PROPORCIÓN, AUTONOMÍA Y VIRTUD: LOS ESTUDIANTES EN LA CRISIS DEL MODELO UNIVERSITARIO ESPAÑOL

CUADERNOS ORIENTALES DE RUEDO IBÉRICO

Proporción, autonomía y virtud: Los estudiantes en la crisis del modelo universitario español

 Pablo Sánchez León


 

De una conversación por Skype con José Martínez:

José Martínez: Esta vez te tengo que felicitar…

Pablo Sánchez León: ¿Por?

J.M.: ¿Por qué va a ser? Por ese manifiesto que has promovido con otros colegas a raíz del escándalo Cifuentes. Dais en el clavo: aunque se trate de un ejemplo excepcional, el fundamento de esas prácticas está bastante generalizado en el tejido académico nacional.

P.S.L.: ¡Ah! Gracias.

J.M.: (…) Una de las cosas que decís y que más claramente han quedado constatadas en este caso es que la iniciativa de los estudiantes ha sido determinante para el desenlace (…). Ellos pusieron la denuncia ante el juzgado que sacó el caso de manos de un equipo rectoral bajo sospecha de trato preferencial, y ellos con sus manifestaciones han puesto a la sociedad entera en guardia (…). Y mucho me temo que de lo que hagan ellos va a depender además que el asunto de fondo, la corrupción académica, tenga o no finalmente recorrido en la esfera pública y se abra finalmente, como se suele decir, ese «melón»…

(…) Y sin embargo, como bien recoge vuestro manifiesto, los estudiantes, que son «los primeros perjudicados» por todo este asunto, en general figuran «minorizados en la representación» y «marginados en la gestión universitaria». Esto me ha hecho reflexionar y hacer memoria sobre este colectivo desde que existe la democracia: la democracia, cosa que ahora se ha podido comprobar una vez más que no ha terminado de llegar a la universidad española.

(…) Recuerdo siempre lo que una vez me dijo un alto funcionario de universidad, que además era un importante cargo en un sindicato del personal administrativo. Cuando me quejaba ante él de la escasa representación que tienen los estudiantes en los órganos de gobierno y en general de cómo son un poco la comparsa del autogobierno universitario, defendió que eso le parecía que es lo correcto: los estudiantes no deben tener apenas representación ni poder en los órganos decisorios de las universidades, decía, a pesar de ser el colectivo más grande con diferencia, y sobre los que recae la mayoría de las políticas y decisiones que toman los equipos de gobierno. Lo interesante no era la postura sino las razones: «Los estudiantes son un colectivo inestable: vienen y van, están de paso en esta institución, y no se les puede considerar igual que a los otros colectivos…; carecen de la entidad necesaria para darles reconocimiento, no contribuyen como los otros a la institución».

P.S.L: Bueno, hay algo de cierto en esa visión de que los estudiantes universitarios tienen en general una fisonomía bastante particular y poco consistente como grupo: se es estudiante un tiempo que no suele ser largo y que normalmente coincide con etapas de juventud…

J.M.: Sí, eso es lo que parece; pero míralo por el lado contrario. Lo que este burócrata estaba señalando es que tomados como la suma de unos individuos particulares que además apenas  tienen esa condición durante un corto tiempo, los estudiantes no son apenas nada. Van y vienen, como decía, y se puede decir de ellos que no poseen intereses estables en el tiempo. Y sin embargo, la categoría de estudiante está socialmente más que admitida: todos sabemos qué queremos decir cuando hablamos de estudiantes, y de universitarios, y ellos suelen tener claro qué es lo que les interesa, y más aún lo que no les mueve. El colectivo de estudiantes existe independientemente de que sus miembros individuales vayan desapareciendo y por mucho que este o aquel estudiante deje de serlo al acabar los estudios y entre en otra categoría, como trabajador o seguramente parado juvenil… ¿Entiendes lo que quiero decirte?

P.S.L.: Sí y no… Quiero decir que no veo la relevancia del asunto.

