SACRIFICAR CABRAS Y VIOLAR VÍRGENES

Sacrificar cabras y violar vírgenes

Nico


Anoche estuve a punto de unirme a la primera Iglesia de Satán. Y lo hubiese hecho, pero no cumplía los requisitos. Sí, curiosamente, algunas iglesias tienen requisitos, y la de esta es haber leído la Biblia Satánica, cosa que, vaya, no he hecho, y vaya, tampoco sabía que fuera algo real. Así que me meto en Google y hago un poco de búsqueda (research que dicen los eruditos). Resulta que, al contrario de la Biblia que conozco, esta es bastante nueva (y cuando digo nueva, digo 1969), y su autor es definitivamente una persona real: Anton LaVey. Para mi alegría, y otra vez al contrario de la que conozco, está escrita en una lengua viva y que, de hecho, conozco, el inglés. Eso es bueno, puedo leerla en versión original. Sin embargo, resulta que no es tan sencilla de encontrar como pensaba.

Veréis, últimamente es complicado decir que eres colega de Satán. A ver, obviamente no es tan jodido como en la Edad Media —ahí sí que tenías que tener los cojones bien puestos siquiera para mencionarle— pero la gente te sigue mirando con recelo, así que la Biblia Satánica no se vende en todas las librerías.

Vuelvo a hacer research en Google y parece que se puede descargar pero, ¡joder!, ¿me voy a hacer seguidora del diablo y no me voy a comprar su libro? Que diréis:«Hombre, ¡pues claro! ¡Tendrás que empezar cuanto antes a hacer el mal!». Pero no, señores, esto no es El Día de la Bestia.

Al parecer, el satanismo tiene bastante poco que ver con lo que yo creía y, si lo piensas fríamente, no es muy molón: ni sacrifican cabras, ni mantienen lujuriosas relaciones con virginales damas, ni realizan oscuros conjuros dibujando pentagramas invertidos. Vamos, que por no hacer, no echan ni males de ojo. No sé cómo ni cuándo, pero en cierto momento a alguien se le ocurrió asociar satanismo con algo turbio y morboso cuando, en realidad, sólo se trata de un movimiento contrario al teísmo (principalmente al monoteísta, específicamente al cristiano). Pero, vamos, que podríamos decir que pasó lo mismo con los cristianos: es probable que Jesús se pareciera más al del musical que al de Mel Gibson. Y es que ese es el problema con las religiones, que en pleno siglo XXI sigue siendo vigente un libro que se escribió hace miles de años. Un libro en el que las personas que hablan del mesías ni siquiera llegaron a conocerle o incluso nacieron años después de su muerte. No por nada Pablo de Tarso es el patrón de la publicidad, ¡hizo el mayor proyecto de marketing jamás concebido! Nunca cruzó una sola palabra con Jesús y, aún así, gran parte del Nuevo Testamento es obra suya. Y, sin embargo, aquel que realmente conoció a Jesús, el que realmente creyó y confió en él, el que verdaderamente fue el primer cristiano, el que logró convencer a Jerusalén y al mundo que aquel hombre era el salvador, es conocido ahora como el gran traidor: Judas. Judas, que orquestó la crucifixión que llevaría a la muerte y resurrección del Mesías: el auténtico milagro de Dios.

Es al hilo de estas reflexiones como nace la Iglesia de Satán. Lo que Anton LaVey pretende enseñar al mundo es que la religión es una gran mentira, una plaga que, a través de la figura del Diablo, atemoriza a los hombres. Satán, por tanto, representa todo lo que el ser humano es realmente: un ser inteligente que se rebela contra Dios. Un ser que, en lugar de ofrecer la otra mejilla, es capaz de vengarse. Un ser que acepta sus pecados como algo propio, intrínseco a sí mismo. El Diablo es, al fin y al cabo, lo que ha mantenido con vida el negocio del cristianismo. Un negocio erigido a través de concilios, artificios, mentiras y engaños. Hazte satanista, piensa por ti mismo.

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