QUÉ BUENO TENER A ALGUIEN A QUIEN ODIAR

Qué bueno tener a alguien a quien odiar

Pablo Rada


Las grandes rivalidades nacen normalmente de cosas tan insignificantes que, pasado el tiempo suficiente, ninguna de las partes recuerda bien el momento en que toda esa maquinaria de rencor comenzó a funcionar. Sólo queda un odio más allá de toda lógica, un sentimiento real y casi tangible que puede perfectamente convertirse en el fundamento de una vida.

Artistas, directores de cine, personajes de la pintura o académicos nos han demostrado que el odio puede ser un entretenimiento o un motor absolutamente válido que sustituya cualquier otro propósito. Luego, los estudiosos se encargarán de racionalizar ese primer momento, ese resplandor súbito de antipatía que se reproducirá después, a lo largo de los años, en todos los actos de esta guerra privada. Nos dirán que Fulano estaba en profundo desacuerdo con Mengano por las tesis que planteaba respecto a (ponga aquí lo que quiera): la composición pictórica/el uso del primer plano/la naturaleza del alma. Pero eso probablemente nunca fue así. En nuestros propios odios comprobamos que los motivos son a veces menos que nada: un comentario que no entendemos o que entendemos como una alusión negativa, un apretón de manos blando, un beso húmedo en la mejilla o el mal aliento pueden ser iniciadores perfectos de un asco bien asentado, duradero y, de alguna manera, vivificador.

Nuestros dos púgiles del odio de hoy no son pintores ni literatos del XIX, de los que resolvían problemas de versos a tiros (el Romanticismo, ya se sabe), tampoco políticos de la restauración, son entrenadores de fútbol. Pero hagamos bien las presentaciones. De un lado tenemos al más elegante de estos dos odiadores míticos: César Luis Menotti, el flaco Menotti, porque como en cualquier historia que se precie los protagonistas tienen apodos, resúmenes instantáneos de su físico y su personalidad. Guías breves para entendernos en pocos pasos.

Así que el Flaco Menotti (Rosario, 1938) era flaco y esta era su característica más llamativa en lo que al cuerpo se refiere, pero también mentalmente hablando porque, cuando construimos personajes de ficción (y cualquier famoso lo es), funcionamos trasladando estas cualidades que podemos observar al alma. Una especie, pues, de Lee Van Cleef, delgado, alto y con el pelo rubio (ahora blanco) más bien largo. Con su voz grave, quizás consecuencia de años de fumar metódicamente, dirigió durante años los mejores clubes de acá y de aquí. Pero esto no sería nada sin una némesis a la que contraponer sus valores, sus pensamientos y modos de hacer, sin esa otra persona que hace falta para que todas esas cosas se conviertan en absolutos, en una teoría con seguidores y dogma.

Y como esto es así, aquí tenemos al otro en discordia: Carlos Salvador Bilardo (Buenos Aires, 1938), nacido pues en el mismo año que su antagonista y apodado indistintamente (o probablemente no) el Doctor o el Narigón. Algo más bajo que el flaco y un poco más ancho de hombros; la elevación frente al apego a la tierra, podríamos decir poniéndonos estupendos.

Entre estos ejercicios de fisiología moral y pasada de moda,sólo hay dos rasgos compartidos por ambos: el año de nacimiento y el que sean los dos únicos entrenadores que han conseguido un título de campeones del mundo con la selección de la Argentina. Menotti lo hizo en el mundial de Argentina del 78 y Bilardo en México 86. Recordados los dos hasta el día de hoy no sólo por el acontecimiento, sino por las peculiares condiciones que acompañaron a estos títulos. En el caso de Argentina 78, por producirse la victoria del anfitrión durante la dictadura militar (no sin sospechas de amaño en el famoso Argentina 6- Perú 0). Y el segundo, por la actuación de Maradona en las semifinales contra Inglaterra, en aquel partido en que con el mejor gol de trampa de la historia y el mejor gol sin trampa de la historia también, Argentina sintió que en parte se vengaba por lo de las Malvinas.

Cuentan que el enfrentamiento surgió al poco de convertirse Bilardo en el nuevo entrenador de la nacional. Al parecer en una charla que mantuvieron ambos, Bilardo pidió consejo sobre tres jugadores; el flaco Menotti le recomendó convocar a los dos primeros y dejar fuera al tercero y Bilardo, bueno, Bilardo hizo completamente lo contrario y perdió el partido. Menotti declaró que no entendía por qué le mareaba con preguntas para luego hacer lo que le daba la gana, y ahí comenzó todo.