J.M.: Pues que los estudiantes existen sobre todo y ante todo como colectivo, lo cual en una sociedad individualista como la nuestra les concede un estatus muy singular. Son un grupo antes y por encima de los individuos que lo forman. Es como si poseyeran una doble naturaleza: por un lado está el estudiante individual que sumado a otro y a otro hacen un grupo; pero por otro hay un colectivo que existe y que es más que la suma de los miembros individuales que lo forman. Un ente orgánico. Esto les da potencialmente una enorme fuerza, de manera que cuando irrumpen de esa manera en un escenario de conflictos, de alguna forma es como si apareciesen los estudiantes como categoría entera. Si te fijas es así como la prensa ha reseñado las manifestaciones de estudiantes en el caso Cifuentes: aunque los que se manifestaban eran unos pocos, nadie ha puesto en duda de que se trataba de «los estudiantes» como un todo o al menos como un genérico (…) A lo que hay que sumar que son el colectivo más abundante numéricamente de la comunidad universitaria, lo que los convierte potencialmente en un poder desbordante para las instituciones.

P.S.L.: Sigo sin terminar de ver qué quieres decir.

J.M.: Pues que fíjate la paradoja que se crea. En una sociedad tradicional los estudiantes tendrían reconocimiento como órgano dentro del cuerpo político porque conforman un sujeto colectivo que perdura más allá de los avatares de sus miembros individuales. Pero como estamos en una sociedad moderna, la constitución de las universidades lo tiene fácil para impedirles una representación proporcional a su cantidad por el argumento espurio de que sus miembros individuales carecen de estabilidad y continuidad como interés particular o al menos en comparación con los otros colectivos que conforman la comunidad académica, y eso marca el reconocimiento que pueden recibir en forma de derechos, representación y participación en la toma de decisiones.

(…) La infrapresencia de los estudiantes en los órganos de gobierno impide hablar en las universidades públicas españolas de un verdadero corporatismo, es decir, de una concertación política sobre la base de la interacción entre sujetos por vía de sus representantes que refleje el peso relativo de ellos en la comunidad. (…) En cambio los estatutos universitarios otorgan a los profesores y administrativos la hegemonía en los órganos del cuerpo político; el argumento implícito es que se trata de colectivos estables, que pueden perseguir sus intereses en el tiempo de manera duradera. De esta manera, los intereses particulares campan por sus respectos entre el profesorado y el personal de administración; el sistema incluso fomenta en ellos las facciones y clientelas como organizaciones informales, que son las que dan inicio a las lógicas de corrupción y sobre las que después sobrevuelan los sindicatos y partidos, para fijar de un lado el espíritu de cuerpo y de otro conectar esas facciones y clientelas con otras exteriores a la universidad.

P.S.L.: Ahora ya veo por dónde vas. Pero no termino de ver lo singular al caso: lo que me dibujas es un esquema que no se distingue demasiado de lo que se ha dicho de los obreros en el pasado.

J.M.; Es que en efecto hay analogías, pero la gran diferencia es que el vínculo social por vía trabajo se ha relajado mucho en las últimas décadas, y a su vez los obreros han sido integrados en el orden por la vía del consumo y los servicios públicos. Solo los estudiantes permanecen como un sujeto en una situación digamos «clásica»: carecen de reconocimiento como sujeto pleno en su esfera natural de actuación —las universidades—, y tampoco se han habilitado para ellos otros mecanismos de integración en estas; más bien al contrario, sobre todo con la llegada de la crisis la universidad se ha vuelto un servicio que, además de no garantizar réditos futuros, resulta caro y oneroso en el corto plazo. En suma, los estudiantes permanecen más bien fuera de la gestión académica, no reciben apenas beneficios tangibles y no poseen apenas reconocimiento como sujetos que contribuyen a la gobernanza en proporción a su cantidad.

P.S.L.: ¿Y por qué esto te parece tan importante, es decir, tan determinante?

J.M.: Pues porque el sistema es tan perverso que al operar así se ha privado a sí mismo de mecanismos endógenos decombate contra su propia corrupción. Con unos profesores, investigadores y administrativos naturalmente movidos por sus intereses particulares y bien reconocidos como sujetos, y unos equipos de gobierno dominados por estos, no es posible preservar la virtud en la universidad pública española (…). Nadie vela por los fines colectivos de largo plazo de la institución. Los únicos que pueden hacerlo son los estudiantes: como en el esquema clásico del gobierno mixto, ellos encarnan la cantidad y la fuerza; son lo más parecido al sustrato democrático de una vieja constitución desde el cual, al menos potencialmente, ejercen de límite contra la ambición desmedida de los egoístas y miopes, en este caso los muchos académicos que solo piensan en su promoción, su poder, su enriquecimiento a costa de lo público. Pero los estudiantes tienen que realizar esta función más bien desde fuera del sistema, por medio de protestas.

