QUEMAR DESPUÉS DE ESCRIBIR

Quemar después de escribir

Rod


He de reconocer que no soy ningún estajanovista y que, probablemente, nunca me lleve la medalla al mérito en el trabajo, así que procuro escribir mis artículos lo mejor que sé y luego tocarlos lo menos posible. Es por eso, por esa vagancia mía, que me parece increíble la gente que coge, acaba un libro, pero uno bien gordo, con más de cien páginas y tal, y no mis mil palabras de rigor, y lo queman. El trabajo de años, los desvelos que igual te han costado tu salud o tus relaciones personales o, incluso, el odio y la persecución de alguna autocracia del XIX. Coges y lo tiras al fuego, o al menos lo intentas.

Porque, vamos a ver, normalmente la gente que intenta hacer esto escribe bien, o a mí me gustan, que para el caso nos vale, nunca he oído o leído: «Javier Marías quema su último libro después de acabarlo (y antes de ganar automáticamente el Planeta de ese año)», porque, de oírlo, me parecería bien, me sentiría aliviado, si quiere le ayudo o pongo algo para el alcohol de quemar.

Pero, supongo que la causa, al menos una de ellas, de la quema de libros hay que buscarla en un deseo extremo de perfección, en la idea de que es mejor que nadie lea eso tan poco acabado y pobre (a Marías eso no le pasa porque todo lo que hace, incluidas sus columnas, son perfectas). Puede que también haya como cierta vergüenza o, más bien, una sensación de fracaso absoluto, de enfado con uno o una misma por pensar que esas letras valían, valían para explicar la propia situación, su pensamiento y pensar que al final nada vale bien para eso. Y quizás también haya algunos factores externos que puedan hacer más fácil tomar esa salida que supone la destrucción de las propias ideas, una especie de suicidio o de asesinato de tu progenie mental (así en plan bíblico).

Entre los factores externos, está sin duda el ser del siglo XIX. Porque el XIX no sólo nos dio cosas tan maravillosas como el amor romántico, el nacionalismo o los estilos arquitectónicos revival (gracias, de verdad). En ese fantástico siglo, lo intensito se llevaba de cara y como un orgullo (como si ahora no): Larra pegándose un tiro, epidemias de cólera cada jueves tarde, el duelo en el que Pushkin se metió (no le salió bien, si tuviéramos que traducirlo al lenguaje periodístico del XXI diríamos que: «famoso escritor muere después de un duelo»). Pero, ¡hay mucho más! El exilio, las luchas nacionales y, como no podía ser de otra manera, quemar tus libros después de escribirlos.

Emily Dickinson entra en esta última categoría, aunque participa de otra más. Cuando estaba a punto de morir en 1890, le pidió a su hermana que cuando muriese quemara todos sus papeles y escritos, especialmente sus poemas. Su hermana le hizo caso, pero sólo a medias y quemó únicamente su correspondencia.

La segunda categoría a la que hacía referencia en el caso de Emily Dickinson es la proximidad de la última y definitiva visita al tinte. Y es que claro, la última perspectiva, la del postrer adiós, como se solía decir, tiene que dar para pensar en muchas cosas y, entre ellas ,debe contar bastante el intento de recalificar la vida anterior, borrar los errores, los «casis» y las frustraciones de los que está llena cualquier vida…quemándolos.

Entre éstos encontramos a Nabokov que dejó instrucciones para que, a su muerte, quemaran su novela inacabada El original de Laura y, una vez más, su familia con buen criterio decidió no hacer caso. En esta categoría entra también nuestro amigo Franz Kafka (nada intenso él) quien en una carta antes de morir le pidió a un amigo que hiciese lo propio, con el mismo éxito que Dickinson y Nabokov. Aquí, al hecho de la proximidad de la muerte hay que sumarle, creo yo, que esta se produjera por la tisis (podría haber escrito tuberculosis, pero tisis creo que va más al punto) una de las enfermedades más literarias (en número de víctimas y de tramas).

Las primeras letras (no me refiero a Pepa y Misi), las primeras obras… ¿Quién no ha pensado que iba a escribir la obra nobel definitiva y qué no se iba a parecer en nada a lo último que habías leído? Así que, cuando tienes la desgracia de encontrarte con esos folios, aparte de sentir cierta ternura y mucha vergüenza lo más que haces es esconderlos en el fondo del cajón más recóndito, y ya está. Pero los escritores de verdad, los intensos cogen esas obras y las queman (a ver si aprendes): Cortázar con Las nubes y el arquero y Soliloquio; Thomas Hardy con su primera novela El pobre y la dama después de que se la rechazarán en tres editoriales (¡un poco más de espíritu, Tomás!); y otro ilustre intenso, James Joyce (¡ay, cuantas conversaciones sobre su Ulises que nunca has querido tener!), que quemó su primera obra, una pieza teatral, titulada Una brillante carrera, grande James.

Y ya llegamos a la categoría premium: ser ruso o incluso la tormenta perfecta; ser ruso, del XIX y estar a punto de caramelo.—¿Pero, qué mierda de categoría es esta? Te preguntarás. Pues hazlas tú—. Pero es que ser ruso, escritor y vivir en el XIX es una combinación difícilmente superable (ser sólo una cosa de estas independientemente tampoco es que sea sencillo). De momento vamos a hacer un repaso de los que NO quemaron sus libros: Pushkin, el duelo que salió regular (el otro tipo no opinaría lo mismo); Lermontov cuatro años después de Pushkin y con solo 26 años… ¡otro duelo! Con un amigo que para entonces había pasado a la categoría de ex amigo. A Dostoievski lo fusilaron de broma y lo mandaron a Siberia; Tolstoi vivió más que Matusalén y fue excomulgado. Antes de que vieras vídeos de rusos haciendo cosas (sin acordarte de cualquier jueves-viernes-sábado tuyos) y, definitivamente, mucho antes de que existiera el VHS o el BETA ya daban de sí.

Pero lo que de verdad nos atañe aquí es la hoguera y para eso ha venido Nikolai Gogol. Después de verse obligado a marchar al exilio y de la publicación de su obra más reconocida, Almas muertas, Gogol se embarcó en una peregrinación a Jerusalén para resolver los problemas de conciencia que le producían sus creencias. A su vuelta decidió dejar la literatura, quemó lo que tenía escrito de la segunda parte de Almas muertas y a los diez días murió terriblemente enfermo y mentalmente atormentado.

Y, finalmente, (no del XIX) tenemos a Mijail Bulgakov y El Maestro y Margarita. Bulgakov, hijo de un teólogo y con la mayoría de su familia emigrada, decidió escribir una novela sobre el diablo de visita por Moscú acompañado de un gato parlante, una bruja, un criado extraño y un demonio pelirrojo y con un único colmillo. Allí montan un cirio increíble en el cual vuelan sobre cerdos, van a restaurantes y ministerios, roban cabezas y discuten sobre la existencia histórica de Jesús, entre otras. Bulgakov destruyó la primera versión de esta improbable novela y, en la segunda, que tardo 67 años en publicarse íntegra, hizo que el protagonista, el Maestro, quemase el libro que en la ficción estaba escribiendo y, así, acabamos, como los intensos… ¡con METAQUEMAR LIBROS!

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