PROBLEMAS DE ESPACIO

Problemas de espacio

 Ceferino Fonseca


Si hubiera vivido en el campo todo habría sido distinto. Pero, desde que tengo memoria, he habitado en bloques de pisos de distintas alturas, con balcones algunos y otros con tragaluces. Primeros con lavadora, quintos sin ascensor y terceros embotellados. No tiene sentido contar cuántos, como sí lo tiene contaros que cuando por primera vez acompañé a mis padres a una inmobiliaria a ver un piso piloto —no debía de tener más de siete años—me di cuenta de que todo eso de la propiedad de la tierra era un engaño. En aquel lugar, tenían maquetas con las diferentes fases del edificio. La parcela sin nada, los cimientos, los enfoscados y el terminado con pequeños muñecos de familias felices. Cuando pregunté a mi padre cuanto costaban las casas y me dijo que treinta y tres millones de pesetas, se me puso cara de embudo y agité la mano a la napolitana. No podía entender cómo podía costar tanto si la propiedad estaba en el aire. Vale que el piso bajo costara más porque estaba sobre la tierra, pero los demás estaban construidos sobre el aire y, hasta donde yo sabía, la gente para ligar decía que tenía tierras, no aire. En todo caso, salía a que le diera el aire o se daba aires de marqués, pero nunca era suyo. Así que durante mucho tiempo pensé que nos engañaban a los que vivíamos en un tercero y habían comprado una casa. Un día le dije a mi madre que la habían engañado, que no tenía ninguna propiedad más allá del aire que quedaba entre el suelo y el techo, que el techo era suelo para otra persona, que en todo caso pagaba por un alquiler muy largo, pero que el día que se tuviera que demoler la casa por la inconsistencia de sus cimientos, no tendría forma de llegar a estos setenta metros cuadrados situadosa cinco metros sobre el solar y sostenidos sobre la nada. Mi madre había comprado aire pensando que era tierra. Recuerdo que se rió pensando «este chico…».

Pero desde entonces me imaginaba a mí mismo durmiendo en mi cama sobre el aire. La cosa fue a más cuando me fui haciendo mayor y fui interiorizando todos los robos y mentiras originarias perfectamente ensambladas en el pensamiento cotidiano de los que se dicen hombresy mujeres cabales. Vivía sabiendo de ese robo, pero no podía evitar que cada vez que llegaba a un edificio nuevo me entretuviera, como se distrae un colegial en clase, desarrollando el mismo ejercicio fantasioso con los ojos abiertos. Después de varias semanas habitando el edificio y haber visto a muchos de los vecinos, me imaginaba el edificio desde fuera y hacía desaparecer, primero, la fachada, después, los muros auxiliares, seguidamente las escaleras y ascensores, los encofrados de hormigón de los pisos y las vigas de madera, hierro u hormigón y, por último, el mobiliario de las propias casas. Sólo quedaban sus habitantes en la intimidad de los cinco centímetros de pared lateral y la seguridad del medio metro de armazón entre el techo y el siguiente suelo. Allí estaban, ejercitando la privacidad sobre el mero vacío. Jugaba a adivinar la disposición de las habitaciones y los muebles en función de cómo llegaban los sonidos a mi habitación. Me gustaba imaginar que nunca tendrían el baño encima de mi cama y que en ninguno de los pisos habría problemas domésticos. Así, cuando pasaba días solo en mi casa, construía teorías sobre los inquilinos de un edificio de paredes y suelos invisibles. La cosa era fácil en las casas pequeñas y estiradas, pero en las torres anchasy alargadas de doce plantas la cosa era complicada. Sentía agobio y nunca duraba más de unos meses.

 

Nunca le conté a nadie lo que hacía. Tampoco he sido nunca un fisgón. Digamos que fue un pequeño entretenimiento que sobrevolaba mi cabeza de vez en cuando. Hay quien piensa en cuántos hijos tendrá, o quien calcula el crecimiento de sus fondos de inversión, quien piensa en cuando se morirá su suegra o en las probabilidades de que se vea afectado por un atentado terrorista. Lo cierto es que nunca tuve la posibilidad de ver las casas de mis vecinos hasta hoy, cuando las humedades de mi baño han provocado que cediera el suelo. Ahora puedo ver perfectamente el piso de mi homólogo inferior. ¿Quién sabe si será cómo yo? Me pienso quedar hasta que aparezca y le preguntaré cómo lo arreglamos. Tengo miedo de que cuando le conozca sea como yo y mi neura sea algo compartido. Pensaba que esto era algo exclusivo de mi propiedad. Peor aún, temo que después de esto no vuelva a desnudar edificios con la mente.

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