P.S.L.: Tu interpretación tiene el enorme inconveniente de que muy a menudo los estudiantes no se movilizan…

J.M.: Das en el clavo: en la medida en que el modelo de representación actual no les facilita un reconocimiento acorde con su proporción, y en cambio están socialmente instituidos como categoría genérica, los estudiantes, para existir como sujeto, necesitan movilizarse. O por decirlo de otra manera, como ente colectivo existen cuando se dotan de movimiento. Y esto tiene siempre algo o bastante de azaroso. No se puede activar el movimiento estudiantil por decisión de este o aquel poder ajeno, de dentro o de fuera de la universidad, ni siquiera por decisión de sus escasos representantes en los órganos académicos; pero tampoco se puede extinguir y manipular así como así el movimiento desde fuera ni desde dentro: no lo gobiernan las autoridades, tampoco sus propios representantes. El movimiento sucede, se produce, aunque solo cuando se produce.

(…) La preservación de la virtud en el mundo académico está así en manos del azar.

P.S.L.: Esto lo comparto plenamente. Aunque también es un fenómeno con dos caras. Cuando se producen, las movilizaciones estudiantiles dan pie a la forja de identidades de tipo generacional que perduran mucho más que la experiencia de protesta concreta. La palabra clave es experiencia: yo siempre digo que habría que distinguir entre alumnos universitarios que cursan estudios superiores y se capacitan para el mercado de trabajo: estos no atraviesan la universidad teniendo una experiencia… Y en cambio están los estudiantes que sí viven su paso por los estudios superiores como una experiencia que marca colectivamente sus vidas.

J.M.: En efecto. Por eso no me parece que el manifiesto que has promovido deban firmarlo los estudiantes. Los estudiantes «firman» sus posturas y compromisos de otra manera: no poniendo su nombre cada uno individualmente en documentos públicos sino por medio de acciones colectivas más bien anónimas.

P.S.L.: Estamos de acuerdo, pero habría que añadir que no todas las movilizaciones estudiantiles nutren por igual al colectivo. No todas son realmente luchas estudiantiles, en el sentido de protagonizadas por estudiantes de modo autónomo…

J.M.: Me gusta el matiz: eso de acciones colectivas «autónomas». En efecto, no todas las luchas estudiantiles son iguales: en ocasiones los estudiantes no marcan el carácter de las luchas y los conflictos universitarios.

(…) Esto sucedió ya en los años setenta: en la primera mitad de la década, en parte por herencia de la etapa anterior de aumento de la militancia, en parte por la entrada de nuevas generaciones aún más críticas y radicales, los estudiantes estaban a la cabeza de la lucha antifranquista, llegando a marcar la pauta de otras luchas en otros sectores sociales; en cambio durante la transición perdieron todo el ímpetu y pasaron de hecho a ir a rebufo de las iniciativas de partidos y sindicatos que entonces ya estaban legalizados. Hubo en ese proceso una componente dinámica crucial: los estudiantes más activos de comienzos de la década, conforme salían de la universidad iban pasando a militar en organizaciones políticas de fuera de ella, y una de las cosas que desde ahí hacían más conscientemente y con más éxito era mantener el control de las organizaciones estudiantiles. Al final el liderazgo estudiantil se quedó en pura correa de transmisión de partidos, al servicio de sus agendas, que se extendían asimismo sobre el nuevo profesorad0, perdiendo en definitiva toda su autonomía (…).

P.S.L.: Y entonces, siguiendo tu interpretación, no estuvieron en condiciones de intervenir para preservar la virtud en los fines de la institución, no pudiendo frenar o impedir la expansión de la corrupción.

J.M.: En efecto, y esto explica al menos en parte que la transición no diera pie a una democratización de la universidad franquista. Porque esas organizaciones políticas obviamente priorizaban antes que ninguna otra cuestión la estabilización del profesorado, es decir, de los antiguos estudiantes que ya habían dejado de serlo, a costa de la transformación profunda de las estructuras de poder académico del franquismo.

(…) Es este un patrón que ha dejado su marca sobre el movimiento estudiantil:hay etapas de movilización autónoma, o de movimiento estudiantil propiamente dicho, y otras en las que los estudiantes se movilizan pero al servicio de otras causas, exteriores o de ámbito comunitario o ambas, pero entonces no pueden ser cruciales para la preservación de la virtud en las instituciones (…).

