¡RECHACE IMITACIONES!: PARA ENDOGAMIA, LA ESPAÑOLA, QUE ES DE LA BUENA

Cuadernos orientales de Ruedo Ibérico

¡RECHACE IMITACIONES!: PARA ENDOGAMIA, LA ESPAÑOLA, QUE ES DE LA BUENA

Pablo Sánchez León


De José Martínez a mí:

Querido amigo

Me has pedido varias veces en tus últimos mensajes que te cuente cómo he terminado emigrando y exiliado en Corea del Sur, y ahora he leído una noticia que me motiva a revelarte una parte del periplo que me trajo hasta aquí. Porque no vine directamente; de camino recalé en Turquía, un país del que siempre digo que es como si a España la hubiesen dejado fuera del concierto occidental y hubiese tenido que esforzarse por emular a Europa para finalmente quedarse siempre fuera, en posición subalterna y excluida, expuesta a las inclemencias de todo tipo que eso supone; esto, siendo además los dos países antiguos imperios, les da un cierto aire especular: funcionan ambos a dos velocidades, sólo que España vive de las rentas de pertenecer a la koiné occidental sin apenas esfuerzo, y da una impresión formal de modernidad que esconde un núcleo cultural tan tradicional y reaccionario o más que el de Turquía; en cambio en Turquía es ese núcleo lo que parece destacar a simple vista mientras que lo moderno, aunque puede llegar a superar a los países occidentales, no recibe el reconocimiento que se da por descontado en la imagen internacional que posee el Reino de España.

Llegué a Turquía por una carambola, vía Inglaterra, donde me reclutó para su universidad —Sabanci University— un personaje realmente destacable por muchos motivos: Halil Berktay. Te resumo su perfil: militante de la extrema izquierda durante los setenta, cuando el país se encaminaba a un golpe militar, pasó por la cárcel, y con la vuelta de la democracia se ha convertido en uno de los intelectuales más significados del país; escribe cotidianamente en el periódico Taraf y pasará a la historia por haber organizado en suelo turco el primer congreso sobre el genocidio armenio de 1915, lo que le costó amenazas de muerte, llegando a suspenderse dos días antes de la fecha de comienzo prevista tras unas declaraciones en el parlamento del ministro del Interior del gobierno de Recep Tayyip Erdogan, para finalmente celebrarse unos meses más tarde y acabar así con un tabú casi mayor que el del genocidio de los castellanos en la América colombina (con la diferencia de que en el Reino de España aún no se ha visto nada parecido a un evento de esas características). Por el camino, en los ochenta, Berktay publicó la primera gran investigación desmitificadora de la figura y el legado de Mustafá Kemal «Atataürk», el padre fundador de la Turquía moderna —una especie de Franco «de izquierdas», seguramente tan autoritario pero no desde luego tan sanguinario como «Patascortas», y que también impuso la modernización manu militari pero no por medio de un discurso neotradicionalista ni menos a costa de la democracia—.

Pero si te quiero hablar de él es porque Halil es no sólo el mejor pedagogo que he conocido en el mundo académico, sino un ejemplo de que se puede anteponer los fines colectivos de una universidad a los intereses particulares de este o aquel gremio profesional o grupo de poder universitario.

Este hombre por dos veces, dos, me sentó ante un encerado de esos para rotuladores de fácil borrado y me desgranó con detalle la estructura docente entera de su universidad: la primera vez, en Birmingham al acabar un congreso, la charla que me dio duró algo más de una hora; pero la segunda, ya en Estambul, fueron casi tres horas completas explicándome la composición de la oferta docente, entre «core courses» y «elective courses», y dentro de esos los que eran exclusivos de la universidad y los que no —con sus numeraciones correspondientes: SPS101, H512, H523…—, además de los doctorados… todo ello para todas y cada una de las varias carreras de la universidad.  Agotador.

