QUIERO UNA BARBIE ROSA

Quiero una Barbie rosa

Marta Lezcano Vega


«Once you stop blaming yourself for all of this it was like somebody had lifted a rock off of you»

Carol Giardina en She’s Beautiful When She’s Angry (2014)

Hacía frío esa mañana. En las casas sin calefacción siempre hace frío en invierno, da igual que te encuentres en Palma de Mallorca; el frío es frío y cuando hay humedad se te cala hasta los huesos, o eso dicen. Pero a mí poco me importaba porque sabía que ese día los Reyes Magos me traerían regalos. Cuando vi aquella caja tan grande junto a mis zapatillas pensé que al fin los Reyes se habrían fijado en el juguete que año tras año ocupaba una línea en la carta con dirección al Lejano Oriente: un coche teledirigido. Y, efectivamente, el coche estaba, pero era el coche de la Barbie, que tenía el pequeño gran defecto de no ser teledirigido; y encima era rosa. Y yo siempre he odiado el rosa.

Desde niña hasta hace bien poco he presumido de odiar el rosa, de no haber sido capaz de acabar La bella durmiente sin echar una cabezadita entre medias, de identificarme más con Timón y Pumba que con cualquier princesa Disney y de haber proyectado mi ideal femenino basándome en Pippi Långtrump y Punky Brewster: niñas divertidas, fuertes, valientes y libres, que no llevaban vestidos, que no se preocupaban por los chicos y cuya conducta no se veía mermada por la presión social. Pero, aunque sigo viendo el valor (y la necesidad) de este tipo referentes culturales, ya no encuentro razones para sentir orgullo. Y no encuentro razones para sentir orgullo porque estoy cansada de buscar razones por las que sentirme culpable.

Hay algo que he ocultado intencionadamente en las primeras líneas de este texto y es que, al tiempo que deseaba un coche teledirigido, disfrutaba como loca jugando a las barbies y me zampaba gustosamente toda la filmografía de los primeros años de Devon Sawa (sin contar con que durante mi adolescencia he sido gran fan de David Bustamante). Esto no me causa orgullo sino vergüenza. ¿Pero vergüenza de qué?, ¿es que he hecho algo mal? Quizá no, pero para mí sí. Porque como feminista soy consciente de que determinados juegos y películas infantiles reproducen un sistema de dominación que oprime subrepticiamente a la mujer.

He llorado por un tío más de lo que sería capaz de llorar por la muerte de mi familiar más querido. Cuando eso sucede no sólo tengo suficiente con pasarlo mal, sino que además me siento culpable. Porque soy feminista y sé que el amor romántico es una basura. Me molesta muchísimo desear que se fije en mí la persona que me gusta, porque las feministas sabemos que hay miles de cosas más importantes en las que ocupar el pensamiento. Me desprecio cuando me hago la depilación láser o si quiero operarme las tetas. Porque como feminista asumo que con ello me acomodo en mi propia cárcel. Tengo que lidiar constantemente entre lo que deseo y me enorgullece y lo que deseo y me causa vergüenza.

Y, la verdad, no sé cómo deshacernos de estas contradicciones —quizá no debemos suprimirlas nunca—, pero hay una cosa que tengo clara: el feminismo no se ha tomado la molestia de existir para hacernos culpables, sino para hacernos libres; incluso de nuestros propios deseos.

 

 

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