PREGÚNTALE A PLATÓN

Pregúntale a Platón

Marina Solís de Ovando Donoso


«Es mentira que más de cien mentiras no digan la verdad».

(J. Sabina)

 

En cierta película que vi hace muchísimo tiempo, un profesor de literatura explicaba a sus alumnos que, en realidad, «escribir es sólo mentir». Esta afirmación puede resultar escalofriante dentro de esta moral sistémica en la que ahora nos movemos, esa donde la mentira es siempre despreciable, siempre un error muy grave, siempre un crimen aunque sea pequeño y, por tanto, no debe estar relacionada ni por asomo con las acciones ni personas nobles del mundo. Sin embargo, entender una historia como un relato de algo que no es cierto y, por tanto, a quien la construye como alguien que cuenta cosas que no son ciertas, no es una correlación tan difícil; es bastante lógica, de hecho. Pero el concepto de la mentira (y del mentiroso) sigue pareciendo tan ácido y doliente, tan imposible de juntarse con nada bueno que se nos ocurra, que la estrategia se retuerce para convertir esas mentiras en otras cosas que den menos miedo. Se habla de fantasías cuando estas mentiras son de una inocencia preciosa, a menudo infantil, que las lleva a erigirse como castillos de ideas en el medio de los sueños, cuando son tan bonitas que da corte tocarlas o compararlas con la realidad… y, por supuesto, no apetece condenarlas. El otro término estrella es el de mentira piadosa, reservado para cuando la mentira tenía un objetivo tan estupendo y de buena persona, que no podemos dictaminar sobre ella la sentencia que, como se ha dicho desde el principio, toda mentira merece, y llevarla a la hoguera, a ella y a su creador. Por último, cuando la mentira está en manos de los que le han dado una finalidad narrativa y de divertimento, se le confiere la condición de juego y se la denomina ficción. El problema es que, así como las fantasías infantiles y las mentiras piadosas siempre, o casi siempre al menos, se salvan… a la ficción no le ha pasado lo mismo. Y, si no, que le pregunten a Platón.

El respetadísimo filósofo griego tenía muy claro cómo debía ser la sociedad ideal. Cada cual tenía que saber cuál era su sitio, ocuparlo y funcionar en armonía con los otros individuos. Y algunos, sencillamente, no tenían sitio dentro de esa sociedad o ciudad perfecta («República»): como los poetas. Platón propone la expulsión de los poetas de su República, aquellos que cantan historias que no se corresponden con la verdad, grandes héroes que tal vez nunca nacieron, hechos que nadie ha visto o que no se sabe si fueron ciertos, discursos que quizá nadie dijo, palabras que tal vez nadie usó. Ellos, defiende enfurecido, son enemigos del bien porque cuentan mentiras, quieren que los hombres piensen sólo en las mentiras; y los alejarán, por tanto, de la verdad universal y el auténtico conocimiento. Por el camino de Platón fue no sólo la censura de muchos más siglos, incluyendo el nuestro, sino también la búsqueda obsesiva por la imposible objetividad incluso en las ficciones. A más se pareciese a lo que a cualquiera pudiese pasarle, más válida (quizá por «menos mentirosa») era la historia, hasta las nubes se revaloró el epíteto basado en hechos reales bajo el título de cualquier relato. Incluso cuando la historia danza en los confines de la imposibilidad tangible, se admitió un resquicio de la cruel verdad en el reino de la Ficción, un resquicio llamado «verosimilitud»: será imposible… pero que al menos sea verosímil.

El peligro de esta concepción de las cosas llega cuando recordamos que no sólo cuentan historias los poetas, no sólo escriben los escritores. Porque todos, constantemente, día tras día, construimos grandes y poderosas mentiras narrativas. Jugamos con lo que no es y, muchas veces, con lo que nunca, en ninguna circunstancia, podría ser. Y lo hacemos por varias razones, pero la más importante de todas es precisamente que podemos hacerlo. Podemos erigir algo que sea tan sólido e igual de interesante o más que la realidad sensible o corroborable, sólo que no hay necesidad de material alguno para que exista… y tampoco implica el trauma épico de la destrucción tangible hacer que deje de existir. Porque la capacidad de crear ficción es uno de los mayores tesoros que el ser humano tiene sin haberlo pedido ni trabajado, y sin suponerle ningún esfuerzo. Esas mentiras narrativas que cotidianamente se fabrican —un gigantesco piano de cola cayendo encima de un impresentable en el trabajo, una escena de sexo mejor que la de cualquier película en este ascensor estrechísimo con esta persona a la que ni conoces, un par de alas esponjosas con las que surcar el cielo, un dinosaurio… simplemente un dinosaurio— son una prueba de la genialidad que, de por sí, tiene la condición humana. Historias siderales creadas con la mayor sinceridad del mundo, pero cuya mejor característica es, precisamente, que jamás tendrán ninguna deuda con la realidad. Mentiras que están aquí para salvarnos del demonio del aburrimiento, para traernos ese conocimiento menos fácil y más hermoso que el que buscaba Platón, el de lo que ni siquiera es plausible, pero que aun así somos capaces de hacer surgir en alguna parte de nuestro cerebro. ¿No es impresionante, tirando a mágico?

Asumir que el ser humano puede ser impresionante y mágico por sí mismo, sin necesidad de elementos divinos o externos que lo eleven, es una idea que siempre ha provocado temblores en según qué sujetos; por ello, no debería sorprendernos que se haya perseguido tanto la narratividad mentirosa de los mortales, convenciéndonos de sentir vergüenza y culpa cada vez que una de esas construcciones aparece. Como si estuviéramos bajo la misma amenaza que los poetas en la República platónica, vivimos con miedo de edificar muchas de estas gloriosas mentiras, no vaya a ser que alguien nos oiga, escuche o intuya, y seamos expulsados de esta sociedad perfecta en la que hemos de entender —cuanto antes mejor— el lugar que verdaderamente ocupamos. Y no hay nada más lógico que sentir ese miedo; a veces, yo también lo siento. Pero, ¿sabes, amigo o amiga que por ahí estás, al otro de la pantalla? Lo bueno de las mentiras es que, a diferencia de la «pura verdad», nadie quiere poseerlas ni se pelea por su absoluta hegemonía. Así que, si tú quieres, si resistes conmigo el embiste de este enjambre guardián del tedio, el sopor y la deshumanización del planeta, podremos hacer inmortales nuestras mentiras más bellas, nuestras historias fantásticas, cada una de nuestras quijotescas aventuras acaecidas al pasar de los minutos… y aunque, dentro de las murallas de la normalidad, otros sean aceptados o admitidos, nosotros, afuera, seremos libres.

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