Y esto, ¿para qué? Pues entre otras cosas para mostrarme visualmente y hacerme más comprensible que en esa universidad ¡no hay carrera de Historia! siendo él mismo historiador de profesión, dirigiendo el departamento de Historia, y habiendo sido comisionado como uno de los diseñadores de la planta docente de Sabanci University. ¿Y eso por qué? Pues en su propia argumentación por la sencilla razón de que una universidad nueva, por dinámica que fuera, no iba a poder competir en pie de igualdad en materia de estudios de historia con las numerosas otras universidades del país. Estaba, en fin, abocada a reproducir los esquemas de funcionamiento de las ya existentes, a ser una réplica pobre y costosa de un modelo que es justo el que se trataba de abandonar o superar. Lo que Halil negoció fue que, a cambio de no contar con estudios superiores de Historia, esta universidad situada en las afueras de la parte asiática de Estambul estableciera una troncalidad absoluta en el estudio del pasado: en todas las carreras que ofrece Sabanci, de ciencias humanas, sociales o naturales, los freshmen tienen en primero dos asignaturas semestrales de iniciación al conocimiento histórico que funcionan a la vez como una suerte de historia no euro-céntrica de los procesos de larga duración y cambio hasta la globalización; después, en cada una de las carreras y especialidades, hay también al menos una asignatura optativa sobre el pasado relevante para esos estudios: historia de la ciencia, historia del arte, de la arquitectura, de las ciencias sociales… Pero no hay grado en Historia.

Además de esto y en contraste abierto con ello, Sabanci cuenta con un doctorado en Historia al que se pelean por ser admitidos los licenciados de las principales universidades públicas, como Boğaziçi en Estambul (Bosphorus University), o privadas, como Bilkent en Ankara. Es seguramente el doctorado en Historia más reputado del país, y es pensando en la calidad de esta oferta como se selecciona a su profesorado.

Pero esto no es sino la punta del iceberg. Porque lo que hace Sabanci es esencialmente formar estudiantes de posgrado para lanzarlos después a hacer sus tesis en universidades europeas y sobre todo norteamericanas, donde son normalmente admitidos con becas y contratos de ayudante en programas de doctorado de universidades de prestigio, empezando por Harvard (con la que Sabanci tiene un convenio de colaboración que se trajo Halil debajo del brazo cuando en 2007 le pilló estando allí el asesinato de su colega y amigo el periodista armenio Hrant Dink y, temiendo por su integridad si regresaba a Turquía, aceptó permanecer como profesor invitado un curso entero). Otros doctorandos se quedan en Sabanci, pero ya saben que cuando terminan sus tesis doctorales tienen que salir al mercado de trabajo, mundial o nacional: no pueden ser contratados en la universidad sin antes haber pasado por varios empleos en otras universidades extranjeras o turcas. En cambio, los que las defienden en el extranjero pueden volver con opciones de ser contratados —yo de hecho pude ser contratado en esa universidad por no tener mi tesis defendida en una universidad turca—, aunque suelen recibir ofertas en los países de acogida y quedarse.

Se trata de un ejemplo seguramente extremo de afán de internacionalización de un sistema académico, heredado de una larga dependencia por la trayectoria: porque va para ochenta años ahora que Atatürk impuso la enseñanza superior pública en Turquía mayoritariamente en inglés, de manera que el sistema universitario turco está en general mucho más expuesto a los modelos anglosajones —ahora, además, se haya integrado en el Espacio Europeo de Educación Superior y acoge estudiantes Erasmus como cualquier universidad de la UE—.

Pero si te cuento todo esto es porque quiero hablarte de tu país que sigue siendo el mío. Acabo de leer una entrevista con el nuevo presidente de la Conferencia de Rectores de las Universidades Españolas (CRUE), Roberto Fernández, que refleja bien cómo es la cultura académica dominante entre el profesorado universitario español, tan distinta en esto de la que yo encontré en Sabanci. En buena medida Roberto Fernández y Halil Berktay encarnan esa relación cruzada entre dos viejas culturas imperiales reconvertidas en la modernidad hacia estados nacionales, una de las cuales vive de las rentas de formar parte del mundo occidental mientras la otra ha de esforzarse mucho más y con riesgo de seguir relegada a un inmerecido segundo plano.

