o exponer sus obras, se ha impuesto un arte basado en una mezcla entre lo clásico y el futurismo de Marinetti, el ser humano y la máquina idealizados según cánones griegos y romanos, todo lo que se desvíe de lo anterior está prohibido, así como la música atonal, especialmente el jazz. Estamos en 1937 y justo este año la RKK prepara una importante exposición, el comisario es el director de la sección de bellas artes del organismo, Adolf Ziegler, pintor y profesor de la Academia de Bellas Artes de Munich; ¿El título de la exposición? Entartete Kunst , arte degenerado.

Pilares de la sociedad, George Grosz
Pilares de la sociedad, George Grosz

Esta exposición que recorrería todo el Reich tendría numerosas obras de pintores judíos, ideológicamente no afines y, especialmente, de vanguardia: dadaísmo, cubismo, fauvismo. Pero, ¿si uno controla el estado y considera que algunos estilos son perjudiciales, por qué no contentarse con prohibirlo? ¿Por qué exponerlo con enormes cartelones de burla?

Creo que la respuesta hay que buscarla en el título elegido para la exposición: no se trataba solamente de arte equivocado o de poca calidad sino de arte degenerado, y eso lo cambia todo.

Porque «degenerado» no es un adjetivo cualquiera, no es simplemente una característica negativa, lleva detrás una teoría. Vamos a ver si lo conseguimos explicar sin dárosla:

La teoría de la degeneración tiene su origen en el XIX en la ciencia, especialmente en la biología, aunque se empleará en muchas otras disciplinas como, por ejemplo, la lingüística. La cosa está en que se puede equiparar el desarrollo de una ciencia, un organismo o una sociedad a la naturaleza humana y a su desarrollo y que los cambios que se den serán heredados por cada nueva generación, haciendo así cada vez peor, degenerando, cualquier elemento. Esta teoría se usó, por dar un caso, en lingüística para explicar que las lenguas antiguas fueran mejores (más complejas y cercanas al modelo) que las modernas que se habrían degenerado. De aquí junto con otras teorías surge también una explicación social para el crimen, de tal manera que ya no se considera que este sea un elemento natural sino una característica heredada y que se puede descubrir, gracias a la fisonomía (vamos a medir cabezas) de los ancestros y, yendo un paso más allá, se puede asociar a razas o colectivos, a los que dotar de una especie de salvajismo o atavismo. El salto siguiente es a la psiquiatría, y de ahí, la debilidad mental, la neurastenia y demás conceptos usados en la época. El paso al arte es, entonces, fácil. Se trata de un arte, esto es lo que nos dice el título de la exposición, que va contra lo humanamente sano, que forma parte de la degeneración de las razas, de los criminales y de los enfermos mentales y, por fuerza, tiene que ser un arte no solamente equivocado sino malvado porque da un representación degenerada, enferma, de la realidad; lo mismo pasaría con la música atonal y contraria a los estilos clásicos. ¡Las palabras no suelen ser casuales!

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Elfriede Lohse-Wächtler, Una paciente. La propia artista sería asesinada en 1940 como resultado de la Aktion T4 contra pacientes psiquiatricos

La exposición finalmente se llevó a cabo. Recorrió Alemania y la gente acudió. En esas salas, paradójicamente, se reunió lo mejor de la pintura germánica del siglo para ser objeto de burla . El Tercer Reich, artísticamente hablando, sólo haría bodrios, unos bodrios terribles, mierdas como catedrales, para entendernos. Sin embargo, hay algo que me llama la atención y que, me parece, les traiciona, y es que si fueron ellos quienes decidieron el título de la exposición y escogieron «degenerado» como adjetivo, podían haber elegido cualquier otra palabra para acompañarlo: pintura, obras… pero lo llamaron arte.

Autoretrato como soldado, Erns Ludwig Kirchner
Autoretrato como soldado, Ernst Ludwig Kirchner

Un arte nuevo para un ser humano nuevo

Pocas veces un territorio o un sistema han tenido la oportunidad de escoger de cero el estilo artístico que se usaría. Normalmente, el tiempo y el avance de las modas se encargan de ello (aunque tampoco estas últimas dejan de tener intereses asociados).  Pero, es verdad, que nada es común cuando se trata del nacimiento de la Unión Soviética principalmente porque nunca había existido nada igual. Porque no se trataba solamente (que ya es) de crear un nuevo país, sino de crear una sociedad y un ser humano nuevo.

