SIN PARADAS

Sin paradas

 M. San José

 


 

El odio es la concentración del desprecio incontenible, que, acotado, como el universo, en los pulmones por los límites de la piel, intensifica el bombeo del corazón reduciéndose así a su máxima pureza, a su sentido más tribal, más humano.

Porque un humano es cuando odia. El odio no es comprensible y, consecuentemente, sí de difícil definición. Su humanidad reside no sólo en lo irracional, ni en su inevitable aparición, sino también en la instintiva asunción de quien lo experimenta como una consecuencia lógica. En realidad, el odio no nace de una voluntad, sino que surge del reflejo de aquello en lo que podemos reconocer nuestros defectos y nuestras debilidades que más nos acomplejan. Y por ello, yo, que odio mi humanidad, también odio viajar en metro. Sí. Es un odio que no nace del discurso ni de profundas reflexiones  y que, sin embargo, cuenta con todo mi apoyo. Pues existen motivos excelentes para odiar con mesura —de la cual hago verdadera apología— no sólo a nuestra especie, sino también, por extensión, a sus creaciones.

Y es que a nadie sorprende que odiar sea un verbo que nuestra especie conjuga de maravilla. Y, aun siendo ésta una sentencia que, para los más cínicos, podríamos deducir como innecesaria por su obviedad —incluso en el odio concreto hacia este medio de transporte, que al fin y al cabo es de lo que quiero hablar—, hay aún muchas personas que se consideran ajenas a ella: pues ignoran que en realidad otros también lo padecen. Y no habría problema en considerarse único si, tras experimentarse este sentimiento tan reconocible, intentásemos desentrañarlo paso a paso. Situación que en raras ocasiones sucede y que, humildemente, trataré de llevar a cabo. Y es que, en realidad, somos muchos los que sentimos que tomar el metro es sinónimo de soportarlo, de resignarnos al fin a la necesidad real de utilizarlo; y si nos preguntasen ingenuamente el porqué de nuestros sentimientos, muchos ingenuamente responderíamos cosas muy similares. Porque motivos, como escribí anteriormente, hay de sobra.

Odiamos el metro, sí. No obstante, como siempre que experimentamos este sentimiento, lo hacemos por razones superfluas y que no lograrían satisfacer ningún pensamiento crítico. No puedo negarlo, todos los que nos hemos visto en la obligación de tomar el subterráneo también nos hemos visto en la inherente imposición de tener que compartirlo. Y como en dinámica clásica, toda imposición debe crear una reacción igual y opuesta. Siendo esta reacción una irritación que aumenta y se comprime con el paso del tiempo. Porque todos, en hora punta, hemos sufrido ese ambiente de Partenón tallado en traje y corbata, en calvas sudadas y toses; nos hemos sorprendido en una atmósfera cortante, callada y enfermiza. Sin embargo, aun siendo lo visual y palpable lo más llamativo, por encima de todo lo demás y de forma casi imperceptible, se siente la sutil presencia de una sensación que lo envuelve todo. Sensación indescriptible e increíblemente fácil de obviar, pero que constituye el pilar fundamental de nuestro odio. Y es que, aun estando rodeados de semejantes —llegando incluso a sentir sus alientos en la nuca—, se percibe que en todos esos cuerpos falta algo; o, en mi opinión, que no hay nada. Es el sonido de ese vacío, una compleja sensación, el que verdaderamente alimenta nuestro odio. Y es por este sonido del vacío que se intuye una amalgama de razones antes ocultas, un fondo que linda con lo más esencial; y por las que realmente experimentamos nuestra aversión. Aunque, en un principio, no nos percatemos.

Entonces, lo que en realidad ocurre es que llegamos a reconocer en los demás pasajeros nuestro propio deseo de no estar allí. De habernos visto obligados a pertenecer a un grupo que lima cualquier singularidad del individuo. Porque todos tenemos en la inconsciencia, desde mucho tiempo antes de entrar en la estación, el pensamiento de que lo que allí sucede es de carácter transitorio. Y todos los medios de transporte, no sólo el metro, arrastran el error de fábrica por el cual cada ser que necesite de su uso ha de estar sujeto a la necesidad de salir de él. Porque quien coge el avión, el autobús o el coche lo hace con la intención de llegar a un destino; convirtiendo el viaje, en resumen, en aquello que nos separa entre el deseo de llegar y el haber llegado. Y cómo no vamos a odiar algo así, si por ello el odio se torna lógico. Esto es de lo que nuestro odio nos advierte, ésa es su función, pues nuestro desprecio se convierte así en la llamada de atención de nuestra psique ante algo que huele muy mal desde su concepto.

Todo esto nos enuncia una evidencia de la que, quizás, ya os habréis percatado. Pues si el odio surge de la propia idea y concepción del medio de transporte como tal, éste se convierte en un odio irremediable, sin solución. Y tenéis razón. Porque para cambiar en un sentido relevante cualquier porción de realidad que percibimos se debería destruir su concepto original, primario. Asesinarlo. Y es que, a día de hoy, la sociedad humana no podría necesitar más de conceptos que transgredan completamente las leyes de la naturaleza —en mi opinión, su única salvación—; como, por ejemplo, transportes sin ningún tipo de salida. La humanidad necesita de viajes cuyo tiempo entre la perpetuidad sea imposible de reducir. Para dejar de odiar, sería necesario reconvertirnos en seres que viajen sin la pretensión de un destino. En seres que no esperan resolverse a sí mismos y que no esperen nada de ese viaje, reduciendo así su concepto a la mínima expresión. Que conviertan el viaje en una delicia propia, en un regocijo que nos aliente a sentirnos ahora, para sentirnos quizás, algún día, después. Ya que, si no hay destino, el viaje pasa de ser burocracia a simplemente ser. Un viaje donde, al fin, se nos encuentre lejos del odio.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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