Sus perfiles son bastante aptos para la comparación. Así como Halil Berktay lleva trabajando en Sabanci desde los inicios del proyecto en 1994, Roberto Fernández se ha pasado los últimos veinticinco años de su carrera vinculado a la Universitat de Lleida, donde ha recorrido todo el cursus honorum que permite una universidad española, de profesor a rector pasando por director de departamento y decano de facultad. Esa experiencia le ha valido para ser elegido representante de la organización de los rectores para los próximos años, y por un porcentaje abrumador de votos. Le han llovido a continuación las entrevistas en los medios; pues bien, en una de ellas, publicada en eldiario.es, a la pregunta acerca de la endogamia en el mundo académico español, se despacha con esta argumentación tan sui generis:

La endogamia es como el colesterol, hay buena y mala. Tú tienes a un joven estudiando, hace lo que antes era la tesina, decide que la tesis después. Pero no se puede quedar. ¿Por qué? Porque no. Pero es bueno. Mucho. Ah, pero no se puede quedar.

Otra cosa es que en el proceso de formación del profesorado sea bueno que ese profesorado salga, vea otras cosas. Pero no le podemos decir que se vaya y cuando vuelva no va a tener sitio. ¿Hay endogamia mala? Claro. Pero no se llama endogamia, se llama amiguismo. Pero en ningún sitio hay un sistema por el que sea imposible que suceda. ¿Cómo no voy a ser endogámico con la gente buena? Si tengo a Messi, ¿lo dejo que se vaya a la Carlos III? Eso no lo hace ninguna universidad americana. Basta ya de tópicos, hablemos de la endogamia de otra forma, analicemos mejor las cosas.

Tela. Cuarenta años de democracia, con su herencia de cultura académica franquista que se supone que había que sacudirse, para que ahora nos digan que el problema es que no sabemos llamar a las cosas por su nombre y nos van a enseñar a hacerlo bien. Esta manera tan inapropiada de legitimar la endogamia sitúa a quien la defiende en las antípodas de la filosofía promovida por Sabanci University en materia de organización de recursos universitarios. Permite y merece aumentar la escala de la comparación.

No doy gran valor a los baremos numéricos y las evaluaciones encargadas a agencias internacionales supuestamente externas y «neutrales», pero en este caso las diferencias en cuanto a logros están a la vista. Sabanci lleva apenas veinte años funcionando (su primer curso académico fue en 1999), y en ese tiempo, no sólo se ha colado en el ranking mundial de universidades (en un honroso puesto cuatrocientos setenta sobre las setecientas más importantes del planeta, por delante de universidades españolas como la Politécnica de Madrid y las de Alcalá de Henares, Valencia o Sevilla) sino que está entre las diez primeras del mundo entre las universidades pequeñas, con menos de cinco mil estudiantes, por su capacidad de innovación. En cambio la Universitat de Lleida no aparece en ningún ranking mundial, siendo como es una universidad también de tamaño pequeño; y eso que recibe abundantes fondos públicos de un gobierno regional de los más ricos de un país que a su vez tiene una renta per cápita más de dos veces la de Turquía (la de Cataluña es casi tres veces superior), a diferencia de Sabanci, que es una universidad privada, sufragada por una familia de magnates empresariales turcos, bastante ricos sin duda, pero que no pueden invertir cantidades comparables a las que se dan en las universidades privadas norteamericanas.

