SISTER´S ACT STARRING FRA FILIPPO LIPPI

Sister’s act starring Fra Filippo Lippi (1406-68)

Nerea Maestu


Siempre se habla de que durante el siglo XV en Florencia los artistas consiguen dignificar su profesión, subir escalones en la pirámide social, pasando de ser considerados meros jornaleros o artesanos a coquetear con las esferas elitistas y acariciar puestos de poder público. Fra Filippo Lippi encarna la insolente excepción (que no única) a esta regla, poniéndoselo difícil a todos aquellos que pretendían ennoblecer su oficio.

Filippo Lippi, uno de los grandes pintores del Quattrocento florentino tuvo una vida cuanto menos peculiar: protagonista de intrigas, estafas, raptos de monjas, falsificaciones, desapariciones…, fue torturado, encarcelado, depuesto de sus cargos, pero siempre salió de todas, con esa facilidad que tienen aquellas personas con cierta desvergüenza simpaticota. Posiblemente sea uno de los pintores del Renacimiento que más problemas causó a sus mecenas, sobre todo a Cosme de Médici, que siempre le defendió, diciendo que «la excelencia de los talentos raros son formas celestiales y no asnos vulgares».

Hijo de un carnicero, quedó huérfano muy pronto por lo que fue entregado a un monasterio. Poco tardaría en darse cuenta de que las cosas de iglesia se le quedaban pequeñas y el abad, cansado de que le emborronase unas Santas Escrituras que no quería aprender, lo mandó a formarse como pintor. Aun así, tomó los hábitos en 1421 y poco tiempo después ya recibía encargos de importantes familias y órdenes religiosas florentinas. Pero Filippo siempre fue por su cuenta. Nunca se le dio bien obedecer ni quedarse demasiado tiempo en un sitio.

En 1434, Cosme de Médici se exilia a Venecia, llevándose consigo a su corte de sabios y artistas, entre ellos a Filippo. En cierto momento al llegar a Padua, se separa brevemente de la comitiva y de la noche a la mañana se le pierde la pista. Nunca llegará a Venecia y, de hecho, no se volverá a saber nada de él durante tres años, durante los que circulan toda clase de rumores.

Vasari, casi cien años después, cuenta que lo que pasó es que fue raptado por unos piratas turcos que lo llevaron a Anatolia, pero que él les hizo un retrato tan maravilloso que no les quedó otra que liberarlo. Otros, sin embargo, defienden que simplemente marchó al norte de Europa, ¿o quizás a Nápoles?, basándose en que a partir de ahora parece más flamenco.

Lo que está claro es que en estos años cambia, tanto su persona como su estilo. Su pintura madura, desarrollando uno de los estilos más personales del siglo, y, aunque ya era famoso por su conducta poco clerical, vuelve convertido en el crápula lascivo por el que se le conoce hoy en día.

 Se dice que era tan pasional que, viendo una mujer que le agradaba, para poder tenerla le ofrecía todo su dinero; y no pudiendo por estos medios, la retrataba y con razonamientos la llama de su amor encendía. Estaba perdido por este apetito, tanto que las obras tomadas, cuando estaba en este humor, poco o nada ellas trabajaba.

Fra Filippo vivió honradamente de su trabajo, gastando sumas extraordinarias en los placeres del amor, en los cuales seguía deleitándose hasta el mismísimo final de su vida.

Tan entregado como estaba a sus conquistas sexuales, descuidaba sus encargos artísticos, hasta el punto de que Cosme de Médici tuvo que encerrarlo hasta que le terminara una obra. Desesperado, Filippo se hizo una cuerda con sus vestidos y sábanas y se descolgó por la ventana de su celda cual damisela enamorada. Tras días de bacanales, Cosme lo encontró y lo devolvió a regañadientes al trabajo.

Pero el mayor escándalo de su vida lo protagoniza poco después, cuando trabajaba en el convento de Santa Margarita en Prato. Ahí conoce a la monja Lucrecia Butti, hija de un comerciante florentino de la que se enamora. Si se visita esta iglesia, aún hoy se puede seguir contemplando su rostro, en el altar mayor, dibujado sobre el de la Virgen.

En esta ciudad de Prato se guardaba la famosa reliquia de la Faja de la Virgen (quien lógicamente se la arrojó a Santo Tomás mientras ascendía al cielo), la cual se exhibía una vez al año. Las monjas tenían permiso para asistir a estas celebraciones, así que, aprovechando el barullo y la multitud que el santo refajo había reunido, Filippo y Lucrecia huyeron del convento. Fruto de esta huida nacerá Filippino Lippi, quien también será pintor.

Al principio se intentó evitar el escándalo público, pero la situación se volvió insoportable cuando pocos meses después, otras cuatro monjas, entre ellas la hermana de Lucrecia, Spinetta, saltaron la tapia del convento y dieron a parar también a la casa del pintor.

Se tuvo que tomar medidas y tras dos años se consiguió devolver a las monjas fugitivas al redil. Volvieron a pasar el año obligatorio de novicias y retomaron sus votos de obediencia y castidad. La ceremonia, en diciembre de 1459, no pudo ser más solemne, en presencia del obispo de Pistoia, el vicario de Prato y la madre superiora, pero tan piadosa resolución no les duró mucho: menos de un año después tres de ellas volvieron a huir, reanudando sus relaciones con sus respectivos amantes. En 1461, Lucrecia y Spinetta estaban de nuevo en casa de Fra Filippo Lippi y la pareja daba a luz a su segundo vástago, una niña llamada Alessandra.

El escándalo llegó a tanto que tuvieron que intervenir Cosme de Médici y el propio Papa de Roma. Gracias a la mediación de su mecenas, a Filippo Lippi se le permitió abandonar sus obligaciones clericales y casarse con Lucrecia, pero ante la sorpresa de todos él se negó. Continuó vistiendo el hábito de monje y firmando como «Frater Filippo» hasta el final de sus días.

Lo más curioso de esta historia es que, mientras todo esto sucedía, Lippi seguía recibiendo importantísimos encargos, y su fama como pintor no se vio en ningún momento disminuida. De hecho, al tiempo que tenía a las monjas bajo su techo, estaba realizando su obra más importante: los frescos para el altar mayor de la catedral de Prato.

¿Cómo era posible que un hombre sin moral realizara imágenes sagradas? Artistas como Miguel Ángel pensaban que, para poder realizar una obra de arte digna y noble, el propio artista también tenía que serlo y desde luego Lippi estaba muy lejos de serlo. Mucho se le ha comparado con el otro gran pintor-fraile de su tiempo, Fra Angélico, cuya beatitud luminosa se dice que traspasó el lienzo, defendiendo que él sí que es un ejemplo de cómo la vida se refleja en el arte y que, por tanto, su obra es superior. Es cierto que mirando los retablos de Filippo Lippi es difícil decir que la sensualidad fue uno de los rasgos más destacados de su vida, pero sí se observan otros rasgos de su personalidad más profundos.

Filippo tenía varias manías a la hora de pintar y entre ellas dos llamativas: apretujar a la gente en sitios pequeños e incómodos cuando hay espacio suficiente, y hacer como que todo el mundo esté distraído. En sus composiciones nadie parece mirar a la escena protagonista. A veces ni la propia María mira a su hijo. Todos están a lo suyo, ensimismados, absortos, incluso aburridos. Todo es inestable, estrecho e irregular, como si tuviera ganas de confundir. Estos espacios fragmentados reflejan una concepción confusa y poco clara del hombre, seguramente como la que el propio Filippo Lippi tenía de sí mismo y el mundo.

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