Finalmente, solo en muy contadas ocasiones los estudiantes universitarios adquieren un papel que podemos llamar constituyente, implicándose en los cambios en el sistema de gobierno entero y en el formato de concertación de intereses de las universidades o de otras instancias más allá.

Un poco los de la generación del 68 en Francia, que en España son de algo más tarde, tienen ese privilegio… Los estudiantes que se socializaron en los estertores de la dictadura tuvieron la suerte de poder después venir a conformar al sujeto protagonista de la propia transición (…).

Ahora en este tiempo les ha sucedido algo parecido a los que se socializaron en las movilizaciones contra el llamado Espacio Europeo de Educación Superior. Cuando estallaron las protestas contra el Plan Bolonia los estudiantes que se implicaron en esa ola se empaparon de un lenguaje de defensa de lo público y tuvieron una experiencia que ha marcado sus vidas más allá del paso por la universidad. A pesar de las diferencias entre la situación de los años setenta y la actual, justo cuando estos estudiantes acababan de terminar o estaban terminando sus carreras universitarias estalló la crisis económica, y la experiencia previa de movilizaciones estudiantiles les ha garantizado un lugar destacado en el nuevo escenario político a escala nacional.

En parte era esperable que así fuera, pues el desbordante paro y la expulsión de mano de obra cualificada hacia el extranjero se ceban especialmente entre los jóvenes cualificados, pero lo realmente relevante es cómo los estudiantes movilizados hace una década, especialmente los que supieron mantener sus organizaciones de lucha más allá de la protesta universitaria, nutren ahora los cuadros de partidos como Podemos y otras iniciativas de activismo ciudadano derivadas de la respuesta social contra la crisis.

P.S.L.: Estoy muy de acuerdo con lo que dices, aunque a tu análisis le falta incluir la cuestión de las relaciones de esas cohortes de estudiantes con las autoridades universitarias y el cuerpo de profesores y administrativos. Esta perspectiva permite subrayar una vez más la singularidad de mi propia generación.

(…) Nosotros tuvimos la desgracia de tener que enfrentarnos con las políticas educativas del PSOE de su época dorada, a fines de los años ochenta, las cuales en lugar de buscar por fin democratizar la universidad generaron el marco más oligárquico que pueda imaginarse, transformando casi por decreto a los profesores contratados en funcionarios y a continuación cerrando la universidad a cal y canto durante una quincena de años: lo habitual entonces era asistir a tribunales de oposición con un solo candidato, obviamente «el de la casa», que había hecho la tesis a prisa y corriendo porque salía a concurso «su plaza». Estos son por cierto la mayoría de los profesores que ocupan los escalafones de más edad de la universidad actual (…).

Cuando en el 87 salimos a la calle a protestar contra una reforma de los planes de estudio que se hacía a nuestras espaldas y en contra de nuestras posibilidades de futuro, como trabajadores y como ciudadanos con cultura, los estudiantes nos quedamos solos: nadie, ningún otro estamento universitario secundó nuestras protestas, y los pocos dentro y fuera de la universidad que simpatizaban con una causa que en principio debiera haber sido también la suya, prefirieron dejar que nos inmolásemos y se construyera sobre nosotros todo un estigma, epitomizado por el tristemente famoso «Cojo Manteca»: estudiantes rondando la condición de lumpen en el momento en que se atrevían a cuestionar la mayoría parlamentaria y el poder emergente en los rectorados con la nueva ley. Después vino la sanción de todo ese modelo continuista y oligárquico por medio de elecciones a órganos de gobierno en las que los estudiantes estaban algo más que infrarrepresentados, de manera que no estaban en modo alguno en condiciones de frenar la corrupción desde dentro de las instituciones.

J.M.: Sí, a vosotros os tocó entender tal vez mejor que a nadie el valor de ser autónomos, aunque también las consecuencias de ello, porque la que os cayó fue gorda por osar desafiar poderes correosos y bien establecidos, toda una experiencia que seguramente os acompaña ya para el resto de vuestra vida.

