POETA EN GUERRA II

Poeta en guerra II

Pablo Rada


Nos encontramos ante una extraña normalidad en la que los hombres bajan de sus tanques después de pequeñas y trágicas batallas y reciben por radio permiso para hacer té, esa locura tan británica que es el epítome de su aparente incapacidad para adaptarse al mundo y que, a la larga, actúa creando las condiciones para que este universo propio se traslade allí donde estén como una tienda de campaña.

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Y, sobre todas las cosas, llama la atención el botín, ubicuo e insignificante, de estos modernos caballeros (por las monturas digo); los tanques y camiones destrozados por todo el desierto y, en ellos, el vino, la carne, el chocolate negro, las armas y el equipamiento que será cambiado una y mil veces por corderos, dátiles y demás en una guerra gastronómica que se nos antoja un tanto absurda, pero que fascina por su cotidianidad, la cotidianidad de las guerras, la cotidianidad de un hecho que nunca puede ser cotidiano. El enemigo está, pero es una presencia que viene y va como en una ordalía o un rais, en el que los tanques resultan destruidos, algunos hombres mueren y el resto cambia a otro vehículo para seguir siempre con lo mismo mientras queden hombres y sitios en los que meterles (y matarles). Esta impresión se rompe solamente ante los cadáveres que, en posturas grotescas, aparecen en la arena desprovistos de cualquier contexto excepto del último y más brutal.

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Y así prosiguen, día tras día, en un camino desde casi Alejandría hasta Túnez, recorriendo la Cirenaica y la Tripolitania, la costa y el interior y tantos y tantos nombres evocadores de calor, aventuras y muerte, mientras se refugian en los wadies en los que comercian con los libios y bereberes, que ajenos a la guerra entre invasores iguales entre sí, no parecen hacer mucho caso de sus ingenios, batallas y hombres que, como tantos otros antes que ellos, han venido para dejar sus ruinas humanas y mecánicas a merced de un desierto con mucha más paciencia y tiempo.

A pesar de este carácter eminentemente británico Douglas no se muestra como un romántico de viejo cuño exaltado por el orientalismo y no prejuzga a las poblaciones autóctonas, de la misma manera que tampoco aparece en gran medida el desagradable paternalismo de los colonizadores. Douglas es un hombre que forma parte más de la tradición, aunque no de la generación, de los poetas británicos de la anterior guerra, como Sassoon u Owen, pero sin su poso amargo y fatídico. Es un hombre excesivamente inteligente, sensible y con demasiado conocimiento de sí mismo como para entregarse a la futilidad de estos sentimientos de superioridad. Mientras, luchan entre esos campos desérticos y montan sus tiendas de campaña, saqueadas de algún carro italiano o alemán, preparan sus comidas y tés y, cuando llegan los momentos de calma, se prestan ediciones de bolsillo que parecen formar parte casi tanto como las armas del equipamiento de estos atípicos guerreros. Son ediciones que llevan dentro de las torretas en baldas improvisadas construidas con ese fin. En la misma torreta, Douglas, por entretenerse, apunta en griego clásico las contraseñas de radio de la división. Así, cuando Douglas escapa para unirse a su regimiento nos dirá que lleva un par de calcetines, una muda, una bolsa de té, azúcar, tabaco y una edición de bolsillo de los sonetos de Shakespeare.

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Y, sin embargo, a pesar de esta aparente idealización, de este carácter de la guerra como sport, no se oculta la brutalidad de las condiciones y de las circunstancias que se viven: los muertos, las mutilaciones, el sinsentido de que alguien esté vivo en un momento dado y de que otro alguien a un kilómetro accione una palanca que comenzará una concatenación de hechos que acabarán con la muerte del otro.

El diario de guerra de Keith Douglas, De El Alamein a Zem-Zem, es un libro fascinante, un libro que se coge y no se suelta hasta que se ha llegado al fin. Quizás sea una deformación personal, aunque no lo creo. Como los poemas de Sassoon, no se trata de un canto a la guerra, no hay que buscar en él la fanática idea de Ernst Junger en Tempestades de acero, en el que la guerra se muestra como un mecanismo casi darwiniano que separa drásticamente a los «débiles» de los «fuertes», a los «aptos» de los «incapaces». En Douglas no hay una concepción social de la guerra (ni siquiera política), al contrario, hay un deseo de probar, de conocer; la curiosidad de qué es aquello que mata a los hombres y se extiende como la plaga por el mundo; en definitiva, hay un anhelo trágico e irrefrenable de sentir y, paradójicamente, de vivir: vivir el miedo y la euforia. Y probablemente para su carácter estos sentimientos sólo podían alcanzar las cotas que él buscaba muy cerca del borde.

Keith Douglas pudo experimentar todos estos sentimientos durante poco tiempo, quizás debido a la intensidad que les exigía. Murió dos años más tarde, el 9 de junio de 1944, tres días después del desembarco de Normandía, cuando salió de su tanque para observar y le cayó encima un proyectil de mortero. Su muerte no es peor ni mejor que la de cualquiera de las personas que se ven arrastradas a una situación de ese tipo; incluso siendo un militar y un oficial, quizás fuera más justa que la de los cientos de miles de civiles o de soldados rasos a merced de voluntades ajenas y, en muchos casos, desdeñosas de su sufrimiento y de su derecho a la particularidad de sus existencias. En ningún caso hemos querido transmitir otra idea.

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Probablemente Douglas no quisiera la guerra. Podría haberse dedicado a explorarse a sí mismo de otra manera en tiempos de paz, a probar y conocerse mediante otro tipo de viaje más pacífico. No le cupo en suerte esa opción y decidió vivir enteramente todas las sensaciones que pudo: el miedo cerval, la euforia del saqueo y la alegría triste de las victorias. Vivió intensamente rodeado de brutalidad, de la que fue partícipe, y escribió dejando testimonio de un viaje terrible y que no podría acabar jamás y, así, con el desierto, con el mundo ante sí cerró el libro que sería publicado tras su muerte:

«Y mañana, nos dijimos, montaremos en todos los vehículos que encontremos y recorreremos todo el terreno sobre el que los hemos derrotado y recogeremos más botín del que hayamos visto nunca».

Simplify Me When I’m Dead

Remember me when I am dead
and simplify me when I’m dead.

As the processes of earth
strip off the colour of the skin:
take the brown hair and blue eye

and leave me simpler than at birth,
when hairless I came howling in
as the moon entered the cold sky.

Of my skeleton perhaps,
so stripped, a learned man will say
“He was of such a type and intelligence,” no more.

Thus when in a year collapse
particular memories, you may
deduce, from the long pain I bore

the opinions I held, who was my foe
and what I left, even my appearance
but incidents will be no guide.

Time’s wrong-way telescope will show
a minute man ten years hence
and by distance simplified.

Through that lens see if I seem
substance or nothing: of the world
deserving mention or charitable oblivion,

not by momentary spleen
or love into decision hurled,
leisurely arrive at an opinion.

Remember me when I am dead
and simplify me when I’m dead

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