REGRESO AL ORIGEN

Regreso al origen

Leo Moscoso


Tras el golpe de octubre de 2016 en la calle Ferraz, la purga procedía lenta, y silenciosa pero ineluctablemente. Después vimos a los que habían sido manos derechas de Sánchez —a César Luena y a Antonio Hernando— haciendo de chicos obedientes. Luena obedece a los golpistas; Hernando obedece a los golpistas y conserva su cargo. El Partido Popular iba ganando: en vista de la debilidad del PSOE ante unas eventuales terceras elecciones, ahora el PP no sólo pedía una abstención técnica que pusiera el Gobierno en manos del amigo de Bárcenas y de Rato, sino prácticamente un pacto de Gobierno. «O arrimáis el hombro para que haya un Gobierno o le damos al botón de las nuevas elecciones, y ya sabéis bien qué iba a ser de vosotros en las terceras» —este era el mensaje. El PSOE lo entendió bien, sabiendo que perdía con todas las opciones: si querían decir no al PP y no a Podemos, tenían que ir a unas nuevas elecciones, si querían decir no al PP y no a las nuevas elecciones tenían que decir que sí a Podemos. Optaron por la peor de las tres: para decir que no a Podemos y a las nuevas elecciones, tuvieron que decir que sí al Gobierno de un partido repleto de extremistas de derecha que estaba —además— cercado por la corrupción.

I

Los muñidores del golpe contra Sánchez reconocieron que aquel día de octubre en la sede de la calle Ferraz, el partido había dado «un espectáculo lamentable». Pero sabían que lo peor estaba por venir. En efecto, la bronca de Comité Federal del 1 de octubre de 2016 no era nada en comparación con la verdadera agenda de la Comisión Gestora, que buscaba en realidad entregar el poder ejecutivo del estado al PP. Mientras tanto, el análisis de los resultados electorales revelaba que el PSOE se convertía en un partido del sur rural de España que estaba desconectándose de las clases urbanas más dinámicas de la sociedad, y que cedía terreno a paso de gigante a Podemos entre el electorado de las grandes ciudades. El riesgo no era sólo el de volverse irrelevantes en Cataluña: la nueva dirección golpista sabía que, para poder ofrecer un programa atractivo a esas capas urbanas que están apoyando a Podemos, el PSOE está abocado a competir con Podemos por el mismo espacio político y a hablar con los representantes de las clases medias independentistas. Esto es justamente lo que no querían reconocer quienes se atrincheraban en sus feudos territoriales, pero su actitud equivalía a la de quienes meten la cabeza bajo el suelo para no ver.

No era, además, una batalla a dos, sino a tres: estaban los de Pedro, los de Susana y un número indeterminado de pijos arribistas mediocres que empezaron a colonizar el partido en los años noventa y que no han parado de medrar en él desde entonces. En juego había muchas carreritas de políticos de profesión. El dilema estaba claro: si el grupo parlamentario entregaba —como sucedió— el Gobierno a la derecha, el partido quedaría roto y habría llegado el momento de que los socialistas que entonces quedasen dentro de la organización, o bien, la abandonaran definitivamente, o bien, dieran la batalla —como ha sucedido— por volver a tomar el control de la dirección. También era posible, naturalmente, que la Gestora no hiciera concesiones al PP: en tal caso, se entraba en un escenario de nueva convocatoria electoral (que el aparato quería evitar a toda costa), y ese habría sido el momento en el que los militantes socialistas habrían tenido que apoyar en primarias a un candidato dispuesto a no pactar con la derecha. En ambos escenarios el PSOE estaba abocado a perder apoyo electoral y sus dirigentes a disponer de cada vez menos poder institucional que repartir entre sus seguidores. Lo que finalmente sucedió fue una combinación de los dos escenarios descritos: la gestora entregó el Gobierno a la derecha, pero no se atrevió —como algunos abiertamente proponían— a eliminar las primarias de la agenda y a postergar sine die el 39º Congreso, de modo que el aparato tuvo que enfrentarse al descontento de sus propias bases. En todo caso, era jaque mate. En efecto, el desenlace era idéntico sucediera lo que sucediera: la rebelión de las bases estaba en marcha desde la defenestración de Sánchez. Todos los que han presionado en la dirección contraria, alegando que el PSOE «no es un partido asambleario» o que «son los dirigentes electos, y no las bases, quienes deben tomar las decisiones estratégicas del partido» —los barones y las sultanas, los Felipes y los Rubalcabas— demuestran no haberse enterado de nada de lo que está sucediendo, y deberían ahora correr fuera del partido a fundar la organización de centro progresista que el PP, con su enorme lastre franquista, nunca podrá ser.

