SE NOS ESTÁ YENDO DE LAS MANOS

Se nos está yendo de las manos


Tú, sí, tú, no te hagas el despistado mirando la pantalla, porque, efectivamente, estás leyendo esto a través de una pantalla. Tengo un dato para ti. Hace ya tiempo que hablas más con tus manos que con tu boca. Que dedicas más horas a hablar por WhatsApp que a conversar. Que mantienes varias conversaciones simultáneas en todo momento. Que cada vez pones más emoticonos para ejemplificar tu estado de ánimo. Que cada vez haces más fotos de todo. Que cada vez surfeas más en el filo de lo trendy de tu tiempo.

Pero no te agobies, esto no es una reprimenda moralista. Hace tiempo que nos viene pasando y seguramente más de un párroco ultramontano ya lo ha denunciado en el sermón: «Tinder va a acabar con la familia». Sólo venimos a decirte que cada día pasas menos tiempo en el mundo analógico, y que primero utilizabas internet como ocio, después lo incorporaste para trabajar y más tarde para mantener vivas tus redes de afectos con tus amantes, amigos y familia(s). Y que cada vez has ido metiendo más parte de ti en ese hueco que, cuando te quedas solo, sin móvil, las manos se te vuelven inútiles al encontrarte con un mundo que sigue teniendo atardeceres, independientemente de que éstos vayan a ser fotografiados en Instagram.

La maña, a buen seguro, para la generación de nuestros abuelos se atribuía a saber hacer algo con las manos, a poseer un determinado tipo de técnica, que indicaba un grado de virtuosismo en el saber fabricar algo o tener inventiva para algo. Los linotipistas que describe Baroja en Mala Hierba eran mañosos; el buen soldado Svejk de Hasek tenía maña para buscarse la vida en la Europa de la Primera Guerra Mundial. Eugenio Monesma hace un par de décadas se dedicó a recopilar aquellos oficios perdidos imprescindibles para la vida rural y que desaparecieron con el éxodo de los sesenta a las ciudades. Si nos tuviéramos que preguntar qué es ser mañoso para los Millenials, la respuesta sería diferente. Paren de leer un segundo y piénsenlo.

Cada vez son menos las palabras que se dicen pero también las que se curvan al ser dibujadas con las manos en un trozo de papel. Los cuadernos de apuntes son progresivamente sustituidos por tablets y no sería de extrañar que en menos de diez años hubiera una campaña de algún ministerio que promoviera que cada niño de primaria tuviera su dispositivo móvil. En la era del teclado, la caligrafía es un objeto de alto valor añadido. Si primero golpeábamos arrítmicamente teclas de plástico para transformarlas en letras en una pantalla, hoy prescindimos del teclado y directamente golpeamos al cristal con nuestros dedos. Y estos golpes dactílicos, que hace un siglo hubieran sido interpretados como una suerte de variante en el código morse, hoy son la base de la comunicación en las sociedades informatizadas.

Entre el pulgar oponible del homo habilis que le permitía agarrar objetos y el doble clic que hacemos en el ratón hay una distancia ontológica que ejemplifica dos maneras de convivir con el mundo incomunicables entre sí. Pero también la hay entre nosotros y el niño que, al leer un libro analógico, intenta ampliar las ilustraciones como si de una tablet se tratara. Tengan en cuenta que quien ha jugado a videojuegos sabe lo que es soñar con batallas espaciales, viajes a otros mundos, escenarios donde la ley no existe o donde en ellos son protagonistas de un relato que las novelas antes constreñían a vivir en tercera persona. Habitamos en un concepto diferente de lo imposible.

No creemos que haya ninguna esencia que se pierda. No ponemos el grito en el cielo diciendo: «¡Es el fin de la cultura y de los libros!», porque sabemos que las cosas no evolucionan como dicen los profetas. Si existe el partido carlista en el siglo XXI, por qué no iban a existir libros de Corín Tellado en el siglo XXIII. La cosa no va de ser apocalípticos pensando que la sociedad un día colapsará por su propia banalidad, sino de identificar síntomas, que son pequeños efectos diferentes de una misma causa, y que a este respecto nos están delineando el dibujo de un mundo que raras veces llegamos a comprender. Y, sin embargo, no dejamos de habitar e incorporar en una suerte de maniobra de supervivencia que no deja de tener a su vez un margen de satisfacción en contemplarlo, pero sin desmérito de que todo aquello que se mueve en esta nueva razón del mundo conlleva otros miles de momentos que apenas intuimos. Y es que detrás de la ansiedad que produce estar siempre disponible con un smartphone, hay miles de ingenieros que diseñan emoticonos, aplicaciones, sistemas de almacenamientos, esclavos que sacan litio y coltán, cientos de empresas que interactúan en el mercado de las telecomunicaciones y algunas corporaciones que venden los paquetes de datos que generas con cada golpe en un cristal. Para la generación de nuestros padres, golpear un cristal tiene más que ver con aquel corto protagonizado por José Luis López Vázquez, La cabina, donde un hombre se introducía en una —extinta ya— cabina telefónica y no podía salir. Casualidades de la historia, hoy ese corto es la historia de nuestra vida. La comunicación tiene un peaje que cobrarse, que es precisamente el no poder salir de ella. La diferencia aquí es que la cabina la llevamos entre las manos. Es una trampa de la que no estamos dispuestos a escapar.


¿Qué se cuece dentro del monográfico?

En la sección de Política le entramos duro a los temas que más nos atormentan. Empezamos analizando con Pablo Gastaldi el papel que cumplen las cárceles con la mirada puesta en otros métodos en «Manos cortadas y cárceles con piscina». Carlos Rodríguez nos hace dar un paso en la dirección de liberarnos de un trabajo cada vez más invasivo en «Manos a la obra: el trabajo en los tiempos del WhatsApp». El análisis de lo que pudo haber pasado y sólo quizás no pasó, nos lo trae Fernando Ángel Moreno con su relato de por qué nos libramos de esa «Gran coalición y otras enfermedades» que amenazaban a nuestros cuerpos.

En Cultura solamente queremos ver el mundo arder y por eso tenemos de la mano de Soledad Marina Palomar Pampyn «Tocar el sonido, cantar con las manos», porque respuestas que parecen obvias no son universales. Alberto Coronel nos cuenta en «Breve historia de cómo la vista se nos fue de las manos» una batalla de los sentidos hasta nuestra configuración actual (hay también masturbaciones). Marta Lezcano Vega nos trae cine, payasos, bofetones y sonoras reflexiones sobre la risa, el dolor y nuestra condición en «Bofetones y aplausos, la fuerza de la mano ignorante». Para acabar, Pablo Rada en «Fotografía para tiempos difíciles» nos propone una visión sobre la ciudad y sus vicios a través de la obra de un fotógrafo.

En Yo Ya venimos a preveniros del riesgo de tomarse todo demasiado literalmente con Lucas Diez. Por su parte, Pandorita, nuestra inquieta redactora, ha hecho un estudio sociológico relacionando mendas y manos, y quiere dejar claro, de una vez por todas, «Cómo no hay que meter mano» —algo le habrá pasado—.

Cerrando el monográfico incluimos veinte dedos y dos voces: entrevistamos a la pintora Marta Gómez-Pintado acerca de su obra, el arte y el mercado del arte en la actualidad, y al sociólogo y profesor Igor Sádaba sobre nuevas tecnologías, manos, cyborgs y formas de escribir.

Esperamos que os gusten,

Juego de Manos

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