¡REIKIAVIK!

¡Reikiavik!

AGV y Pablo Rada


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Cualquier cosa parece más importante que un tablero con sesenta y cuatro casillas repartidas de manera equitativa entre blancas y negras, sobre el que se encorvan dos personas mientras se muerden las uñas o hacen lo que hagan los jugadores de ajedrez. Porque aquel año, como la gran mayoría de los de ese siglo, había estado repleto de partidas, derrotas, victorias, rendiciones y muertes. Los peones eran blancos y negros, y también rojos y azules. Todos ellos implicados en el gran juego de fuerzas y debilidades, de secretos y anuncios por altavoz, que fue la Guerra Fría.

Una guerra que poco tenía que ver con Boris Spassky y Robert Fischer, pero que durante unas semanas se trasladó a su tablero. Una guerra que se vivía mucho antes de que aquel señor soviético —serio y con cara de ajustador metalúrgico—, nacido en Leningrado en 1937 y que había aprendido a jugar al ajedrez mientras era evacuado de su ciudad natal, a punto de ser asediada por los nazis (y la Krupp y el hambre que traían consigo), se sentase frente a aquel otro tipo más joven: un americano de Chicago con cara de violinista o de músico de jazz, con una historia familiar como para enterarse de algo (si quieren que se lo explique yo, lo llevan mal). Dos profesionales frente a frente reunidos en la minúscula capital de una isla volcánica, Islandia, que es lo más alejado que se podía estar en 1972 de la Guerra Fría.

Spassky-Fischer

Un año curioso, por decir algo, en el que la juventud vietnamita, laosiana y camboyana era diezmada por las bombas y las operaciones de unos EEUU que habían decidido vietnamizar el conflicto, a la par que mandaban a sus propios pobres y a sus propias minorías raciales a morir en él. En la Casa Blanca, Nixon, antes de ser tramposo, había vuelto de su viaje a China después de veinticinco años sin relación. Kissinger, el eterno, preparaba, en algún despacho lleno de moquetas de colores neutros, oscuros planes para Chile y toda América Latina (junto con empresarios de la United Fruit, Carbide, ITT y los chicos de oro de la escuela de Chicago). En Moscú, la sección afín a Brézhnev iba haciéndose con el control de departamentos y secciones estratégicos, comenzando lo que será la última etapa de pujanza de la URRS. Y solamente seis días antes de que comenzaran a mover las piezas estos dos, en Munich, durante las Olimpiadas, la organización Septiembre Negro mató a once atletas del equipo de Israel.

Lo que es un año normal, vaya.

El match, como adelantábamos, se disputó en Reikiavik, al mejor de veinticuatro partidas. Las victorias contaban 1 punto, los empates ½ punto y las derrotas 0, y acabaría cuando un jugador llegase a 12½ puntos. Si el match acababa en un empate 12 a 12, el campeón retendría el título. El primer control de tiempo era de cuarenta jugadas en dos horas y media. Se jugaría durante tres días por semana: domingo, martes y jueves; y cada jugador podría pedir hasta tres descansos por razones médicas. Si un juego era aplazado, se continuaba al día siguiente. El sábado sería el día de descanso.

Estamos en el verano de 1972, concretamente el 11 de septiembre, y el «genio irrespetuoso al que todo el mundo odiaba» cometió el error infantil más analizado de la historia: un alfil glotón se dio el capricho de un peón envenenado. 1-0.

Pero todavía estaba por llegar lo peor. Bobby no se presentó a la segunda partida. Estaba encolerizado por el ruido de las cámaras de televisión. 2-0.

Sobre este enfrentamiento en plena Guerra Fría, jamás superado en expectación y cargado de tintes políticos, han corrido ríos de tinta. Se enfrentaban dos formas diametralmente opuestas de entender la vida: la vehemencia contra la disciplina, la creatividad contra el orden, la adaptación contra la rigidez, el ímpetu contra la serenidad, la excitación contra la armonía. En definitiva, la locura de la genialidad contra el orden establecido: veinticuatro años de dominio soviético en el ajedrez mundial. Un dominio que no estaban dispuestos a perder. Por eso las autoridades soviéticas reunieron a todos sus excampeones para que asesorasen a Boris Spassky: era un asunto de Estado. Como lo era para los EEUU. «Eres nuestro hombre contra los rojos», le había exclamado Henry Kissinger a Fischer antes de abandonar el país. El ajedrez era una prolongación de la Guerra Fría.

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Estábamos 2-0 para Spassky. Y recordemos que Fischer jamás había conseguido ganar una partida a Boris Spassky en sus confrontaciones anteriores. Pero a Bobby se le veía muy tranquilo, muy tranquilo y confiado… Su tercer enfrentamiento se convirtió en su primera victoria.

Pero ahora estamos en la sexta partida. El marcador está empatado a 2½. Fischer remata el juego de forma brillante, encontrando una combinación que dinamita la posición. Ambos están igualados en cuanto a material, pero un simple vistazo permite ver que todas las fichas del norteamericano están dispuestas para el ataque, mientras las de Spassky se limitan a tareas defensivas. Agresividad, garra, ofensiva, iniciativa y empuje frente a defensa, protección, resguardo y conservación. Ésta supuso la confirmación de la remontada que permitiría a Fischer proclamarse campeón del mundo.

Tras la décima partida, Fischer ganaba por 6½ a 3½. Una losa demasiado pesada para Spassky que se vio incapaz de remontar el marcador. Esta derrota supuso el fin del interminable dominio soviético en el ajedrez. Pero aparte del resultado concreto, la partida tuvo en vilo a buena parte del mundo, desde los despachos políticos y militares a los salones de familias del desarrollismo, las organizaciones de liberación y revolucionarias, y quién sabe si también los cosmonautas en su carrera espacial con sus naves de curiosos nombres y sus letras rojas (CCCP) escritas en el casco. Fue uno de los pocos momentos en los que el enfrentamiento entre dos maneras de ver (y dominar) un mundo se plasmaron de una manera real y delegada. Un Vietnam o una Corea sin Napalm ni bombas pero igualmente tenso, igualmente mediatizado y peligroso. Ganó Fischer, que no era un estadounidense prototípico, y perdió Spassky, que quizás sí se parecía más a la idea de hombre soviético. Y a partir de ahí, bueno, todo volvió a su ser, y los peones volvieron a ser los de siempre.

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