SOBRE CONSUMIDORES Y LOBOS FEROCES

Sobre consumidores y lobos feroces

Por qué la publi puede molar

David Ayllón


Cuando me propusieron escribir este artículo, dudé bastante el enfoque desde el cual aproximarme. No tenía claro si debía hablar sobre los males que azotan la publicidad, si quizás sería mejor centrarme en lo que he aprendido desde mi experiencia laboral (no daría ni para un par de tweets), o escupir en un papel aprovechando que se acerca la feria ARCO y se cotiza caro. Finalmente he decido hablar sobre lo que a mí me gusta: la conexiones que se crean entre producto y consumidor como lugar de oportunidades.

Veréis, yo soy un millennial de esos de los que no paran de hablar los medios y que parecen ser tan importantes para las empresas. No puedo hacer mucho para evitarlo, y tampoco es que lo tome como un logro, nací en un lugar y generación determinadas que han influido en la forma en la que concibo el mundo y sus relaciones. Lo importante de esto es que, como buen millennial, tengo la maldita necesidad de que todo lo que hago y consumo debe aportarme algo. Ya sabéis, la generación de la inmediatez.

Siempre hay algo nuevo que ver, que escuchar, algo que hacer o consumir… o, si no, me aburro. La publicidad no es más que uno de esos múltiples mensajes que nos llegan a diario. Así que, si vas a ser otro de esos elementos de consumo, ¿cómo me vas a entretener? Sí, ya sé, quieres venderme algo: un coche, un viaje, un perfume o un videojuego; me da igual. No me importa lo que quieras venderme, lo que me importa es que hagas algo mientras tanto, y ese algo me entretenga; si no, me voy.

Sí, soy así de tonto. Alguien viene a venderme algo y, en vez de cerrarle la puerta, lo que le pido es que me haga un baile, me cuente una historia o me lo diga mientras me paso un videojuego. Ya, ya lo sé, lo que quieren es que compre, quieren generarme una necesidad a través de la sobreexposición y la sensación de deseo. Y yo, soy tan tonto, que me dejo.

Un inciso necesario: no voy cogiendo los flyers que me dan por la calle y huyo de los anuncios de youtube como cualquier hijo de vecino. La publicidad de sobreexposición me horroriza y la publicidad pasiva me aburre, pero hay que darle un valor a la buena publicidad, a esa que crea conexiones y es capaz de aportar algo nuevo más allá del «cómprame, que soy muy bueno».

Defender la publicidad es un deporte de riesgo en estos días, y no es para menos viendo todas aquellas empresas que viven de esto en base a generar ruido innecesario e intrascendente. Estas empresas viven de espaldas al usuario final y generan mensajes al por mayor. En ningún momento han captado a su objetivo y sus necesidades, simplemente buscan que compremos por simple aplastamiento. Y yo, que soy tonto pero no tanto, no me dejo.

Por ir terminando, me gustaría recalcar que quizás, y sólo quizás, las grandes empresas sean el lobo feroz que usa la publicidad para que, creyendo que son nuestra abuelita, nos acerquemos a ellas y nos puedan comer. De ser así, tampoco haría falta ser muy avispado para verle las orejas desde kilómetros y por el camino decidir si nos enrollamos con el lobo, o bien, pasamos de largo y nos vamos con el siguiente match de Tinder… ¡Vaya por Dios!, otra referencia de mierda a las aplicaciones de nuestra generación; y es que los millennials somos así. Nos encanta hablar de nosotros constantemente y que hasta la publicidad se dirija en la forma y tono que deseamos. Son los tiempos que os han tocado vivir, mala suerte. Al menos hasta que nos hagamos viejos y venga una nueva generación un poco más inteligente y menos egocéntrica, aunque para esto último sospecho que no hará falta esforzarse mucho.

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