Y es que la generación anterior, la que tomó el poder con la transición, dejó su influencia en lo bueno, pero también en lo malo de la universidad de la democracia (…) Lo cierto es que esos mismos estudiantes de la lucha antifranquista y la transición fueron los que después, siendo ya profesores e investigadores, impidieron la democratización de la universidad franquista: se habían constituido en un interés corporativo y a la vez controlaban el movimiento estudiantil desde las organizaciones de partido de ámbito nacional. La clave final de ese sistema fue la inclusión de los estudiantes por vía de un sistema electoral que favorecía la desvinculación de la representación respecto de la masa estudiantil.

Vosotros os opusisteis a esa tendencia, y el precio fue elevado.

P.S.L.: Así es. Y no creo que una situación como la nuestra se haya vuelto a dar en la universidad española, no sé en lo malo, pero desde luego no en lo bueno.

J.M.: Evidentemente no. No se ha dado porque desde entonces los estudiantes lo han tenido mucho más difícil para preservar su autonomía: a continuación quedaron integrados en un formato de representación que les convierte en un factor marginal dentro de las instituciones de decisión pero en cambio hace de sus representantes una valiosa moneda de cambio en las coaliciones de gobierno universitario.

(…) Este es el legado que tuvo que gestionar la movilización siguiente, en las luchas en torno a la implantación de la LOU (Ley de Ordenación universitaria) a comienzos del siglo XXI, que tuvo así el signo más contrario que se ha visto desde tiempos de Franco: toda la comunidad universitaria aparentemente unida en contra de los planes del ministerio conservador de adaptar aún más si cabe la universidad española a las necesidades del mercado, ahora de dimensión europea.

Evidentemente lo de comunidad unida era algo más bien impostado cuando no ficticio, pues en ese esquema «comunitario» los estudiantes ocupaban el lugar de los subalternos o más bien subsidiarios, y se movilizaron no ya a la zaga sino directamente al son de las reivindicaciones corporativas de profesores y administrativos, entonces orquestadas a su vez por los propios equipos rectorales conservadores.

Todavía recuerdo al entonces rector de la Universidad Autónoma de Madrid, Ángel Gabilondo, que estaba ya haciendo carrera política, el día en que hizo disponer delante de la puerta del rectorado una enorme megafonía y desde allí se dirigió a la universidad entera como un pastor a los borregos: todos juntos contra la reforma, toda la universidad en unidad de destino.

(…) Esa movilización no solo no logró reorientar la letra de la legislación sino que no aprovechó para abordar ninguno de los conflictos de fondo que atravesaban y siguen atravesando la comunidad universitaria, empezando por la escasa y manipulable representación estudiantil y continuando con la corrupción que ahora ha saltado hasta la prensa.

P.S.L.: Esto es lo que yo quería escuchar, porque esos estudiantes de fines de la década pasada que dices que ahora han logrado tener influencia en la política nacional tienen como estudiantes una experiencia más bien de paternalismo: aunque se movilizaron contra los planes europeos y después contra la crisis, lo han hecho desde la cultura comunitaria heredada de las luchas contra la LOU, y a menudo además con la connivencia de organizaciones políticas influyentes sobre los campus; algunas de hecho surgidas de los campus, nutridas por profesores que han saltado a la política, pero sin dejar nunca de intentar influir sobre las organizaciones estudiantiles.

J.M.: Sí y no. Pues la universidad que salió a la calle hace una década a protestar, primero contra el Plan Bolonia y después contra la crisis y el deterioro del servicio público, ya no estaba pese a las apariencias tan unida, para empezar porque eran muchos los beneficios que la privatización ofrecía a unos pocos poderosos, y a su vez el precio de la pasividad empezaba a ser entonces más bien bajo. Esto, claro está, era algo que los profesores y administrativos más movilizados no estaban dispuestos a reconocer abiertamente, menos a problematizar: que una parte importante de los problemas de la universidad española no están fuera sino dentro.

(…) Eso es lo que significa corrupción: no que un poder exterior intente imponer de manera arbitraria y para fines espurios un cambio en las instituciones sino que el problema de la perversión de lo público anida en el seno de la institución misma. Demasiadas luchas contra planes ministeriales han hecho a todos los colectivos universitarios perder reflejos ante este nivel del problema: a unos porque constatan demasiado la reducción de la política universitaria a la negociación entre intereses particulares, a otros porque viven encantados con ese orden de cosas en el que ha desaparecido toda visión por encima de intereses de grupo y a largo plazo. El discurso sobre la defensa de lo público hace las veces de amalgama perfecta de toda esta postura conscientemente ciega ante los problemas y conflictos internos por la distribución desigual de los recursos comunes.

