POCO ANTES DEL DESASTRE

Poco antes del desastre

Pablo Rada


Las carreteras de Virginia Occidental deben ser bastante especiales, teniendo en cuenta que John Denver les dedicó su canción más famosa. No es nada extraño si pensamos que estas carreteras atraviesan una de las regiones naturales más impresionantes del Este de los Estados Unidos, los Apalaches. Esta cadena montañosa poco elevada que recorre de Norte a Sur la Unión (desde Quebec en Canadá hasta Alabama) siempre ha sido un lugar peculiar, con una idiosincrasia muy distinta a la del lugar en el que se encuentra geográficamente: destiladores de alcohol ilegal, el famoso moonshine, acentos muy cerrados y venganzas entre familias que se prolongan por generaciones son solo algunas de las cosas que dan a esta región su lugar particular en el imaginario de los Estados Unidos. Se podría decir que Virginia Occidental es el centro de los Apalaches, el estado más representativo de la región, pero si continuamos por esas mismas carreteras rurales llegaremos a Clairton, en el estado de Pennsylvania.

Durante años por esas vías también circuló el carbón que extraído en Virginia Occidental iba a alimentar la industria del Oeste de Pennsylvania, especialmente la industria metalúrgica. Tal era el caso de la fundición de U.S Steel de Clairton, en el condado de Allegheny cuya capital, Pittsburgh era conocida como Steel City, la ciudad del acero. Aunque no vamos a hablar de acero, o no solo, sino de cine; y es que Clairton es la ciudad en la que tiene lugar El cazador (The deer hunter) la película de Michael Cimino estrenada en febrero de 1979, de la que se cumplen cuarenta años. En realidad no hay ninguna escena de la película rodada en Clairton y es improbable que el director o el elenco de actores (Meryl Streep, Robert De Niro, Christopher Walken, John Cazale, que moriría antes del estreno) pisaran la ciudad de 6000 habitantes. Las escenas estadounidenses fueron grabadas en el industrial y vecino Ohio, (incluida la iglesia ortodoxa que se encuentra en Cleveland), mientras que las de Vietnam se tomaron en Tailandia.

En verdad no hay nada raro en esto. Dejando a un lado que sea una práctica habitual en el cine, tiene más sentido aún en El cazador, una película ambientada en los sesenta (en 1967) que, sin embargo, nos habla también de los setenta o incluso de los ochenta; una película sobre la Guerra de Vietnam que realmente no trata sobre la Guerra de Vietnam sino sobre Clairton, PA, en la que nunca estuvo. Es verdad que buena parte de sus 183 minutos transcurren en Vietnam, pero no se trata de eso. Aunque en su momento las escenas de la guerra, especialmente las de la ruleta rusa, impactaron mucho, ese metraje central del film ha resistido peor el paso del tiempo. En el fondo, de la guerra solo vemos una caricatura de los vietnamitas como una mezcla a partes iguales de sadismo y ludopatía, y poco más. Probablemente Apocalipsis Now, del mismo año o Platoon de 1986 sean relatos más veraces de la guerra en sí. No obstante, El cazador posiblemente sea la mejor película sobre quién luchó en Vietnam y sobre cómo fueron los años sesenta fuera de las costas y de los círculos de clase media y formación universitaria que han copado todas (o casi) las producciones culturales sobre la década. Y es que en los sesenta no solo hubo hippies y entre Woodstock y San Francisco quedaba un país entero.

Los personajes que vemos en El cazador, esos hijos o, como mucho, nietos de inmigrantes lucharon esa guerra. En casa habían vivido aquella convulsa y engañosa década como trabajadores industriales, como los blue collar workers, como la clase trabajadora, y después fueron olvidados progresivamente bajo esa maquinaria publicitaria llena de flores y furgonetas Volkswagen (junto con los siempre olvidados, la población negra que vimos por ejemplo en Detroit (Kathryn Bigelow 2017) y que moría en Vietnam y a la vez en casa quemando edificios y enfrentándose a la policía en Newark, Harlem y Detroit mientras tenía lugar el verano del amor).

El cazador es una de esas películas en las que vemos, estereotipada como todo en el cine, parte de la vida de algunos trabajadores industriales. Un filme que junto con otros pocos como Marty (Delbert Mann 1955) nos muestran al common man estadounidense en escenas de su vida cotidiana. Y la gente que vemos allí no es como nos la imaginábamos. Han pasado casi diez años desde el final de los felices años cincuenta (si es que alguna vez fueron felices, según Friedan y Capote probablemente no), pero ni los electrodomésticos, ni la caza de brujas, ni siquiera un presidente guapo asesinado en Dallas o todas las películas del Hollywood clásico han cambiado nada para Mike Bronsky (Robert De Niro), Linda (Meryl Streep) o Nick Chevotarevich (Cristopher Walken). Las perspectivas que para ellos tiene el sueño americano son limitadas: después de una crianza en entornos y familias a menudo abusivas (algún día se estudiará el estrés postraumático que los padres de esta generación trajeron de Europa o de las islas del Pacífico y la violencia que generó), lo que quedaba era trabajo agotador y alienante para ellos y lo mismo más insatisfacción, mística de la feminidad y violencia machista para ellas; para ambos, consumo a crédito y televisión. Todo esto se vuelve más real si cabe en Clairton, que, como sus habitantes saben bien, está más cerca de Virginia Occidental que del Greenwich Village. Acontecimientos triviales y festividades privadas pasan y llenan junto con su cuota de drama las vidas de esta generación, con sus dosis de violencia y de belleza: la boda, la borrachera y el nocturno de Chopin en el bar.

