SOBRE LA FUTILIDAD DE LOS PACTOS ANTE LA GUERRA TOTAL

Sobre la futilidad de los pactos ante la guerra total


El presente año será recordado por los dos pactos antiyihadistas que el gobierno y el principal partido de la oposición parlamentaria firmaron pocas horas después de los atentados en París, en la oficina de Charlie Hebdo y el del pasado 13 de noviembre.

¿Recordar? Dentro de tres meses no recordaremos esos pactos más que como lo que son, papel mojado. El contenido del pacto antiterrorista no ahonda en ningún pecio legal que no hubiera sido explorado previamente. Además, ¿qué tipo de pacto político puede hacerse cuando las cámaras legislativas están disueltas? Si se trata de un pacto que surta efecto cuando se constituya el nuevo gobierno —cosa que presumiblemente será a finales de enero—, el pacto quedará enterrado bajo la campaña electoral. Si, por el contrario, quiere tener vigencia ahora, o bien se lleva a cabo por decretazo en tiempo de descuento de la legislatura o no se hace. Todo esto presumiendo que el endurecimiento de un código penal fuera condición suficiente para desactivar una amenaza terrorista que juega en la doble escala nacional-internacional.

Tratar de dar efecto al balón al pegarle una patada sirve para lo mismo que pegar una patada sin más: para alejar la pelota de tu tejado… sólo que de forma más bonita. El pretendido pacto antiyihadista ha servido para posicionar a los actores políticos nacionales a un mes de las elecciones. En esta ocasión hemos visto cómo el portero trataba de despejar el esférico y de puro efecto se ha acabado metiendo un gol en propia meta. Decía Miguel Brieva que si quieres tener razón has de ser el que grite más fuerte. Mientras algunos jugaban a servirse de un hecho abominable en un país vecino para rentabilizar su tour de force nacional, la verdadera partida discurría por otros cauces.

Hay tres cosas que tienen en común las víctimas del jueves en Líbano, las del viernes en París y las del domingo en Raqqa: que están muertos, que eran inocentes y que son victimas de una guerra declarada pero no publicitada. Muertos están porque fueron asesinados, pero murieron para matar de miedo el espíritu de un pueblo que ante un evento de terror enmudece en la tristeza de lo inenarrable llevando consigo la vivencia de un acto atroz. Los atentados del viernes fueron un acto de violencia total. No había objetivo al que eliminar, no había pliego de reinvindicaciones. En el comunicado hecho público el sábado por el Daesh dos combatientes afirmaban que continuarán hasta que los franceses tengan «miedo a ir al mercado».

Ténganlo en cuenta, ellos saben que eres inocente, de la misma manera que nosotros sabemos que los muertos de nuestra felicidad lo son igualmente, pero de otra manera. El terror ha dejado de ser jacobino en pro de convertirse en una estrategia de la ilusión de la seguridad. Cuando no hay reconocimiento del enemigo y la guerra se convierte en un asunto privado entre un gobierno (que no un país) y un Estado a varios miles de kilómetros, la certidumbre de vivir en un estado en paz implosiona en el terror de saberse parte de un conflicto cuyas víctimas, bien seguro, no son culpables. Inocentes porque no fueron elegidas y porque pudo ser cualquiera. El medio no fue el mensaje. Su muerte fue el medio para hacer que cada mujer y hombre en Francia haya sentido como propia la muerte de sus conciudadanos y que vacilen a la hora de frecuentar lugares públicos en los próximos meses. Es ahora cuando vuelven a nuestra memoria aquellas líneas que Rafael Sánchez Ferlosio publicara en El País en 1980 en «Notas sobre el terrorismo»:

 

El terrorista, pues, hace para haber hecho, mata para haber matado, y cuando «reivindica» una muerte está diciendo «póngase a mi nombre», «cuéntese de mí». Lo que le importa al terrorista, a diferencia del soldado, no es el que su víctima muera (esté muerta), cosa que está desentendida de quién sea o no sea el agente, sino poner (tener) en su haber nominal el haberla matado. Por eso tiene que firmar sus muertes, que de modo específico serán muertes firmadas.

[…]

Por supuesto que lo malo no sería que hubiese algo personal en contra del matado, lo malo es que no haya nada impersonal a su favor.

 

Por eso cuando los jóvenes franceses quisieron salir en la mañana del sábado a recordar a sus conciudadanos sentían la necesidad de decir «No tenemos miedo», aunque miedo era precisamente lo único que no les faltaba. Así como tampoco una incertidumbre renovada que por la vía de la muerte cruel les situaba en primera línea una serie de problemas que la sociedad francesa no consideró hasta entonces relevantes. Las ciento treinta y dos muertes estaban firmadas por terroristas nacidos en París y Bélgica, la mayor parte de ellos nacidos tras la caída del muro de Berlín y que se inmolaron por una patria que apenas pisaron. No resulta nada fácil explicarlo, o siquiera comprender qué está pasando cuando no hay enemigo formal ni reivindicación, de ahí que el gobierno francés haya sentido la necesidad de justificar sus medias tintas contra el ISIS en los últimos dos años, queriendo compensar sus muertos causando más muertos.

Decía Shakespeare que cuando la sangre corre caliente es fácil pronunciar falsos juramentos. Cuando el dolor llena las manos y ahoga las gargantas de todo un pueblo es el momento de recordar que una guerra no hace justicia a los inocentes asesinados del viernes en París. Si cuando se pone a prueba la democracia por parte de la barbarie ésta sucumbe bajo el peso del miedo, nos habrán ganado la partida.

En días tristes como hoy es cuando hay que acordarse de Vittorio Arrigoni, cooperante italiano ejecutado en Gaza por grupos salafistas, que en su mensaje de despedida nos decía: «Restiamo umani», sigamos siendo humanos.

Las coordenadas han cambiado a base de una cadena de detonaciones que puede ser tanto el albor de una nueva década de guerras como la construcción de una estrategia de paz sostenida y de operaciones humanitarias. O torcemos la brújula o nos movemos nosotros. Torcer la brújula significa mover el mundo para creer que seguimos siendo lo mismo, apuntar al norte donde, a cada momento, nosotros estimamos oportuno. Movernos nosotros es buscar a cada momento, y aunque el terreno desafie nuestras convicciones, el camino que hace tiempo decidimos seguir, que en este caso es el duro camino de la paz y el derecho a la justicia.

 

Leave a Comment