SOLEDAD PUÉRTOLAS Y LO INVISIBLE DE LAS MUJERES

Soledad Puértolas y lo invisible de las mujeres

Ana Menéndez


Hable de lo que hable un escritor o una escritora, nos habla de su vida, de su realidad y de sus inquietudes. Y eso es lo que ocurre principalmente con la obra de Soledad Puértolas, quien en su trayectoria literaria se ha centrado en el papel de la mujer en la sociedad. Aunque ella misma ha reconocido que no cree que la etiqueta de «literatura para mujeres» sirva para describir nada y ha luchado con ahínco por los estereotipos que se han hecho sobre nosotras a lo largo de la historia de la literatura.

Su última obra, que se titula Chicos y chicas y está publicada por la editorial Anagrama dentro de su colección Narrativas hispánicas, nos presenta once relatos con una temática común: mujeres de nuestro tiempo, con vidas parecidas entre sí, que al hacer balance de su vida sienten que su esfuerzo no ha dado todos los frutos esperados. Un personaje de uno de los cuentos, el relato que da título a la obra, lo define como «sensación de vacío y fracaso esencial» y «que el tiempo se le va entre las manos». Esa idea de vacío y de fracaso vital sobrevuela el libro de principio a fin como conexión entre los personajes que aparecen en cada uno de los cuentos. «Me siento estafada», «no tengo un solo punto de apoyo», «no tengo fuerzas para todo», «siempre me he sentido sola» o «ese vivir a la espera de algo que no llega nunca» son frases que recorren el libro.

Así pues, en esa detallada etopeya de sus personajes femeninos, tras los que se muestran a una autora que transita de la novela al cuento, cabe resumir que la vida de la mujer está poblada en sus relaciones personales de vacío, soledad e incomprensión dentro de los instantes de felicidad y amor que puedan tener. A diferencia de las mujeres, los hombres que nos describe Soledad Puértolas son más elementales, más simples y egoístas, y tal vez por ello más felices, o eso parece.

El secreto nos lo revela Álex, personaje del cuento Chicos y chicas, cuando presume de ser «corriente» y reconoce que admira a Consuelo porque «conoce las razones de lo que hace». O quizás la razón nos la aporte el profesor del relato Ausencia cuando habla con su novia noruega Sonja: «soy superficial, me has calado». O quizás otra posible explicación de por qué el hombre de estos cuentos no sufre como sus compañeras nos lo apunte el personaje de Osvaldo, protagonista del relato Aficiones, cuando dice a Virginia que «él le daba menos vueltas a las cosas» porque cuando empieza a pensar «todo se vuelve más y más complicado y al final te sientes perdido».

Si unimos una mujer compleja, a veces también acomplejada por la realidad que le ha tocado vivir, y un hombre «superficial» y egoísta, sin sentimientos, «e incapaz de pensar en los demás» (como dice Merche de su ex Ricardo), es lógico que en los cuentos de Puértolas el matrimonio sea un trámite en general insatisfactorio y con final infeliz. Como apunta el personaje de Virginia: «la libertad no te la da la generosidad de tu pareja, sino su desinterés». Ante ese vacío que «acecha su interior», la mujer se da a una aventura que de antemano intuye insatisfactoria con hombres egoístas, cobardes y mentirosos, pero no pide más a la vida pues tiene claro que «una aventura es desahogarse un poco y buscar algo de consuelo». Al fin y al cabo, como se pregunta Lidia en el relato La misma mujer: «¿no es eso lo que todos perseguimos, unos instantes de felicidad?». Seguramente sea así, pero otros personajes también dejan entrever los peligros y evitan enamorarse, como le dice el personaje de Merche a Rita en el cuento Arkímedes.

¿Dónde se puede refugiar entonces la mujer? Las respuestas del libro son dispares: la felicidad te la puede dar la relación con la madre, lo mismo ir de compras, tricotar o moldear el barro.

Pese a que los cuentos de Soledad Puértolas respiran realidad por cada uno de sus poros, a veces se permite la autora un guiño a otras visiones como esa influencia de Cortázar, por poner un ejemplo, que se intuye en el final del primer cuento: al volver al pueblo, Joaquín siente la voz/presencia de su amigo César, que está muerto, en la mesa vacía que tiene a su lado. O en el cuento donde parte de su narración transcurre en Granada, llamado Confesión, que casi se diría que va al encuentro de otros Cuentos de la Alhambra con la visita a un museo inexistente para las guías, en un pasaje que deja flecos abiertos a lo inexplicable, a la par que da el contrapunto misterioso a una colección de «relatos de la cotidianidad».

En definitiva, una obra con algunos altibajos, pero de narración fluida y que da una perspectiva singular de la mujer dentro de la literatura contemporánea española.

Chicos y chicas. Soledad Puértolas. Anagrama. Barcelona, 2016. 222 páginas. 17,90 euros.

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