SACRIFICIO DE DAMA

Sacrificio de dama

Leo Moscoso


No man is an island,

Entire of itself…

Así empezaba la célebre Meditación XVII del poeta y deán de la Catedral de San Pablo, John Donne. Unos versos más adelante, el clérigo anglicano afirma: «porque estoy comprometido con la humanidad, la muerte de cualquier hombre me disminuye como hombre» (Any man’s death diminishes me). De modo que la muerte de cualquiera nos hace a todos un poco peores.

El deán podría tal vez haber recordado que tampoco la muerte hace mejor al difunto. La maldad, por lo general, ha llegado antes. Los hombres morimos; y aunque algunos mueren inocentes, la muerte no redime de su culpa a los que mueren culpables. La maldad —que es la más ágil— corre más deprisa que la muerte, dice Sócrates, y con frecuencia nos ha dado alcance mucho antes de que la muerte aliente en nuestra cerviz.

Así ha sucedido con la senadora Barberá. Que los hombres mueren y no son felices difícilmente puede ser una novedad, pero tampoco lo es que, aunque muchos duden de si la muerte es o no el final, la muerte no nos da la razón. En España, ya se ha dicho muchas veces, se muere muy mal y se entierra muy bien. Pero aunque los españoles porfíen, los muertos no tienen razón por haber muerto.

De modo que, aunque es posible que los muertos de las cunetas incomoden al PP, a muchos ciudadanos no nos incomoda en absoluto el fiambre de la cacique y senadora valenciana. Suponiendo que alguien la haya matado de pena, la ha matado el PP. Suponiendo que la senadora haya sido asesinada, sus asesinos están todos en el PP.

Es lo que pasa después de haberte pasado meses diciendo —con no otro objetivo que el de blindar a tu propia organización—que la corrupción es una cosa de personas corruptas. Si no fuera patético, el espectáculo de ver a la organización diciendo que «la corrupción es una cosa de personas» y las personas diciendo que «la corrupción es una cosa de la organización» resultaría hasta divertido. Pero no lo es.

Si dices que son las personas, estás abocado a sacrificar a las personas. De ahí el sacrificio de la dama. Los tahúres no tenían otra jugada, y ahora buscan la némesis. Habrían hecho mejor en tener vergüenza, aceptar que se trataba de una práctica generalizada y, al menos, dar abrigo a su propia gente.

Pero ellos no: siguen con la letanía de que por ahí pasaban unos cuantos señores «que querían aprovecharse del PP». Si nos descuidamos, los aprovechados acaban siendo socialistas o de Podemos. La organización dice que las personas son responsables, mientras los imputados alegan que la responsabilidad es de la organización. Y mientras continúa la danza macabra de imputados, jueces, fiscales, periodistas, gargantas profundas, y de todos cuantos cooperan en este negocio de «hacer política por otros medios», la organización proseguirá impasible con su función de trituradora de personas. Para blindarse invocará la presunción de inocencia en el momento de la imputación; y para blindarse también expulsará a los imputados del partido cuando la presunción de inocencia se vuelva insostenible. «Esa señora ya no está en el PP», habíamos oído a los corifeos del PP decir de la exalcaldesa.

La verdad es que un partido no es corrupto porque sus militantes cometan delitos en privado. La corrupción tiene que ver con el empleo ilícito de recursos privados para hacer avanzar la propia causa en la esfera pública o con el empleo de recursos públicos para hacer avanzar los propios intereses —ilícitos o no— en la esfera privada.

Ante delitos así, la muerte ciertamente no nos hace mejores. Por eso resulta hipócrita invocar principio de humanidad alguno cuando no se ha mostrado ni pizca de ella durante todo el tiempo en el que se ha estado al mando; cuando, por ejemplo, las víctimas del accidente del metro de Valencia clamaban justicia mientras los mandatarios paseaban triunfales en un vehículo deportivo por el flamante circuito de carreras recién inaugurado en la ciudad.

Gobernar para los terroristas financieros que niegan las medicinas a los enfermos hepáticos y que desahucian a inquilinos y deudores de sus casas nos parece odioso. Y odiar el crimen no es un delito. Por eso respetamos el duelo de sus allegados, pero muchos no rendiremos homenaje póstumo a la senadora Barberá. He visto a muchos valencianos agolparse con velas ante el portal de la casa de la senadora. Como no me presento a ningún cargo, ni necesito ser popular, me puedo permitir el lujo de decir que España es un país en el que hay mucho papanatas que no sabe ni dónde tiene la mano derecha.

Empezando por muchos de los dirigentes del Partido Popular. Después de lo sucedido, es aún más hipócrita si cabe exigir a los demás que guarden el respeto que ellos mismos no han mostrado en primer lugar. Ante tanta muestra de duelo, daba, para empezar, la impresión de que, ahora que ya no podrá decir todo lo que sabía sobre la organización y que, en tanto que difunta, es inimputable, sus correligionarios han podido respirar tranquilos, sabiendo que con la muerta encima de la mesa también pueden ahora reivindicar su memoria y, de paso, acusar de falta de humanidad a cuantos no hemos querido comulgar con semejante impostura. Viva no la reivindicaron: ahora que está muerta, la dama de Valencia ya puede reingresar en el PP.

Puede que las campanas no hayan anunciado la muerte sino la iniquidad. Les convendría a éstos leer el final de la Meditación XVII: «And therefore never send to know for whom the bell tolls; It tolls for thee».

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