¿POR QUÉ NO ES ÚTIL LA LITERATURA?

¿Por qué no es útil la literatura?

Rocío Gómez Peña


La literatura es una 9mm milímetros italiana, un puto misil de los que le gustan a Trump, Putin y a Kim Jong-un.

Sucedió un 23 de abril de 1922, hace veinticinco años.  Luis García Montero al frente, espero, de una audiencia jugosa. Otro señor que viene a hacer apología de la lectura, de la literatura, de las humanidades… seguramente él también huele los libros. Pone su nariz sobre las tapas, repasa con el dedo el filo de las hojas y las olisquea. Ha cerrado los ojos. Quizá piensa que cualquier tiempo pasado fue mejor, como el hombre de cincuenta y un años que de joven  tenía un grupo y todos los días me repite lo mismo,  ―«en serio, Rocío, come on! sólo son burdas copias de los 70’s, no te dejes engañar por los pantalones pitillo. El punk ha muerto». Hala, ahí te quedas guapa. «Podemos aprovechar nuestro pasado, pero no convertirnos en pasado», le habría dicho Montero.  

A lo que iba, que tenemos al autor al frente de un montón de gente, seguramente es a los que menos tiene que persuadir durante la hora y pico que dura la conferencia sobre la utilidad de las letras. Es como aquella vez que fui a una charla-taller sobre «La libertad sexual de la mujer»,  ―«seguramente vosotras sois las que menos necesitéis estar aquí», nos dijo Ana, que impartía el taller. Pues estos igual, pero en lugar de estar  en el sótano del barrio de Lavapiés (Madrid)  y  rodeados de dildos, estaban en la Biblioteca de Andalucía en Granada. Casi lo mismo. No os preocupéis, no son lugares incompatibles.

A lo que iba, por segunda vez, que si a vosotros os pueden ayudar a ver las cosas un poco más claras los fragmentos que a mí me han fornicado la mente, y que están recogidos en la primera parte del libro ¿Por qué no es útil la literatura?, pues relajaos y disfrutad del orgasmo.  Os invito con el particular welcome que Luis García Montero ha elegido en el discurso, «tengo con frecuencia la sensación de que vivo en un mundo hostil, cercado por una sinrazón que desgasta, y me es necesario buscar descanso para seguir viviendo sin traicionarme, porque también el odio es una forma de traición, a veces más peligrosa que la renuncia o los cambios de bandera». Qué peligroso eso del odio hacia uno mismo ―esto lo añado yo―. «Los libros, al ir amontonándose en las estanterías de mi casa, han formado un paisaje moral, un jardín que me refugia y de vez en cuando necesito cultivar. Son una compañía silenciosa, un orden, una manera de ser. Sus cubiertas, el color de las encuadernaciones, los diseños suelen recordar algo, algún momento concreto de la vida, el modo o la razón por la que llegaron hasta la casa, las imprevisibles consecuencias. Y su orden en los estantes tiene poco que ver con los criterios objetivos de catalogación, suele obedecer al gusto, a una personal antología de la literatura universal, parte de nuestra propia vida. Dice Mario Benedetti que un escritor tiene su domicilio donde está su biblioteca. En medio de los exilios, los cambios de casa y de país, el escritor uruguayo, ha llegado a desorientarse, a vivir en el vacío. Pero siempre le quedó la brújula de su biblioteca para saber dónde seguía teniendo su casa». 

 Pero vamos al meollo de la cuestión, a ver cómo podemos concienciarnos de que la literatura, señores, es una 9mm milímetros italiana, un puto misil de los que le gustan a Trump, Putin y a Kim Jong-un. Nos hemos equivocado al enaltecer extremadamente en la poesía y en la literatura la figura del héroe,  es el llamado subjetivismo, la exposición del individuo concebido casi como el ser extraordinario dotado de un halo divino.  Perdonad que os lo diga, pero ese tufillo a devoración no es bueno, el sujeto en la poesía nunca debe quedar al margen de la sociedad, de la historia, del sistema,  «la poesía será útil si sabe participar en la elaboración de la respuesta, y no simplemente como sermonario o panfleto de ideas sociales, sino como plantación adecuada de una experiencia estética contemporánea». Por eso hace alusión Montero a la figura del héroe sin capa, a los seres normales: «es importante que los protagonistas del poema no sean héroes, profetas expresivos, sino personas normales que representen la capacidad de sentir de las personas normales. […] Una cultura positiva de la normalidad puede traernos el dinamismo y el respeto a la diferencia. […] Es mucho más peligrosa la rebeldía de los seres normales, aquellos seres que aprenden a desear lo que pueden tener. El deseo de los héroes es un  consuelo, nuestro deseo una posibilidad». 