Digo yo que algo tendrá que ver este diferencial de realizaciones con su diseño de troncalidad, especialización posdoctoral y selección de profesorado. Pero el argumento no debe tomarse como una loa a favor de la gestión privada de los bienes colectivos; no: ambas universidades son deficitarias, como no puede dejar de suceder y, bien pensado, como debe ser en lo relacionado con la I+D. La diferencia no es de supuesta filosofía de la gestión —«empresarial» la privada frente a la pública, que sería «de servicio»— sino de definición de fines —a corto frente a medio y largo plazo— y sobre todo de anteposición de intereses particulares y corporativos a los objetivos de la institución, medidos por su capacidad para mantenerse en un entorno crecientemente competitivo en cuanto a producción de pensamiento crítico de calidad.

Esta diferencia de concepción se comprueba bien para el caso leyendo al nuevo representante de los rectores españoles y viéndole mostrarse tan sensible hacia el penoso estado de los profesores asociados, que son quienes más están pagando la crisis y los recortes de financiación, subsistiendo con contratos a tiempo parcial en el límite del salario mínimo. Desde luego se trata de una injusticia flagrante, pero que se incardina en toda una economía política de la precarización y el aumento de la desigualdad en el seno del sistema universitario español: para ser atajado de manera adecuada el problema reclama una visión global de los problemas del sector y una apuesta por alternativas integrales, esto es, que afecten también al resto del profesorado, contratado y funcionario. De lo contrario, lo que se hará será de nuevo poner un parche, todo lo más en este caso estabilizar y/o dignificar a los asociados actuales, pero sin pensar en la tasa de reemplazo del profesorado en su conjunto y en el medio y largo plazo.

Sobre todo en eso que llaman «selección  y promoción del profesorado», la universidad española lleva desde los famosos penenes de los años ochenta —que el nuevo presidente de la CRUE, por edad, ha debido de conocer bien— acometiendo cambios «a demanda» de problemas emergentes y por medio de oleadas de «reformas» que sólo miran en el corto plazo y no se conciben integradas en ningún plan estratégico que aspire a la virtud. De esta manera, cada solución en forma de parche da pie al siguiente embudo: la universidad se cierra de nuevo, despreocupándose del destino de los que vengan después, y permitiendo la reproducción de una cultura de la corrupción de la que la endogamia es un mecanismo fundamental de selección adversa.

Todo esto quiere negarlo el nuevo representante de los rectores cuando blasona que la española de hoy es «la mejor universidad que hemos tenido hasta ahora». Sí, claro, señor presidente de la CRUE, sólo faltaba que fuese peor que la de tiempos de Franco, pero mientras tanto el diferencial con los sistemas de enseñanza superior e investigación de los países emergentes empieza a ser insalvable, y es esa la perspectiva que deberían adoptar las administraciones públicas y los representantes del sistema: frente a la permisividad española con la endogamia española, la exogamia de otros lugares parece una aspiración que, además de deseable, resulta asequible.

No atajar la endogamia es lo habitual, justificarla ya no tanto. El nuevo presidente de la CRUE va incluso más lejos. Cierra su alegato a favor del «colesterol bueno» —la endogamia como «Marca España»— con una sentencia que no puede ser más desoladora sólo porque resulta demasiado insultante: «Hay mucha gente resentida por no haber entrado en la universidad». La frase es como para enmarcarla como síntoma de un tipo de degradación cultural colectiva. Con ella este señor que representa la voz de las universidades públicas no sólo está afirmando que los cientos de licenciados y doctores que hemos tenido que buscar empleo en universidades extranjeras en la última década no hemos podido «entrar» en la española porque al parecer había otros mejores que nosotros, que son los que se han quedado los puestos, sino que está planteando que la universidad sólo recibe críticas infundadas, motivadas desde el resentimiento. A esto le respondo para empezar que, aunque no tengo problema en figurar en ese grupo de resentidos, le reto a que desmonte mis argumentos como distorsionados y no objetivos. El resentimiento no es un origen moral en absoluto ilegítimo para el conocimiento de la realidad, señor presidente; en cambio su buenísimo puede estar urdido por medio de razonamientos inconsistentes.