Parece lógico pensar que para un ser humano nuevo sería necesario un nuevo arte y que a la vanguardia del proletariado mundial le acompañase la vanguardia del arte (proletario) y durante un tiempo todo apuntaba a que fuese a ser así.

Al poco de ocurrir la revolución, en ese marasmo de organizaciones y siglas (y de un país o varios en guerra) se forma PROLEKULT (de Proletarskaya Kultura– cultura proletaria) una institución o movimiento de artistas de vanguardia firmemente comprometidos con la revolución. Su objetivo era crear un arte nuevo, proletario, y una estética nueva para la clase obrera. Parte del cambio pasaba por crear un tipo de artista diferente, el artista proletario, fuera de la intelligentsia burguesa, que podría crear obras de arte con conocimientos rápidamente adquiridos y técnicas básicas para impedir así la creación de una élite cultural. Un arte hecho por obreros para obreros.

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Cártel de Mayakovsky

El movimiento, que para los años veinte contaba ya con una plantilla bastante numerosa de artistas y emprendía proyectos por todo el país, bebía directamente de las vanguardias futuristas: en literatura, como poeta y artista gráfico, Maikovsky;  en pintura y cartelería, Malevich y Eli Lissitzky; en teatro Meyerhold; en arquitectura se imponía el constructivismo que con el tiempo influiría de manera importante en la Bahaus. Un arte nuevo surgido de todas las vanguardias.

Golpea a los blancos con la cuña roja, El Lissitzky
Golpea a los blancos con la cuña roja, El Lissitzky

Pero, mientras tanto, otro sector del partido más academicista y apegado a las formas artísticas tradicionales (con las implicaciones que conllevaban sobre la idea de poder o de estado) preparaban el triunfo de otro estilo, otro arte que habría de convertirse en la norma por más de cuarenta años: el realismo socialista.

Se buscaba un arte que cumpliese con varias premisas: debía ser un arte proletario, es decir, afín a los trabajadores y entendible; cotidiano; realista (figurativo) y combativo. Si nos fijamos, la única de estas características que no tiene el arte del PROLEKULT es la que atañe al realismo mientras que coincide totalmente en las demás. Probablemente la idea del prolekult de crear un arte nuevo partiese de la confianza en que los proletarios podrían crear una realidad y por tanto interpretarla como quisieran, incluso de manera no representativa.

Finalmente el realismo socialista se impuso. Las vanguardias, especialmente aquellas que huían de lo figurativo, fueron tachadas de arte burgués, de incomprensibles e idealistas o formalistas y, por tanto, alejadas del materialismo.

La pintura del realismo socialista aun con influencias modernistas, tuvo que esperar a los 60 o 70 para poder liberarse del peso de la representación (y aún con problemas), si bien tuvo más libertad al considerarse más importante el tema que el estilo, siempre que este fuese mínimamente figurativo. En arquitectura se impuso una especie de pastiche de barroquismo y neoclasicismo, pesado y apabullante, lo que es un ladrillo. En teatro las piezas clásicas, principalmente del XIX ruso, o piezas nuevas, pero siempre con una firme permanencia en el realismo y los montajes clásicos. En música se prefirió lo clásico o lo popular, pero en muchos casos momificado en un tiempo que ya no correspondía a la realidad. Sin embargo, debido a la increíble escuela rusa de música clásica las innovaciones tuvieron mejor acogida en este ámbito con compositores como S. Prokofiev, A. Jachaturian o D. Shostakovich, aunque siempre con pies de plomo y los ojos bien fijos en la editorial del Pravda.

Así, cuando Shostakovich después de girar por toda la Unión puso en escena por primera vez en Moscú su ópera Lady MacBeth del distrito de Mtsensk en 1936 se levantó al día siguiente con un editorial del Pravda titulado «Confusión en lugar de música» en el que se le acusaba de hacer una música hermética, formalista y, por tanto, burguesa.

