LA LITERATURA ADICTA DE DANIEL JIMÉNEZ

La literatura adicta de Daniel Jiménez

Álex Pérez


cocaina-daniel-jimenezSi hablamos de una novela titulada Cocaína, que le valió a Daniel Jiménez el Premio Dos Passos, parece justificado que nos permitamos comenzar divagando sobre química. A principios del siglo XX se hicieron varios experimentos que consistían en lo siguiente: se colocaban dos recipientes con agua en la jaula de una rata, uno de ellos con cocaína o heroína diluida. La rata probaba de esta agua y la droga que contenía la impulsaba a volver a beberla una y otra vez. Se volvía una adicta. Tanto, que terminaba muriendo por una sobredosis. Esta concepción de la adicción, según la cual las drogas son unas sustancias que crean una dependencia física insalvable, es la que ha perdurado hasta hoy.

Tuvieron que pasar décadas para que, en los años 70, se revisaran estos experimentos. Se suministró ambos tipos de agua, pero no a una rata aislada sino a un grupo ellas. Además, en la jaula se pusieron juguetes y buena comida. Las ratas apenas probaban el agua con droga; se pasaban el día jugando, comiendo y teniendo sexo entre ellas. El problema no estaba en las ratas o en la droga, estaba en la jaula.1

Cocaína es la invitación que nos manda Daniel, un joven adicto madrileño, para que visitemos su jaula. Una jaula en la que el vacío es cada vez más desolador. Y cuando no hay nada más, ya sabemos qué agua se inclina uno a beber: «no tienes trabajo. No tienes dinero y no tienes novia, pero tienes un gramo de cocaína en el bolsillo pequeño del pantalón». La novela está conformada por el diario del protagonista, que además de nombre, comparte muchos atributos con el autor de la novela, Daniel Jiménez. Es inútil elucubrar cuáles son verídicos y cuáles ficticios. Cocaína es un artefacto de autoficción, un género que se mueve precisamente en el terreno de las fronteras difusas que separan la ficción y la realidad.

Además de en autor y personaje, el protagonista se desdobla con el uso de una segunda persona que parece interpelar al lector, golpearle con el dedo en el esternón para que se pregunte cuántas de las miserias del protagonista son suyas también.

Las anotaciones del diario comienzan la Nochevieja que Daniel celebra metiéndose doce rayas en la soledad de su casa, y se prolongan durante un año. En ellas leemos cuáles son las rutinas estériles con las que ocupa el tiempo: dormir siestas, ver porno, esnifar cocaína, beber, rastrear el Badoo, esnifar más cocaína, ver las noticias de La 2 —y fantasear con Mara Torres—, no escribir e, indefectiblemente, llamar otra vez a su camello. Se cuentan por docenas las veces que abre un Word, le pone un título (parafraseando siempre a obras que admira: La cocaína infinita, En las cimas de la drogadicción, Cocaína, instrucciones de uso), y después de un rato bebiendo, esnifando y sin escribir una sola línea, termina por arrastrar el archivo en blanco a la papelera. Las dudas sobre su capacidad y el miedo al fracaso son más fuertes que su convicción.

El ánimo de Daniel se arrastra de la aflicción que emana de una autoestima frágil a la rabia cínica y la contradicción constante. El protagonista se pasa toda la novela escupiendo y limpiando los salivazos. Escupe contra los amigos que tienen pareja, hijos, éxito laboral, amigos «a quienes odias. A quienes echas de menos». Contra esa exnovia que se ha doblegado a la trinidad del matrimonio-casa-perro, pero que espera que vuelva para rescatarle de su apatía diaria. Contra esos escritores que parecen lograr todo lo que se proponen, como «el tirano Soto Ivars», aunque luego se prometa seguir su ejemplo. Contra una familia a la que desprecia a pesar de que siempre es a su madre a quién llama en los momentos más desesperados. Contra sí mismo. Sobre todo, contra sí mismo: «imaginas que podrías ser feliz si hubieras hecho algo, lo que sea, si no te hubieras vuelto un cobarde, un escéptico y un cocainómano».

La crisis y la precariedad son un ruido de fondo que se siente durante toda la novela. Daniel es otro titulado universitario que salta de un trabajo malo a otro peor —vale, siempre lo echan por presentarse borracho y drogado— y teme que no le quede otra salida que «marcharse de este país de mierda». Desde luego, no es militante. Sus reivindicaciones más ambiciosas son «ventajas fiscales» para la cocaína y una «rebaja mesurada y razonable en el precio». Si la novela es política es porque nos muestra el desasosiego que genera una sociedad competitiva, liberal y consumista, que promete —y exige— un éxito que termina por negar.

Daniel es una víctima de La sociedad del cansancio que describió Byung-Chul Han.2 Una sociedad donde las prohibiciones, los mandatos y las leyes han sido sustituidos por los proyectos, las iniciativas y la motivación; donde a la disciplina de lo que se debe hacer se ha sumado el rendimiento de lo que se puede hacer. Como dice el filósofo surcoreano, «no-poder-poder-más conduce a un destructivo reproche y a la autoagresión. El sujeto de rendimiento se encuentra en guerra consigo mismo y el depresivo es el inválido de esta guerra interiorizada». |

También es política la ausencia casi absoluta de escritoras en todo el libro. Cada capítulo comienza con un epígrafe de un escritor. No hay ni uno de una escritora y si menciona a alguna, como Isabel Allende, es para lamentarse de que su novela sea la más vendida.

Daniel resiste como puede la alienación de su existencia y los altibajos de su depresión. El suicidio de su hermana es una sombra que le persigue y que teme que se convierta en su condena. Desde que ella se quitó la vida, el protagonista frecuenta las consultas de psicólogos y psiquiatras, donde no espera encontrar ninguna mejora con el tratamiento, tan sólo un suministro barato de ansiolíticos para mezclar con la cocaína. Sabe que para salvarse no tiene que sentarse en el diván, sino en el escritorio. Mientras tanto, pasea por su jaula y se alivia bebiendo del recipiente reprobado. Sabemos que es difícil no hacerlo cuando «todo te resulta indiferente. Todo entra y sale de tu cuerpo sin dejar la más mínima huella. Todo, por supuesto, menos la cocaína».

1 Esta es una de las muchas incongruencias que revela Johann Hari en su libro Tras el grito (Paidós, 2014) sobre la llamada Guerra contra las drogas, que lleva librándose cien años en occidente bajo la batuta de Estados Unidos.

2 La sociedad del cansancio. Byung-Chul Han. Herder Editorial, 2012.

Cocaína. Daniel Jiménez. Galaxia Gutenberg. Barcelona, 2016. 188 páginas. 17,50 euros.


Este artículo forma parte de una nueva sección de Juego de ManosLecturas. Este mes también puedes leer una reseña de Rayos y otra de Los primeros días de Pompeya, además del prólogo de La Gata y el Ajedrez

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