Pero además, lo que está revelando sin decir es que desde su punto de vista no sólo no hay motivos para adoptar una postura crítica con la universidad, sino —esto es lo más revelador— que para hacerlo que hay que estar «fuera», porque nadie entre los integrados en la universidad mantiene una postura crítica con la institución. Por ceñirnos al caso, lo que se está asumiendo y proclamando es que por el hecho de haber «entrado» en la universidad española, los asociados actualmente contratados han de pagar el precio de la aquiescencia con unas prácticas que en cambio desde fuera resultan entre sonrojantes e inadmisibles, además de objetivamente ineficientes para el estatus mundial de la I+D española. A partir de ahí, ya se encargarán sus valedores como Roberto Fernández de que les vaya llegando la estabilización, la dignificación y la promoción adecuada, independientemente de los méritos y adecuación de quienes compitan con ellos por las plazas futuras, vengan de donde vengan.

Me encantaría escuchar a asociados, contratados (incluso, por soñar, a funcionarios) docentes e investigadores que trabajan en las universidades públicas españolas desmintiendo rotundamente al nuevo presidente de la CRUE: pues se trata de ciudadanos al fin y al cabo que deberían sentirse doblemente agraviados, por la manera despreciativa con que despacha a quienes ejercen la crítica hacia la institución, y por la manera paternalista con que trata a los profesionales que representa. Mientras esto no suceda seguiré pensando que la universidad española es como la «nación española», que a su vez es como la Iglesia católica con el bautismo: una vez que se entra no hay manera de salir de ella, ni queriendo; otra cosa es pretender formar parte de ella sin aceptar su corrupta cultura que empieza con el silencio y la aquiescencia, y que tiene en la endogamia cortada por ese patrón su seña de identidad más notoria… Espero que entiendas por qué yo no digo de mí que soy sólo un emigrado laboral, sino además un exiliado.

Ay, el bueno de Halil, con esa postura de pasha que adoptaba cuando tenía algo importante que transmitir, sin perder nunca la calma y haciéndose explicar hablando como desde una sabiduría antigua otomana. Todavía recuerdo la bandera del Galatasaray que colgaba como una larga bufanda de elefante de la ventana de su despacho en Sabanci y cuya longitud iba aumentando o disminuyendo dependiendo de su estado de ánimo en relación con su país, con la marcha de su equipo o la de su vida personal… A mí, que el fútbol no me interesa lo más mínimo, me hizo cogerle interés; sobre todo cuando me hizo ver que la diferencia entre Estambul y Madrid es que esta sólo tiene dos equipos mientras la vieja capital otomana tiene tres: el Fenerbahçe que, como el Real Madrid, representa según decía al «old regime of the dictatorship», el Beşiktaş, que definía como el equipo de la «working class» como en Madrid el Atlético; pero además y sólo allí el Galatasaray, su equipo, que para él representa a la «enlightened bourgeoisie» de una ciudad desde luego más cosmopolita que Madrid. No sé si esto es así de fijo y certero, pero lo cierto es que a mí me hizo pensar que una forma de interpretar la universidad española es empleando esta analogía con los equipos de fútbol de la capital: no está concebida desde ese tercer espacio promotor, sino desde una oscilación entre los otros dos segmentos culturales, de ahí que su principal evolución en cuarenta años haya sido desde la integración de una clase obrera evanescente al franquismo sociológico resiliente que hoy volvemos a ver que la marca.

De todo este paso mío por Estambul hace ya tiempo. Ahora, al leer las declaraciones del nuevo presidente de la CRUE, no he podido dejar de imaginarlo diseñando la estructura docente y la distribución de recursos humanos en investigación y docencia en su universidad de origen, la de Lleida. En fin… ¡Y encima, al igual que Halil, Fernández es historiador de profesión! Las diferencias en su concepción de la función social del historiador dan para todo un ensayo, pero eso ha de quedar para otra ocasión.

Te abrazo fraternalmente,

José Martínez

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