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Editorial del Pravda “Ruido en vez de música” en la que se atacaba la ópera de Shostakovich

Hubo, como hemos visto, un momento en que en el país más nuevo del mundo se pudo elegir hacer el arte más nuevo del mundo y, sin embargo, se acabó haciendo uno bastante viejo. Es difícil entenderlo, al menos para mí, supongo que el peso de las influencias extranjeras, la asociación de artista burgués con arte burgués o la poca confianza en que las vanguardias pudiesen ser entendidas contribuyeron. Lo que es claro es que las principales fuerzas a favor de esta manera de ver las cosas se hallaban en las academias y las universidades, más que en los talleres o las obras y en un país revolucionario se terminó por hacer un arte reaccionario.

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Mausoleo de Lenín de Aleksei Shchusev
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Hotel Moscú del mismo arquitecto, A. Shchusev, y posterior al mausoleo

Artistas antiamericanos, obras antiamericanas

En los dos casos que hemos visto antes las culpables de desviarse del canon establecido eran, en primer lugar las obras y no los artistas, que en principio eran capaces de cambiar la naturaleza de su trabajo para adaptarse a otros modelos. Así, en el caso alemán, una obra podía ser degenerada pero eso no implicaba tan directamente que el artista lo era (aunque iban por ahí los tiros). El artista podía haber atravesado una etapa de confusión o error y, después, «curarse» y hacer arte no degenerado. Igualmente, en la Unión Soviética un artista podía desviarse, como vimos en el caso de Shostakovich, pero si dejaba o moderaba ese estilo en principio la cosa no iba a mayores (a más mayores aún). Pero, ¿y en los Estados Unidos? En principio podría parecer que las únicas imposiciones que operasen fuesen económicas (aunque esto no deje de ser otra ideología que también perjudique la libertad del arte) y que, por tanto no hay mayor problema que las preferencias de la gente a la hora de consumir arte (que de nuevo está condicionada y modificada por el mercado).

Sin embargo, la cuestión en el caso estadounidense funciona al revés de la mayoría de casos que hemos visto y tiene más que ver con el tratamiento del arte elaborado por judíos en Alemania. Ya que es el autor, que tiene una ideología concreta, el que la va a traspasar a su obra, como si fuera una especie de contaminación, y no la propuesta estética la que tiene por sí misma una connotación ideológica.

Los casos más conocidos de censura ocurrieron en el cine. No porque no hubiera afiliados o simpatizantes comunistas que se dedicaran a otras artes, de hecho, en el mundo de la cultura era algo relativamente frecuente, sino porque preocupaba más que el consumo masivo de cine, como cultura popular, pudiera trasmitir los valores equivocados a través de los guiones o de las obras de estos directores, guionistas e incluso, y está parte es menos comprensible, actrices y actores. La consecuencia de todo esto fue la Comisión de Actividades Antiamericanas en la que en una historia más bien fea algunos directores, actores y actrices (entre ellos, ¡oh qué sorpresa!, Ronald Reagan) y especialmente productores y dueños de grandes estudios declararon contra compañeros suyos condenándolos, en el mejor de los casos, al ostracismo y a la pérdida de su empleo (Dalton Trumbo no pudo escribir con su nombre hasta los 60) y, en el peor, a la cárcel. Pero el caso no es igual, porque un guion sí puede tener una carga política, otra cosa sería que se hubiese juzgado antiamericano un estilo cinematográfico o una manera de positivar.

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Hans Baluschek, La muerte

Las diferencias en los tres casos son grandes aunque haya rasgos en común. La gran diferencia en el caso alemán es que la designación de una obra como degenerada es aparentemente de carácter moral, mientras que en los casos estadounidense y soviético se trata más de una cuestión nacionalista o patriótica: arte antisoviético (burgués) o arte antiamericano y, en este segundo caso, centrándose más en el artista como antiamericano.

El arte no deja de ser un elemento muy poderoso y su control entre diferentes corrientes provoca cosas como las que hemos visto. La libertad artística no es patrimonio de ningún sistema o poder, porque el canon es ejercer el poder estético. Pero el arte tiene una ideología propia, la estética, y no es separable de una realidad social y personal. Una ideología puede plasmarse mediante la combinación de unas técnicas desideologizadas; una obra puede reinterpretarse políticamente incluso de manera contraria a como se pensó. El arte está vivo, no en las carteras, ni en las galerías, academias o ministerios; está vivo en las manos y siempre podemos decidir a quién lanzárselo o qué hacer con él.

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Retrato de Aleksander Sajarov, Alexej Jawlensky

 

 

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