Queda el problema del tercer partido dentro de la organización: no son los Pedros ni las Susanas, sino el partido de todos esos trepas que están en todas las tendencias y que han colonizado el PSOE en los últimos decenios, es decir, el partido de los que en el lance se jugaban su puesto de trabajo. En el primer escenario, es decir, entregando el Gobierno a la derecha, y con un partido roto y en manos de una dirección socioliberal que lamina a la militancia, y que, en consecuencia, empieza a ser abandonado por los militantes socialistas de siempre, habría habido poco poder que repartir: el PSOE habría seguido perdiendo aliento electoral. Tanto peor para los arribistas. En el segundo escenario, es decir, el de una primarias en las que gana el candidato que el aparato no apoya —o sea, lo que siempre sucede en el PSOE— habrá aún menos poder que repartir, lo cual será una buena noticia para el partido socialista. El asunto de los trepas es crucial, porque sólo desde la constatación de su peso e importancia puede uno hacerse cargo de los bandazos y virajes de unas facciones y otras. Las ideas no cuentan cuando lo que se juega es la propia supervivencia. O mejor dicho, vienen después para ser usadas en función de lo que convenga. ¿O alguien de verdad cree que el «candidato» que mitineó en un entarimado con la bandera monárquica más grande de la historia electoral de la democracia post-franquista se nos había vuelto de repente de izquierdas? Quien eso crea, está muy equivocado: Sánchez es —igual que todos los demás— un oportunista que habría dicho sí a Rajoy si en ello le hubiera ido su propia supervivencia.

En resumen, los que decían estar contra Rajoy buscaban defender un partido condenado a la fractura o a la desaparición, y los que dicen defender el partido del envite electoral debían hacerlo al precio de ponerse del lado de Rajoy. Los de Pedro estaban abocados al Gobierno alternativo con Podemos si querían sobrevivir, pero los golpistas de Ferraz, si querían sobrevivir, estaban abocados a poner el Gobierno en manos de la derecha. No podían permitirse ir a nuevas elecciones porque habrían salido debilitados, y tenían que fiarlo todo a hacer posible un Gobierno y darse cuatro años —o dos— para lavar su maltrecha imagen. El argumento contra Sánchez no podía ser que el PSOE acumulaba derrotas electorales en 2015 y 2016, pues el descalabro venía de 2011 cuando Rubalcaba se hizo con la dirección —tras impedir que la difunta ex-ministra Chacón se postulara ella misma— revirtiendo así el curso normal del recambio generacional al frente de la organización. De modo que el argumento fue otro: Podemos y las fuerzas soberanistas —imprescindibles para una coalición de Gobierno alternativa al PP— eran «un peligro para España». Los representantes de PRISA en el interior del PSOE y los del PSOE en el interior de PRISA lo tuvieron muy fácil para conjurar el peligro del «populismo bolivariano»: impugnaron la coalición con el independentismo, cerrando a Sánchez la posibilidad de reconocer el derecho a decidir, si bien, unas semanas después, no pusieron los mismos reparos en que la secretaria del PSE, Idoia Mendía, negociase con los soberanistas del PNV la incorporación del PSE al Gobierno vasco.

Lo de facilitar la investidura del Gobierno más prevaricador de occidente y ganar tiempo para recomponerse mientras tanto fue una estrategia que no funcionó. Pero mientras tanto, el PSOE se iba hundiendo cada vez más en el lodazal de sus propias contradicciones. Desde hace tiempo, falta democracia y liderazgo en la organización. Pero lo que falta es —sobre todo— un buen análisis de la crisis económica, una clara condena de sus responsables, y un balance del impacto que el austericidio ha tenido sobre la sociedad que aspiran a gobernar. Finalmente, más allá del vocerío anti-independentista, que sobre todo se les oye a los dirigentes socialistas que antes fueron militantes del PP, al PSOE le hace falta poder ofrecer una alternativa creíble al problema de la desarticulación de la soberanía sobre los distintos territorios del estado.

Aunque los voceros más sectarios de la caverna mediática de extrema derecha lo repitan sin cesar, el PSOE no atraviesa una crisis de legitimación a causa del clientelismo y la corrupción rampante en Andalucía o en Castilla-La Mancha ―¿desde cuándo a un partido en España le debilitan electoralmente los casos de corrupción?―. Ni siquiera se está debilitando por su corresponsabilidad con la crisis. La del PSOE es, definitivamente, una crisis ideológica y de liderazgo, y las experiencias vecinas muestran que, ante una crisis así, cuando llega un Benoît Hamon a tratar de remediarla, puede que ya sea demasiado tarde.

