QUÉ VERGÜENZA: LA JUVENTUD INOPORTUNA DE PAULINA FLORES

Qué vergüenza: la juventud inoportuna de Paulina Flores

Álex Pérez


En los relatos que conforman Qué vergüeza, el primer libro de Paulina Flores, nos encontramos con personajes de muy corta edad: o bien niños, o bien jóvenes que vuelven la vista atrás y nos cuentan algún episodio de su infancia. Una infancia que puede ser «el tiempo en el que todo parecía fluir o flotar», sí, y en el que uno puede correr a meterse debajo de la cama cuando se siente a la intemperie, pero que no es el paraíso idealizado que la nostalgia nos puede hacer creer. Los episodios que nos cuentan los personajes son aquellos en los que la vida se adelantó unos años y les obligó a vivir como adultos cuando aún no les tocaba, presagios de lo que les depararía el futuro: las promesas hechas a sí mismos para resistir y construirse una vida, el miedo constante a defraudar, las primeras noches en las que el sentimiento de culpa no les dejaba dormir.

La penetración que alcanza la autora con la ambivalencia de la sensibilidad y la inteligencia de los niños es asombrosa. Uno lee con una sonrisa de ternura la ingenuidad con la que piensan y, un segundo después, se queda asombrado de su perspicacia. En el cuento que da título al libro, Simona siente el orgullo de la hermana mayor que ya es capaz de entender cómo se siente su padre. Se ha pasado noches enteras escuchándolo discutir con su madre y ha buscado en el diccionario las palabras que se decían y que no entendía. Al mismo tiempo, se siente afligida cuando busca otras «que sí había escuchado antes, pero que en su opinión no calzaban con su padre: fracasado, cobarde, egoísta».

Las situaciones que los personajes nos cuentan de su niñez son, como poco, complicadas, pero todos aseguran no haber sufrido ni haberse sentido abandonados. No es hasta que crecen y miran a su familia con una perspectiva más distante, cuando se dan cuenta de que quizás las broncas, la pobreza y los problemas con la justicia no eran tan normales como creían. Con el paso del tiempo, comprenden que sus padres no eran el tipo de héroes que cosechan victorias, sino de los que resisten una derrota tras otra.

¿Hay algo de relato generacional en estos cuentos? Todos los personajes que rondan la edad de la autora comparten un desencanto que se diría impropio de su juventud. Parece que cuando han puesto un pie en la vida adulta, lo han ido a posar en un cepo olvidado en mitad del monte. Algunos de ellos son mujeres de poco más de veinte años —es tentador pensar en la propia Paulina Flores— que, al mismo tiempo que sienten una superioridad intelectual sobre la gente de su alrededor, aceptan con amargura un «fracaso generalizado»: «es lo que me ha estado pasando en el último tiempo, a mis veinticinco años. Las revelaciones. El desengaño. Me sentí como alguien que recién comienza a entender cómo funciona el mundo, como alguien crédulo y limpio, una víctima».

Forman parte de una generación que ha podido permitirse viajes y estudios que sabían inútiles de antemano, que tiene aspiraciones artísticas y que desdeña los sacrificios que han hecho sus padres para no conseguir más que trabajos mediocres, matrimonios apáticos y familias cargantes. Por eso mismo están dispuestos a defraudar sin miramientos las esperanzas que han puesto en ellos para que suban algún peldaño en la escala social: «no había logrado más que su madre, aunque eso se parecía a un consuelo, pues nunca había querido ser ese tipo de mujer». Son jóvenes que renegaron de las construcciones sólidas del pasado, que tanto aprietan, para caer en los nuevos tiempos líquidos, que no ahogan, pero les tienen a la deriva, flotando a duras penas.

Los hechos que elige narrar Paulina Flores, sin dejar de ser ordinarios, son siempre significativos. Los personajes se encuentran en situaciones ambiguas en las que no hay una forma correcta de actuar, pero las decisiones que tomen, como se darán cuenta más tarde, marcarán los derroteros por los que discurrirán sus existencias. Vivir es equivocarse, y que los personajes sólo hayan tenido oportunidad de elegir entre caer en un error o en otro distinto no les librará de cargar con la culpa. Es difícil juzgarlos. A veces parece que en vez de tomar decisiones, las decisiones los toman a ellos y los zarandean sin un propósito claro.

Curiosamente, en las situaciones más perturbadoras se acentúa esta sensación equívoca, al adoptar la autora el punto de vista de una víctima que no se siente como tal. Hasta en los casos más extremos, los personajes sienten que todo lo que les sucede es perfectamente normal, desde una chica depresiva que no entiende que su ex novio la maltrataba, hasta una niña que tiene una primera experiencia sexual con un pedófilo y lo vive como si fuera un amor de cuento.

Paulina Flores nunca cae en el error de subrayar. Siempre hay más incógnitas que datos que expliquen las vidas y las conductas de los personajes, y estos datos los administra poco a poco, con mucha inteligencia narrativa. No explica las motivaciones de los personajes, no nos pone al día de sus antecedentes y no nos cuenta qué les ha sucedido para que nos manifiesten al final del relato, después de contarnos algún episodio de sus vidas —en una estructura recurrente—, un desengaño como el de la protagonista de Tía Nana que ya no se yergue «ridículamente frente al mundo, creyendo que podría vencerlo y salir ilesa».

Qué vergüenza. Paulina Flores. Seix Barral. Barcelona, 2016. 293 páginas. 18,50 euros.

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