LOS RAYOS HABÍAN CRECIDO

Los rayos habían crecido

Pablo Rada


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Tienes veinticuatro años en la Barcelona pretremendo pedo de la crisis, 2007, unos padres venidos de la Galicia profunda en los setenta con los que vives, un grupo de amigos que piensas inseparable, un currillo de algo que te gusta y la cabeza llena de inseguridades y miedos del que sabe que se hace mayor y no quiere del todo. Allí, en la calle, está la vida que descubres de golpe cuando te quedas fuera de tu casa ―la de tus padres―, sin llaves y con un pijama ridículo que incluye una camiseta de las Olimpiadas del 92 que te llega por encima del ombligo y te vas a vivir con tus amigos.

Ya está dicho. Con esta premisa empieza Rayos, de Miqui Otero, pero en el fondo es mucho más. Si escribiera en otro sitio ahora me pondría a decir que el marco que ofrece la Barcelona de los primeros 2000, (sí, la misma de los pelotazos, las campañas culturales, la del inicio de la gentrificación y venta de barrios al mejor postor, la de la multiculturalidad de los euros planeada desde alguna mansión de Sarrià) sirve de escenario ―¡ojo! diría escenario― para las aventuras y el descubrimiento personal de este Holden Caufield de la Ciudad Condal, ahí es nada.

Pero diciendo esto no diría gran cosa y daría bastante asco.

Fidel Centella tiene dudas, dudas sobre todo y sobre todo dudas: la muerte, sus padres, sus amigos, el amor, el sexo, la propia ciudad. Ocasionalmente tiene también resaca o come techo y entre tantas historias dedica tiempo a trabajar. Elige algunas de las cosas que le pasan, las menos, y otras muchas parecen venir de serie por una cuestión del destino o de algo mucho más prosaico y, por tanto, probable como las decisiones que hasta ese momento se han ido tomando de una manera más bien aleatoria.

Además de lo dicho, Fidel Centella tiene también recuerdos, suyos y de otros, los recuerdos normales y, en consecuencia, mistificados al extremo de cualquiera con mucho tiempo libre, carácter introspectivo y educación superior. Los mitos fundacionales de un grupo de amigos que se conocieron en un colegio, probablemente concertado, de la Barcelona de los 80, de unos padres que salieron de la Galicia profunda, de aldea y matança do porco, para volver cada año por vacaciones, siempre de fuera en los dos sitios, los de sus propias cobardías y miserias, todas ellas de poca monta pero muy conocidas.

Todo este pasado lucha con él mismo mientras pasea, toma quintos o trabaja por la ciudad, un espacio enloquecido como lo es cualquiera en el que se pasan los años de juventud. Por él desfilan antiguos yonquies, viejos que viven en edificios de renta antigua, especuladores de la alcaldía y de las nuevas profesiones bien con nombres en inglés y maneras muy de aquí y guiris que petan La Boquería en esta corte de los milagros del mundo postindustrial y, teóricamente, próspero.

Y lo que hace Fidel, Fidel Centella, el mismo que te cae muy mal al principio hasta que te das cuenta de que eres tú mismo o al menos una versión de ti, es moverse por esta locura con la suya propia a cuestas intentado saber quién es y cómo tendría que ser y viendo que nada de lo que hasta entonces le había servido para ubicarse —los libros de segunda mano, las letras de las canciones de brit-pop (en vinilo eso claro) o la indie-ferencia política de los milennials más mayores— le valen para nada en ese mundo que se va poco a poco a la nada. Ni siquiera su lugar como hijo de emigrantes rurales, de una clase media ganada a costa de penurias, le va a durar mucho mientras conoce a diferentes personajes, a diferentes fantasmas del pasado, el presente y el futuro, y mientras los lugares mentales y físicos en los que se iba a refugiar desaparecen inesperadamente, tragados tanto por la locura urbanística optimista del nuevo milenio como por los recuerdos personales que se han ido asociando a esos lugares, estropeándolos para siempre.

Fidel Centella somos tú o yo y la mayoría de la gente con la que compartimos espacios, aficiones y tiempo. Fidel Centella es también Miqui Otero y está bien que sea él quien trace esta especie de cuento un pelín y agradablemente alucinado, esta crónica generacional. Porque si no lo hubiera hecho él correríamos el riesgo de que lo hiciera algún viejo, que llegase de ese espacio exterior que son los chalets en la sierra o los trabajos fijos a contarnos cómo es ser nosotras y nosotros y cómo es tener veinticuatro años. ¡Menos mal!

Rayos. Miqui Otero. Blackie Books. Madrid, 2016. 316 páginas. 21 euros.


Este artículo forma parte de una nueva sección de Juego de ManosLecturas. Este mes también puedes leer una reseña de Los primeros días de Pompeya y otra de Cocaína, además del prólogo de La Gata y el Ajedrez

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