Ahora sí podemos empezar a ver la morfología de la implosión que se avecina en el partido socialista. Mientras PRISA y la vieja dirección del XIII Congreso, no organicen otro nuevo golpe contra Pedro Sánchez, puede que el PSOE no pierda lo poco que sigue quedando de su militancia. Ello no evitará, en cambio, el descalabro electoral. Incluso si Sánchez consigue recuperar algo de apoyo en las elecciones regionales y municipales de 2019, el terreno perdido desde los años de Zapatero es ya mucho. Si —en cambio— alguien intentase un nuevo golpe contra Sánchez, ello significaría el abandono del aparato por parte de sus bases militantes. En este sentido, Pedro Sánchez está ahora mucho más libre y más fuerte de lo que estaba cuando la vieja guardia decidió convertirlo en su monigote para evitar que Madina o Pérez Tapias se hicieran con la secretaría general en 2014.

Como la debilidad electoral del PSOE va a continuar mientras exista Podemos —y Podemos ha llegado para quedarse— existe la posibilidad de que la victoria pírrica de Sánchez conduzca a que se marchen los arribistas (ya se sabe, cuando el líder pierde capacidad de repartir poder… sus apoyos están condenados a menguar) y los del IBEX-35. Con todos sus inconvenientes, este escenario tendría un lado muy positivo en un PSOE cuyas distintas capillas llevan treinta años promocionando mediocres dentro y fuera de sus organizaciones, mientras sus integrantes juegan al patético y sucio juego de mostrarse más leal a la organización, más socialista, más dialogante, más integrador y más listo que nadie.

II

Desde enero de 2017, el gran miedo de la derecha española es que si Sánchez vuelve a liderar el PSOE el bloqueo político en España regresará por la misma puerta por la que se fue. Aunque en Ferraz daban por amortizado al mozalbete de Pozuelo de Alarcón desde que salió cabizbajo de la infausta reunión del Comité Federal del 1 de octubre, la derecha tenía buenos motivos para recelar de la estabilidad del resultado. Todos confiaban en que Sánchez no dispondría de la capacidad organizativa como para plantar cara al candidato oficialista en las primarias. Pero todos sabíamos que había una corriente de fondo entre la militancia socialista. ¿Cómo es posible que los lumbreras de PRISA, los golpistas de la Gestora, y las eminencias de la vieja guardia de Suresnes hayan podido no dar ni una?

Parece mentira que entre tanto lumbreras no haya habido ninguno capaz de darse cuenta de que las sociedades euro-atlánticas se enfrentan a una rebelión populista originada en largos años de despreocupación por los intereses materiales de las clases populares por parte de las élites económicas y políticas. Esa rebelión democrática no triunfó en el Partido Demócrata americano que derrotó a Sanders, ni en el Partido Laborista británico que está laminando a Corbyn, ni ha triunfado tampoco en el Partido Socialista Francés  —a cuyo último candidato, Hamon, los socioliberales del PSF le han organizado una escisión por la derecha—, pero en cambio se ha abierto camino en la derecha gaullista francesa, en la izquierda francesa fuera del PSF, en la izquierda italiana dentro del PD que ha sacado a Renzi del Palazzo Chigi, y en la izquierda española dentro y fuera del PSOE. Las bases se rebelan y ganan. Tumbaron a Renzi en Italia y ahora tumban a Felipe, a ZP, a los barones, y a los golpistas de la Gestora. Todos ellos apoyaban a la sultana.

Con todas sus energías, según parece. Prueba de ello es cómo han presionado a la militancia para que la apoyase: Susana Díaz ha cosechado más avales que votos en un buen número de circunscripciones. Además de en su propio feudo andaluz, la inquilina del Palacio de San Telmo ha ganado las primarias en Badajoz, Ávila, Cuenca y Huesca. Por más que acusen a Sánchez de malos resultados electorales, está claro que bajo la autoridad de la sultana, el PSOE está abocado a convertirse en el partido del mezzogiorno hispánico. A Susana Díaz —ejemplo, donde los haya, de mediocre obediente del aparato— «le gusta ganar» pero pierde en su propio partido, mientras que en Madrid o Asturias, Sánchez sumaba tantos votos como los otros dos candidatos juntos, y se daba un paseo triunfal en Galicia, en la Comunidad Valenciana y en Cataluña. El portavoz parlamentario, Antonio Hernando, que encontró razonable abandonar a Sánchez para pasar a obedecer a la dirección golpista salida del 1 de octubre, ya ha dimitido de su cargo. Debe ser que no encuentra igual de razonable ponerse ahora al servicio del nuevo secretario general. Ahora que han perdido el poder, Susana Díaz, los barones, Felipe, Cebrián y Rubalcaba —algunos de los cuales llevan cuarenta años mangoneando el partido— se lo tendrían que hacer mirar.

