POR QUÉ EL CANAL 24 HORAS DE OT ES LO MEJOR QUE NOS HA PASADO EN EL ÚLTIMO MES

Por qué el canal 24 horas de OT es lo mejor que nos ha pasado en el último mes

María de Castro @mdecastroramos


«Hasta los youtubers han debido de notar que sus visitas han caído porque estamos todos enganchados al canal de OT». Así resumía una tuitera el hype con la nueva edición del concurso musical, que regresó hace tres semanas a la televisión pública. Aunque no es en la pequeña pantalla, sino en las redes donde se está produciendo una pequeña revolución. Los modestos resultados de las galas emitidas los lunes —que se mantienen en torno al 15% de share— contrastan con la efervescencia de Twitter, donde #OTDirecto se mantiene como trending topic día tras día. En un momento histórico, convulso y acelerado, donde los titulares que abrían las portadas hace una semana son ya fósiles, en esta constancia, subyace cierta épica.

¿Qué es lo que tiene el 24 horas que tanto engancha? Si el formato televisivo, encorsetado y previsible, representa al viejo mundo que no acaba de morir, el canal de Youtube es todo lo que queremos ser. La realidad aparece sin filtros y es mucho más interesante que la que prefabrican en las salas de montaje. Un ejemplo: las canciones de las galas suelen ser radiofórmulas en inglés o castellano. En el 24 horas vemos a los concursantes agarrar la guitarra y lo mismo suena una canción en catalán que un tema del Kanka. Amaia rasga los primeros acordes de Duerme Negrito de Mercedes Sosa y, un rato después, Alfred desgrana la genialidad de Albert Pla, una figura que difícilmente tendría resonancia en horario de máxima audiencia. Las fronteras musicales se expanden. Pero, aunque el hilo conductor es la música, no nos engañemos: lo que nos clava frente al ordenador es el salseo. El voyeur que todos llevamos dentro se estremece de placer al intuir una incipiente relación amorosa mientras suenan las primeras notas de City of stars y todos somos Amaia, aunque quizás ni ellos mismos lo sean.

Es llamativo el contraste entre la hiperrealidad del reality y los fanfics que inventan los seguidores del concurso. Al final, el 24 horas de OT es el do it yourself que explica el éxito de los youtubers llevado a su máxima expresión. Nadie ajeno controla el proceso de creación del programa, la realidad simplemente sucede frente a nuestras pantallas y cada uno, desde su casa, puede elegir el fragmento que más le atrapa y volver a él en bucle. En el canal de Youtube, Black Mirror se encuentra con la esencia más inocente de nuestros tiempos de Tuenti. Porque hay mucho de ingenuidad juvenil en los concursantes, algo que sin duda hay que agradecer a los directores de casting, que dieron en el clavo al apostar por músicos desconocidos que rondan los veinte años. Han logrado conectar con ese público objetivo mal llamado millennial al que le flipa que, cuando parece que los dos protagonistas de la canción de la semana se van a besar, él le pregunte a ella si le huele el sobaco y se corte la conexión. Un cliffhanger de una maestría inusitada, porque es mucho más real que cualquier cosa que traten de vendernos por televisión.

Mientras que Gran Hermano se hunde por haber buscado personajes tan extremos y estereotipados que no logran conectar con la audiencia, OT triunfa por su naturalidad. Podemos ver cómo una concursante le choca la mano cómplice a una profesora cuando dice que a ella no le interesan los chicos, jóvenes que se niegan a hacer listas con los más sexis de la academia y a gente pidiendo perdón por hacer comentarios sexistas. Las conversaciones sobre poliamor, refugiados o las imitaciones a Mariano Rajoy fluyen con espontaneidad. Y no hace falta ser Laclau para saber que ya se está venciendo cierta batalla cultural si un tipo que se pasea por la casa con una camiseta en la que pone «feminist» se cuela en horario de máxima audiencia, o si una joven cuenta que su novio es trans y la reacción es la normalidad más absoluta. He aquí algo insólito y bello. Digan lo que digan los puretas y los intelectualoides integristas, en OT cultura, sociología y cotilleo se mezclan en un cóctel delicioso que no nos debería hacer sentir culpables por querérnoslo beber hasta el fondo.

 

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