SOLIDARIDAD Y COCAÍNA

Solidaridad y cocaína

Ana G. Vázquez


Cuando me ofrecieron un contrato de dos años con la cooperación al desarrollo celebré tener un trabajo bien pagado y un poco de seguridad cuando las certidumbres laborales en España para la gente de mi edad, recién salida de la universidad, se miden en meses. Dejar familia y amigos atrás y poner el Atlántico de por medio era un precio asumible con veintidós años. Un país exótico, lejano, con una política más abierta que la europea —eso creía— y un trabajo difícil pero útil por delante. Conocía poco de este país y no tenía prácticamente ningún contacto más allá de los que iban a ser mis compañeros de trabajo, pero la perspectiva de un nuevo comienzo —otra vez, después del típico pack de estudiar fuera de tu ciudad, Erasmus y vuelta en cuatro años y medio— estaba bien.

Que no digo que vivir en Latinoamérica no tenga algunos inconvenientes prácticos. El transporte es un caos, Internet es más lento, a partir de las cinco o seis de la tarde no tengo a nadie con quien hablar, la cerveza es más cara, lo de tomar algo entre semana se lleva menos, caminar sola de noche mola todavía menos que en Europa…

Pero no todo es drama. Sí, la cerveza es más cara, pero las copas son mucho más baratas. El alquiler sólo representa el 20% de mis ingresos, y tendríais que ver el apartamento que comparto. Algunos fines de semana voy a cenar a los mejores sitios de la ciudad por lo mismo que pagas unas raciones en cualquier ciudad de España. Vuelvo a mi casa en taxi por poco más de lo que pagaba un sencillo de metro o un par de autobuses. Y luego está la cocaína.

El día de mi cumpleaños hice una cena en mi casa con unos pocos amigos y amigas. Unas tortillas, unas botellas de vino, cinco invitados, nada demasiado grande. A eso de las diez y media, con unas copas en la mesa, alguien propuso medio en broma ponernos unas rayas.

Si tengo que aguantar hasta las doce, dale —dijo una de mis amigas.

Y nos las pusimos.

Era la noche del lunes, y el martes cumplía veinticuatro.

Vaya por delante que aquí estamos por el desarrollo sostenible. En España —si no fuera tan complicado hacerlo desde el exterior— votaría a Podemos y no son pocas las cenas en que he hablado del daño que hace el narcotráfico al bienestar del país. Que si violencia, que si inseguridad jurídica, que si la penetración en todo tipo de negocios privados y públicos…

Por ejemplo, tenemos un programa de desarrollo rural para fomentar los cultivos sostenibles, principalmente la siembra de café y cacao con certificado ecológico y la puesta en valor de variedades endémicas de tubérculos y verduras. Y aunque con todo este rollo del etiquetado verde y la exportación a mercados del «primer mundo» los ingresos mejoran muchísimo, el rendimiento de la hectárea de café no alcanza el 60 % del de la hoja de coca o la amapola, por muy ilegales que sean.

¡Y eso es porque nosotros (los europeos, los estadounidenses, los gringos) consumimos la cocaína! (la heroína no, no los de nuestra clase, eso es cosa de la white trash de Estados Unidos).

Yo he llegado a pronunciar esa frase con un par de copas encima en una cena con gente del trabajo y de otras agencias, también algunos periodistas, algunos locales, compañeros de trabajo o parejas. El nosotros es figurado, claro, como cuando digo que en España somos un poco maleducados, se entiende que yo no —además es una cosa de tíos, sobre todo—, que me echo esa culpa a la espalda pero no soy parte.

Pero, joder, está barata y es fácil de conseguir —mucho más fácil que en España y cuesta la tercera parte— y, además, ¿qué pequeño porcentaje de la droga que se produce se queda en el país? ¿Qué parte del problema somos? Si la gente aquí no toma drogas, es una cosa que no se ve bien, es de extranjeros y algún joven de familia rica. Ni siquiera la mayoría de los extranjeros lo hacen.