Avanza Montero poniendo el norte de la brújula capitalista a través de la que nos orientamos en el concepto utilidad, palabra que por su relación con el aspecto económico, tan lejana nos parece  del mundo de las letras y del pensamiento: «la cara económica que define nuestras costumbres sociales ha identificado utilidad con negocio, con ganancia rápida, llegándose incluso a cargar de carácter negativo el concepto de utilidad, sobre todo en el arte, ya que la belleza y la profundidad humana han venido siendo los primeros sacrificados en el utilitario negociante de las sociedades industriales.  […] ¿es útil conocerse, entenderse con uno mismo, tener más datos sobre las reglas del juego de nuestra propia existencia? ¿Es útil estar informados de nuestra historia, de nuestro corazón, de nuestras posibles razones? En sus Observaciones sobre el sentido de lo bello y lo sublime, Kant afirmaba: “Es corriente denominar sólo útil a lo que satisface nuestra más grosera sensibilidad, lo que puede proporcionarnos abundancia en la comida y en la bebida, lujo en el vestido y los muebles y esplendidez en la hospitalidad, aunque no comprendo por qué lo deseado por mi más vivos sentimientos no se ha que contar igualmente entre las cosas útiles».

Hace también alusión el poeta a los canales de comunicación, pongamos por ejemplo en nuestro punto de mira la televisión,  un  vehículo que va derramando imágenes y palabras a borbotones  como si de un líquido corrosivo se tratara, asegurándose de no dejar al receptor tiempo suficiente para asimilarlas, mucho menos  profundizarlas o emitir un juicio crítico. Las redes sociales van mucho más allá, vemos las noticias en vídeos nunca más largos de un minuto arropados por imágenes impactantes y grandes titulares ¡Viva la figura del copywriter y de las seis respuestas que tenemos como margen de maniobra ―hablo de Facebook en este caso―! Y es que no nos engañemos, aunque está claro que no tendríamos suficiente tiempo físico para pensar (todavía menos para contestar ya que tendríamos que sentarnos a escribir un discurso que guardara una cierta coherencia)  en todos los post que salpican nuestro timeline, es verdad que ni siquiera profundizamos, ya sea cotejando información o de otro modo, en más de una noticia o sea lo que sea que leamos y que aparentemente nos encanta o nos enfada muchísimo. Vivimos en una cuenta atrás, con una prisa desenfrenada y un miedo al silencio, a la pausa, que no sólo aviva el fuego de la enfermedad de este nuestro siglo XXI, el estrés, sino que beneficia a todos aquellos a los que a veces molestamos por pensar demasiado. Los «leedores, como los mirones de la televisión, se tragan lo que les pasa por delante sin participar en la elaboración de sus propias conclusiones, ya que prefieren tomarlas prestadas de la evidencia. Los lectores, por el contrario, están llamados a la interpretación, a la lentitud de la duda crítica y a los merodeos de la imaginación». Al hilo de esta reflexión, plantea otra incluso más atractiva sobre la libertad de expresión y nuestra lucha constante para que no se le pongan límites a las palabras, pero ¿para qué las palabras si cada vez hay un empeño mayor en negarnos la capacidad inherente de pensar? En boca del propio autor: «¿dónde empieza la libertad de expresión? no en la hipocresía de esos mecanismos que permiten hablar en libertad, pero que antes dejan huecos los cimientos históricos e intelectuales de las palabras. Reflexionemos sobre nosotros mismos, porque igual que hay lectores y leedores, hay también votantes y voladores, representantes y representadores, como sabe cualquier técnico en campañas electorales. Y en la últísima tarea de que los leedores se conviertan en lectores, los voladores en votantes, y los representadores en representantes, es decir en la tarea de profundizar éticamente en el mundo y la democracia, la cultura tiene un papel principal, sobre todo la cultura libresca, aquella minuciosa educación que nos hace compañía en el laberinto del pensamiento». 

¿Entendéis ahora por qué no sirve para nada la poesía? «es inútil, como las humanidades en general, porque se gobierna mejor a los incultos, son más dóciles, se toman menos en serio su propia dignidad».

He llevado a cabo el artículo a partir de la conferencia que Luis García Montero leyó en la Biblioteca de Andalucía, Granada, el 23 de abril de 1992, bajo el título «¿Por qué no sirve para nada la poesía? (Observaciones en defensa de una poesía para los seres normales)». La conferencia está recogida en el libro ¿Por qué no es útil la literatura? junto con otras dos conferencias de Antonio Muñoz Molina, «La disciplina de la imaginación» y «Las hogueras sin fuego», de las que hablaremos en la próxima publicación de Juego de Manos, bajo el nombre de «¿Por qué no es útil la poesía? II PARTE».

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