UN LECHO DE CENIZA Y LOS PRIMEROS DÍAS DE POMPEYA

Un lecho de ceniza y los primeros días de Pompeya

Carlos Heras


los-primeros-dias-de-pompeyaLa protagonista de Los primeros días de Pompeya vive con su novio en un piso de la calle del Carmen. Un sitio tan pequeño que apenas da para descripciones, a pesar de que es uno de los lugares centrales de la novela de María Folguera, que compara la Pompeya que enterró el Vesubio con el Madrid que —dicen las contratapas— pudo enterrar Eurovegas.

Ella y su pareja no tienen nombre, igual que no lo tiene La Presidenta, aunque todos sabemos que se llama Esperanza Aguirre. Sí lo tiene el magnate de Vegas Corporation que, en lugar de llamarse Sheldon Adelson, se apellida Shedelton.

El nexo entre una precaria trabajadora del teatro y los dos personajes que deberían decidir la suerte de Madrid también tiene nombre de resonancias romanas: Adriano, un joven y ambicioso asesor de la Presidenta, compañero de facultad de la protagonista.

Antes de Pompeya —según la novela— hubo un asentamiento Neolítico cerca del volcán: también fue arrasado por una erupción, pero sus habitantes huyeron a tiempo porque supieron interpretar los signos. Al joven Adriano se le ocurre ofrecer para Eurovegas los terrenos de El Paraíso, una urbanización que no terminó de construirse antes de que se acabaran los años de ladrillo y crédito fácil. La Presidenta simplifica el relato y trata de convencer a Shedelton de la épica de construir una ciudad maravillosa sobre las ruinas de otra.

Eurovegas sería entonces una ciudad destinada a ser sepultada y construida —literalmente— sobre los escombros de una urbanización abandonada y —simbólicamente— sobre un Madrid que habría sido algo más que un casino. Ante las ruinas y la precariedad caben varias actitudes.

«El volcán ha explotado, los campos se han sembrado de ceniza, ¿significa eso que no podemos cantar a la luz de la luna?», dice Adriano exaltado, o eso imagina la protagonista. Él, que se piensa un tiburón de la política, es en realidad poco más que un becario, cobra 1.500 euros y sabe que no gozará de la estabilidad laboral de sus mediocres compañeros de trabajo. Sin embargo, quiere brillar y divertirse en la escombrera que es ese Madrid de pelotazos abandonados a medio construir.

Están los que no quieren resignarse al suelo de cenizas, como la protagonista y su novio, precarios productores de teatro y espectáculos que viven en una casa pequeña, fantasmal. Primero no tienen ningún vecino en el bloque y luego llega Hannah, la artista de dudoso beneficio en apariencia, que lejos de sufrir o causar la precariedad, es observadora maravillada y maravillosa.

Hannah, estadounidense, se propone recrear las figuras de una exposición sobre Pompeya en una performance nocturna que podría poner en riesgo el storytelling de la Presidenta para la ciudad-casino, al comparar «dos ciudades tan vivas como muertas».

La narrativa de Folguera, menos abiertamente militante, comparte un rasgo con la de Belén Gopegui: llevar los conflictos materiales, políticos, de clase, al suelo de las relaciones personales. Esa es la gran virtud de esta novela: la habitante de la casa pequeña se enfrenta a contradicciones, ama, odia y padece, y debe elegir oponerse y colaborar con Eurovegas —que no es el Vesubio, sino Pompeya— mediante varios de sus actos. Estos conflictos se brindan al lector alternando la primera y la segunda persona, dirigida a un hijo futuro de ella y el novio, que a veces sueña con irse a México en busca de la próxima burbuja.

«He escogido la profesión de portadora de pétalos de rosas para arrojarlos al paso de los vencedores», se resigna el personaje, que cada vez odia más a ese compañero de facultad con el que todo va bien mientras no hablen de ciertas cosas, ese joven que tiene tiempo para ser Cicerone en la noche madrileña de los jóvenes ejecutivos de Vegas Corporation sin olvidarse de dar trabajo a sus amigas, aunque ese trabajo sea en la gala de presentación de ese proyecto que se va a erigir sobre las ruinas de la ciudad que ella ama.

El cuerpo también es central en Los primeros días de Pompeya. En un momento del argumento, nuestra protagonista es una mujer en sus primeros meses de gestación con dos trabajos precarios —uno vocacional, otro prometedor— al borde de desfallecer. Cuando se pregunta qué hacer con ese embarazo incipiente, no puede evitar enfadarse con sus dos compañeros de trabajo por pertenecer a otro orden, «el de los autodeterminados y los saludables, los que tienen un cuerpo libre de preocupaciones».

Tampoco puede evitar odiar a Tono —su compañero más estúpido— cuando participa en una yincana auspiciada por el magnate Shedelton, que reparte por el Retiro 3.000 euros en billetes de 20 y 50. La precaria del teatro no envidia el dinero, reconoce, sino su radiante satisfacción.

No puede no enfadarse con Hannah, esa artista que pasa unas vacaciones precarias en Madrid pero está invitada a la recepción de Navidad de la Embajada, que coopera con la pesadilla de Eurovegas por curiosidad y no por necesidad.

El odio y el enfado salen del cuerpo, pero también el amor y la intriga por la pérdida del tío, el fallecimiento que abre la novela, el hombre pelado por un cáncer. Creo que Los primeros días de Pompeya también trata de ser una obra sobre la muerte, que se pregunta por el sitio de los ausentes, su forma de irse y sus vidas desconocidas. Este empeño, a pesar de dejar alguna frase memorable —«¿Cómo pudiste atravesar un pasillo tan terrorífico sin pedir ayuda?»—, no termina de encajar con el resto de la novela, una obra que comienza demasiado despacio y cobra ímpetu y vigor a partir de la segunda mitad.

«Eliges sobrevivir, porque eres una chica lista y sabes que es la mejor opción que tenías», le dice Hannah a la narradora en un punto del relato. Como los madrileños que invirtieron en El Paraíso, los pompeyanos, a diferencia de sus predecesores neolíticos, confiaron en el progreso. En lugar de huir, se quedaron en sus casas, esperando que la erupción pasaría. Sobre el lecho de ceniza madrileño, otros tratan de sobrevivir.

En su mayor virtud, la personificación de los conflictos materiales, Los primeros días de Pompeya encuentra también uno de sus defectos. Salvo la protagonista, la mayoría de los personajes corren el riesgo de quedarse en estereotipos. Un precio a pagar para construir esta novela política, íntima y valiente.

Los primeros días de Pompeya. María Folguera. Caballo de Troya. Barcelona, 2016. 256 páginas. 17,90 euros.


Este artículo forma parte de una nueva sección de Juego de ManosLecturas. Este mes también puedes leer una reseña de Rayos y otra de Cocaína, además del prólogo de La Gata y el Ajedrez

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