Una vez estaba en un club con unos amigos, música de baile, unas ocho personas en corrillo y yo vuelvo del baño y le paso la bolsita a un amigo agarrándole el culo, metiéndosela en el bolsillo de atrás. ¡Y la mitad de nuestros colegas escandalizados porque le estoy tocando el culo a uno que no es mi novio!
Pasa un poco como con el café, que aquí sólo te puedes tomar uno bueno en un establecimiento occidentalizado, a pesar de que se producen varias marcas con premios internacionales. La gente aquí no toma café, o lo toma aguado, porque es demasiado caro o porque falta cultura.

A mí este país me gusta aunque me queje todo el rato. Y aunque no tenga tanta vida social como en el mío, y no haya el mismo ambiente ni la misma idea de lo que es divertirse, me lo paso de miedo cuando salgo. Pido una copa detrás de otra, más cuanto menos me interesa la conversación, y al final me las puedo pagar. Sé que el chico cobra el salario mínimo —un poco más de mi alquiler cada mes— así que dejo una buena propina. Es tan joven que ni siquiera se atreve a coquetear conmigo.

Bailo aunque no se me da bien, me preguntan que de qué curro, un mochilero me dice que cree que en ese viaje ha entrado en contacto con la Pachamama, en mi cabeza se encienden las alarmas por cercanía de gilipollas y me vuelvo donde mi amiga. Estoy muy despierta y sigo bailando regular —tampoco bailo tan mal, pero es que con las chicas de aquí no hay comparación que no sea odiosa—, hablo de tonterías con mi amiga, que es mi compañera de piso. Hablo francés mal con otro amigo y no me importa.

Salimos, que aquí las discotecas cierran a las tres, pero vamos a algo parecido a un after. Pillamos un taxi, regateamos un poco el precio y cuando nos damos cuenta de que estábamos discutiendo por 60 céntimos de euro le pagamos el precio que pedía al principio. Hacemos fila. Dos estadounidenses cinco o seis años más jóvenes que yo vomitan a poca distancia. Le compramos unos cigarros a una señora, que tiene un puesto… Bueno, una silla plegable y una mesita. Parece que tiene cincuenta años, pero puede que no pase de treinta y cinco. Un día nos enteramos de que, cuando cerraba el local, ella se encargaba de limpiarlo.

Según distintos cálculos entre uno y dos tercios del empleo de este país es informal. Y qué poca productividad, si se invirtiese un poco más en proyectos de valor añadido, si no hubiese tanta corrupción, tanto amiguismo. Luego vas al supermercado y hay un montón de gente que no está haciendo nada, preguntas por una crema en los estantes de desayuno y nadie saber decirte porque no es su sección. Yo consumo siempre productos de aquí, eso es importante, hay que ponerlos en valor.

Pobre señora.

Y todo para que nos divirtamos un rato.

A veces me enfado con el gobierno, porque los proyectos de industrialización no van, porque los incentivos a la empresa privada se dan a los amigos… Que se llenan la boca hablando de los campesinos y no puede ser, siguen igual de mal, si hay sequía se van a la mierda como siempre, y los ministros viven estupendamente, claro, y los chinos, se están llevando todo el país y ni siquiera hacen bien una carretera. Y la televisión pública, que no puede ser tan descarado cuando hay cualquier campaña electoral… Pero la verdad es que no me importa una mierda, yo nunca he vivido mejor y mi proyecto no va tan mal. Seguramente nos renueven la cofinanciación el próximo año.

Ya es casi de día, subimos a casa. Me voy a poner una copa. Y a lo mejor otra raya. Igual hasta enciendo un cigarro, y eso que desde que llegué aquí apenas fumo.

Mañana el portero del edificio me va a llamar «señorita» y yo al mesero del café, si me animo a salir por la tarde, le voy a tratar de usted aunque es un tío de mi edad.

Fiesta. Foto de Leandro Fridman disponible en Flickr licencia CC.

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