REFUGIO DE UN SUPERVIVIENTE

Refugio de un superviviente

Marina Solís de Ovando Donoso


A Iron, «El Rojo»

Uno de los mejores motivos para amar la novela negra con entusiasmo y fiereza es porque puede ser una de tus últimas oportunidades para querer mucho a un policía. Las sórdidas y truculentas historias relatadas en este género de narrativa no pueden salir adelante ni mostrarse en todo su esplendor sin la ayuda de un protagonista que quiera desentrañar ese enredo terrible con la misma pasión que el lector, pero con algunas armas que él no tenga. Es su cómplice en la necesidad ansiosa por saber la verdad. Y como la gran mayoría de las veces esa verdad pasa por resolver un crimen, muchas veces ese protagonista es un agente de la ley que emprende la épica investigación. Así, los policías de la novela negra, más que agentes del orden (e incluso de la seguridad), son agentes de la verdad, de la curiosidad y de la resolución de los misterios. Por eso caen, a menudo, tan bien. Y entre todos ellos, uno de los más entrañables quizá sea el comisario griego Kostas Jaritos, creación de Petros Márkaris.

Jaritos acumula una larga lista de méritos por los cuales merece ser amado. Por ejemplo, a pesar de ser un hombre perfectamente estándar dentro de los cánones sociales de su tiempo, no le gusta ni entiende el fútbol, aunque su hija enloquezca con los partidos de la Eurocopa; lee en la cama, y su libro de cabecera es el diccionario griego Dimitrakos, donde busca palabras como banquero, crimen, estafa, parado o policía al caer las noches; y tiene un Fiat Mirafiori. El Mirafiori de Jaritos es un coche prehistórico sin dirección asistida, con el que el comisario atraviesa la bulliciosa capital de Grecia de protesta en protesta, comiéndose todos los atascos y callejeando hacia los lugares cambiantes del crimen, siempre muerto de calor. Ni que decir tiene que nadie más en su entorno —probablemente, nadie más en toda Grecia— tiene uno así, y llega un momento en que el policía y su vehículo se comprenden como un combo indivisible. Por eso, cuando llega el momento de deshacerse de él (porque su hija se casa, y no puede llevarla a la iglesia en ese trasto), la tragedia se torna tan insondable como intransferible, ardua de explicar a cualquiera que no sea el propio Kostas Jaritos. Ni siquiera él mismo se lo explica mucho. Porque al fin y al cabo, a quién quieres engañar, viejo Jaritos en medio de la vorágine urbanita, tú no usas el coche para otra cosa que para moverte de un escenario a otro de la aventura, no cuidas especialmente carrocería ni asientos, ni presumes de poseerlo frente a los peatones, eres mayor, demasiado pulcro y atusado como para imaginar fantasías sexuales de automóvil… sólo es un coche. ¿Por qué es entonces tan importante?

Cualquiera está en su derecho de no comprender el dolor de Jaritos, atormentado en su interior por la marcha de un burdo bien material. Sin embargo, es posible que hayamos partido de un axioma falso. Porque no es sólo un coche. Es el refugio de un superviviente del sistema, de alguien que observa perplejo cómo las personas se arrastran en la miseria y las dificultades económicas y, sin embargo, siguen más preocupadas porque su coche esté impecable, y porque sea un buen coche, que sea nuevo a ser posible (y si no, que al menos lo parezca). Porque el concepto de la propiedad del coche aparece en nuestro imaginario social como una visión en miniatura del proceso, casi ritual, de «hacerse mayor en un mundo capitalista»: ahí está, la primera gran deuda de tu vida, a cambio de poder decir que el coche es tuyo y de nadie más, bajo el velo del epíteto «nuevo». El coche se convierte en una demostración de poder, por pequeña que sea la escala en la que te midas.

Y a un hombre como Kostas Jaritos esta idea no le gusta, lo deprime y le asfixia pensar que nadie puede escapar de ella; pero de esa idea, como de tantas otras que le nublan el camino, lo protegía su Mirafiori. En medio del caos de las hipotecas sobre asfalto, ese carruaje pleistocénico, destartalado y sufrido como él, lleno de kilómetros y fallos como su experiencia en las investigaciones, lo abrazaba; igual que, sin decir nada, te abraza un amigo cuando le confiesas, a altas horas de la madrugada y sentado en el bordillo de una acera ya empapada en alcohol, que este mundo te está devorando, que sientes que no encajas, que estás triste y no entiendes por qué, que esta noche estás viendo cómo todo está muy mal, tanto que no parece que haya salida. Y ante este ataque de desconsuelo irremediable, el Mirafiori hacía por el comisario lo mismo que este amigo hará por ti —si es auténtico— como mejor muestra de lealtad a la mañana siguiente: permanecía a su lado, cumpliendo con su misión de sobrevivir en esta pelea contra los elementos, camuflándose entre los callejones de la ideología enemiga, llevando a su luchador, aun cuando a él le faltaran las fuerzas, hasta el lugar donde estaba la solución de su misterio.

Jaritos se despide de su histórico automóvil reconociendo que lo quería, adjudicándole incluso las cualidades vitales propias de una persona cuando habla de dejarlo «morir de viejo». Y con ello, realiza uno de los actos más revolucionarios y hermosos que una persona común puede llevar a cabo en las redes de un juego como éste: permite que sus emociones entren en la partida, y así convierte el instrumento más vicioso que el Poder había inventado en la mejor de las armas para combatirlo, en un canto a la ternura y a la humanidad. El Mirafiori no es importante porque sea un coche, ni siquiera porque sea su coche: es importante porque él lo quiere, porque se ha atrevido a quererlo y a mostrarse humano frente a este sistema fiero y descorazonador. Ahí es donde está el triunfo. Así que tranquilo, Kostas Jaritos, llora en paz a tu compañero de fatigas. Y tranquilo, lector que, tal vez, como yo, te hayas encontrado pasándolo igual de mal por ese pobre Mirafiori que ni siquiera es tuyo, de hecho ni siquiera (¡maldita sea!) existe: tu congoja es mucho mejor que la sonrisita de los que piensan siempre en un coche nuevo que será más nuevo, más brillante y más rápido… igual que el dolor de Jaritos lo hace mejor que casi todos los demás policías del planeta.

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