Por otro lado, la diferencia de votos entre Pedro Sánchez y Susana Díaz suma, grosso modo, los apoyos recogidos en las urnas por Patxi López. El que no dejaba de hablar durante la campaña de la unidad del partido, es el que ha montado una tercera fuerza que solo lo dividía un poco más. Con el partido fracturado en dos mitades, está claro que los muñidores de la candidatura de Patxi López tenían dos objetivos. El primero era usar a Patxi López como sparring de Sánchez. Y el segundo era usarlo —en caso de necesidad— como recambio de Susana: es cierto que Patxi López y Pedro Sánchez son el 60% del partido; pero es igualmente cierto que Patxi López y Susana Díaz son la otra mitad del partido. Gracias a la carrera de errores de la banda de lumbreras de la antigua dirección, podemos decir que el PSOE está roto.

Y Pedro Sánchez —que quiso que Podemos diera su apoyo a un Gobierno con agenda neoliberal que él mismo buscaba encabezar— no es, desde luego, de izquierdas. Es un oportunista que está ahí no para echar al Gobierno corrupto de Rajoy, sino para hacer de muro de contención contra el previsible avance de Podemos en un escenario de descomposición del aparato socialista. Ya hemos dicho que el líder de una maquinaria electoral como el PSOE se mantiene como líder solo si puede repartir poder. Esa era la lógica de la sultana y la razón por la cual su único programa era el programa identitario de «un PSOE ganador». Como no era posible converger con Podemos, había que aceptar el Gobierno del PP antes que ir a unas nuevas elecciones en las que los apoyos electorales del PSOE se habrían reducido todavía más. Empleaban los malos resultados para echárselos en cara unos a otros (Pedro Sánchez a Tomás Gómez, Susana Díaz a Pedro Sánchez, etc.), pero sabían que ese declive no dependía de lo que ellos hicieran. Se trataba, y se trata aún, de otra cosa: de resistir el envite de Podemos e intentar ganar tiempo. Pero no ha funcionado. Ahora, la rebelión de sus bases ha roto con esa lógica oligárquica, lo que hace posible mantener el liderazgo sin tener poder que repartir. Sánchez es hoy más fuerte que nunca: no sólo por tener un mandato claro obtenido sin el apoyo de los poderes fácticos del partido, sino porque la lógica democrática no precisa del reparto de cuotas de poder entre acólitos para mantener la dirigencia. La huida de los verdaderos socialistas es ahora menos probable de lo que lo ha sido hasta ahora: si el partido se fractura, serán los tarados del «socialismo liberal» los que tendrán que abandonarlo. Con todo, es improbable que los barones y el viejo aparato que lleva casi medio siglo controlando el partido como si se tratase del viejo PRI mexicano, puedan organizarle a Sánchez una macronade: al Macron español se lo sacó la banca de su chistera hace un par de años, y ya está en el congreso de los diputados, de modo que los Corcueras & Co., que opten por darse de baja ante la victoria del peligroso bolchevique de Pozuelo de Alarcón, lo que tienen que hacer es correr raudos a pedir el alta en el partidito de Albert Rivera. Ocurra lo que ocurra —con un partido íntegro pero fracturado o con una escisión a la portuguesa— el PSOE estará en la posición de subalteridad en la que le ha puesto la rebelión democrática que está teniendo lugar en la sociedad española.

III

Tanto rodeo para regresar al 30 de septiembre de 2016 da un poco de risa, la verdad. Aunque en estos ocho meses, los dirigentes golpistas se han cuidado mucho de entrar en una gran coalición con un partido tóxico, de extrema derecha y cercado por la corrupción, como es el PP, solo facilitar su Gobierno ha resultado ser letal, como anticipábamos aquí mismo el pasado mes de septiembre . Si las fuerzas oscuras del PSOE no consiguen domesticar a Pedro Sánchez, entonces tendrán que, o bien, llamar a Rajoy para que disuelva el Congreso, o dar otro golpe de estado en Ferraz. Pero ahora, como hemos dicho, lo tienen mucho más difícil que en octubre de 2016. Mientras eso no suceda, el nuevo secretario general no debería olvidar que la voluntad de sus bases es que las siglas del PSOE no sirvan para que gobierne el PP: si Sánchez dice que no a la moción censura de Podemos, tendrá que proponer algo en su lugar. En cuanto a Podemos, sus dirigentes harían bien en recordar que, aunque puede que el PSOE no sea un partido de izquierdas, no habrá giro alguno a la izquierda sin el PSOE. Aunque siga teniendo la mayoría, Podemos no ha recogido íntegramente el caudal de la rebelión democrática, y una parte de ella no está con Podemos. Es decir, si el PSOE y Podemos no dialogan, gobernará siempre la oligarquía corrupta y la derecha.

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