P.S.L.: Y esto es lo que la pequeña pero altamente simbólica protesta de los estudiantes de la Universidad Rey Juan Carlos han venido hacer: desvincular a los estudiantes de los poderes superiores que los han mantenido durante más de dos décadas entre ninguneados, seducidos y sometidos a un poder oligárquico.

J.M.: En efecto, esta es la relevancia de la situación actual. Hay desde luego precedentes importantes, por ejemplo en las luchas recientes de los profesores asociados. Pero la clave la tienen, la siguen teniendo los estudiantes cuando consiguen ser autónomos. Ahora no les ha quedado más remedio, porque el profesorado y el personal administrativo han ido en todo este asunto más bien entre a rebufo de la opinión pública y a regañadientes. Por eso es tan importante el manifiesto que has movido tú: hace falta un revulsivo en el seno del profesorado y el personal administrativo. Un ¡Ya basta! que resitúe a los otros agentes ante una nueva comprensión de lo que significa defender lo público: defender lo público es combatir activamente la corrupción interna, señalando a los corruptos, denunciando las arbitrariedades y hablando por fin de los numerosos conflictos irresueltos que arrastra la universidad española.

P.S.L.: Te agradezco que sitúes el manifiesto en perspectiva. Yo en cambio me quedo preocupado. Mira lo que ha sucedido a continuación de su publicación: el Consejo de Gobierno de la Universidad Autónoma de Madrid ha emitido una declaración  en la que, en el intento de distanciarse de la «manzana podrida» —la Universidad Rey Juan Carlos, donde ha estallado el caso Cifuentes— realiza apreciaciones para las que no creo que esté del todo legitimado, pues requieren cuando menos del concurso de otras valoraciones añadidas, externas e internas. Comparto con este equipo rectoral el hecho de que los hechos que rodean el «caso Cifuentes» «desacreditan gravemente la labor de todas las personas que formamos parte de la comunidad universitaria», pero eso no exonera al profesorado, el personal administrativo y los estudiantes de la responsabilidad de evaluar críticamente el alcance de la corrupción en su propio entorno. Esto no es algo que se planteen hacer, y lo dejan claro cuando afirman sin permitir comprobación que la docencia en esa universidad se realiza «con competencia, responsabilidad y rigor». No creo que este tipo de afirmaciones contribuyan a garantizar la virtud de la que antes hablabas; al contrario, parecen motivadas por el intento de cerrar de antemano toda posibilidad de una reflexión colectiva sobre la crisis del modelo de gestión de las universidades, la propia y todas las demás, que ha permitido tanta corrupción.

J.M.: Sí, he visto ese comunicado. Bueno, yo creo que, más allá de que esta universidad en concreto o alguna otra se hayan sentido de alguna manera señaladas al salir a la luz el escándalo Cifuentes, estamos ante un ejemplo de cómo los actuales equipos de gobierno universitario pretenden seguir haciendo de juez y de parte en todo lo relacionado con la gestión académica: se autoexoneran de toda responsabilidad en los casos de corrupción que les afectan.

Pero para mí lo más sintomático es que la declaración dice venir «acordada unánimemente por las Juntas de Centro» de la universidad (…). Los estudiantes y los profesores y los administrativos, en lugar de apoyarlas deberíais salir al paso de este tipo de iniciativas, que son lo más antidemocrático que pueda imaginarse, porque no son producto del diálogo y la decisión colectiva entre los diferentes grupos de la comunidad académica, sino que son posturas institucionales promovidas desde arriba que más bien expresan el sentido común compartido todo lo más por algunos de los representantes, y no creo que todos, de la comunidad académica.

A estos equipos de gobierno que se permiten hacer declaraciones institucionales en nombre de toda la comunidad universitaria en momentos de crisis hay que recordarles algo que es muy de los meses de mayo, desde la primavera de 1968 hasta la de la crisis española de 2011 y el 15M: que en situaciones de crisis antes de actuar en nombre de todos necesitan realmente contar, no con la autoridad institucional sino con la legitimidad para hacerlo. De lo contrario se pueden encontrar con esa sentencia ciudadana tan elemental que señala que «NO NOS REPRESENTAN».

 

 

 

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