Puede parecer banal (y sin duda lo es), pero la cuestión está en que este choque de personalidades ha dado lugar a dos maneras de entender el fútbol e, incluso, a posteriores y más interesantes identificaciones.Menotti venía de una escuela de intelectuales del fútbol, gente que como Dante Panzeri desde las páginas del semanario deportivo Gráfico había teorizado sobre el juego como un espectáculo de los improvisados, de una belleza más bien natural y aparentemente anárquica o, al menos, autoregulada. Desde sus páginas, Panzeri y otros, como por ejemplo Carlos Pelleuce (antiguo jugador de RiverPlate) habían intentado desmontar lo que a su entender era la falsedad del supuesto fútbol moderno; la cientificación de técnicos y entrenamientos, la profesionalización, la seriedad y la ausencia de invención o belleza, la comercialización y otros supuestos inventos que según ellos no eran tales, puesto que ya se hacían hace veinte años, pero con otros nombres y dándose bastante menos importancia.

Menotti, un hombre culto y al que no es raro ver citar a escritores en entrevistas deportivas, se asoció y abanderó este modo de entender el juego. Entre sus ideas sobresalía la que enunciaba que no todo valía para ganar porque el resultado era sólo una parte más de una situación en la que todo sumaba y, por encima de eso, en el que jugar bien y bonito si importaba porque era garantía de jugar mejor y, como decía Dante Panzeri: «En fútbol el que juega mejor normalmente gana». Además de lo anterior, Menotti era y es de izquierdas como él mismo ha admitido sin problema cada vez que ha sido preguntado por ello.

Bilardo era otra cosa, primero estudiante de medicina y luego doctor, aplicó al fútbol una idea que venía cociéndose desde finales de los sesenta y que había tenido en Helenio Herrera, uno de los inventores del catenaccio, a su máximo exponente cuando entrenaba al Milán: ganar lo era todo y el cómo se consiguiera poco importaba, porque la victoria sería, al fin y al cabo, lo único que permanecería el tiempo suficiente como para que se olvidasen todas las demás circunstancias.

Era el fútbol defensivo y resultadista de Bilardo contra la idea de entretenimiento y la belleza como garantía de éxito, en las que se encarnaba la mecánica modernidad del método de Bilardo y la libre antigüedad del de Menotti. Y, a pesar de esto, sería con Bilardo con quien debutaría uno de los jugadores que más bonito y libre han jugado en la historia de este pasatiempo venido a más, Diego (no habría que decir nada más) Armando Maradona.

Estos dos titanes del odio siguieron gestionando públicamente su rencor después de su paso por la selección y dejando tras de sí nuevos discípulos que pudieran continuar con él sobre las canchas del país, en este enfrentamiento ideológico entre güelfos y gibelinos futbolísticos. Las filas de los seguidores del Flaco contaban con Ángel Cappa, quien siempre defendió un fútbol hermoso como garantía de éxito y quien nunca tuvo problemas en reclamarse como persona de izquierdas y advertir del robo del fútbol por parte de las empresas a sus genuinos poseedores, las clases trabajadoras, el segundo (ideológicamente) durante mucho tiempo de Menotti. También estaban en su cuerda el Loco Bielsa, Sampaoli, Guardiola. A Bilardo, en cambio, le siguieron los materialistas del balón: Simeone, el Vasco Aguirre o incluso Mourinho.

Sin embargo, el choque directo y no por persona interpuesta entre estos dos tipos sólo se dio una vez a lo largo de toda esta historia de odio. Fue en 1996 cuando Bilardo entrenaba a Boca Juniors y Menotti a Independiente y, por tanto, diez años después del mundial ganado por Bilardo y unos pocos más desde el inicio del odio, años repletos de ataques en la prensa, insultos y una auténtica banderización de los gustos y teorías futbolísticas.

El partido vino precedido por una tremenda expectación, parecía que al final se iba a dirimir de una vez por todas la disputa entre esos dos modos de entender y hacer el fútbol. Por primera vez en este juego, el interés se desplazó totalmente de los intérpretes a los ideólogos, a dos tipos de mediana edad y que miraban desde una banda y en traje como otros sudaban defendiendo sus ideas. Y, por una vez, por una sola vez, parece que hubo algo de justicia en el mundo y la belleza se impuso al cálculo y al interés, aunque sólo por cero a uno, para recordarnos que ni siquiera ella tiene tanto poder en esta tierra.

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