Pero, como cualquier producción histórica (y aunque sea por poco, lo es) El cazador también nos habla de su propia época, del momento en que fue rodada; y es ahí donde las escenas de la clase trabajadora alcanzan otra dimensión. Porque este filme trata de los sesenta, pero al mismo tiempo nos habla de finales de los setenta y de los ochenta. Es una película rodada en un momento de transición entre una década de incertidumbre, los setenta, y otra, los ochenta, de los que poco podían saber. Quizás por eso nos cueste tanto verla como una película sobre los sesenta (es desconcertante pensar que el apartamento transcurra solo siete años antes en la ficción). De alguna manera, El cazador es como esas fotos que se hacen famosas por haber sido tomadas justo antes del desastre. Cuando vemos el comienzo, los hombres saliendo de la metalurgia, puede que alienados, puede que brutales, sin duda portadores de historias personales más o menos únicas, estamos asistiendo a la última aparición de la clase trabajadora por treinta años, justo antes del que sería el principio de su fin. Y ellos ni siquiera lo saben.

Apenas dos años después del estreno, un antiguo actor (uno que nunca hizo una película buena) diría lo siguiente en su primer discurso inaugural como presidente de la nación:

“Este grupo no conoce divisiones sectoriales, ni divisiones étnicas o raciales y atraviesa todos los límites entre partidos. Está compuesto por los hombres y las mujeres que hacen crecer nuestra comida, patrullan nuestras calles, se encargan de nuestras minas y fábricas, enseñan a nuestros niños, mantienen nuestras casas y nos curan cuando estamos enfermos. Especialistas, industriales, dueños de pequeños negocios, dependientes, taxistas y camioneros. Ellos son, en resumen, ese “nosotros, la gente”, la raza llamada americanos. El objetivo de esta administración será una sana, vigorosa y creciente economía que provea de igualdad de oportunidades a todos los americanos, sin distinciones nacidas del fanatismo o la discriminación. Poner a América a trabajar significa poner a todos los americanos de vuelta al trabajo. Acabar con la inflación significa liberar a todos los americanos del terror de los costes desbocados de la vida. Todos debemos compartir el trabajo productivo de “este nuevo comienzo” y todos debemos compartir la recompensa de una economía revitalizada. Con el idealismo y el juego limpio que son el núcleo de nuestro sistema y de nuestra fortaleza, podremos tener una América fuerte y prospera en paz consigo misma y con el mundo[…] Aquellos que dicen que vivimos un tiempo sin héroes no están mirando en la dirección correcta: podéis ver héroes cada día entrando y saliendo de nuestras fábricas”

También le votaron obreros, desencantados con la administración Carter y las consecuencias de la crisis del petróleo. Pero, contrariamente a la idea posterior del votante republicano, a Reagan sobre todo le hicieron presidente el sur rural y los altos niveles de renta, mientras que los votantes de las zonas industriales de los Apalaches apoyaron al candidato demócrata. En Pennsylvania solamente los condados del sudoeste se mantuvieron azules frente a la marea roja del Great Old Party. Allegheny, donde se encuentra Clairton, fue uno de esos condados azules. (También las zonas industriales del Oeste de Ohio y casi la totalidad de Virginia Occidental votaron como Clairton)

Dos años después del estreno de El cazador, Mike, Linda y Nick desaparecieron de la pantalla y de buena parte de la imaginación política y pública por treinta años. Entre tanto, al tiempo que desaparecía la clase, se cerraban fábricas, deslocalizadas en países más pobres; junto con ellas, los empleos, las formas de asociación, y más adelante desaparecería incluso la sociedad en palabras de la mejor compañera de reparto ese pésimo actor. Finalmente se terminaría por acabar la historia, aunque el tiempo siguió pasando igual que antes y con él todo fue cambiando.

Todo se fue convirtiendo en óxido. No sería hasta 2015 cuando volvieron a surgir los personajes de El cazador y los Apalaches tuvieron otra vez protagonismo; incluso aquí se empezó a escuchar aquello del cinturón del óxido. Los más osados nos volvían a hablar de clase, nos decían que era esa clase blanca trabajadora e industrial, que había estado empobreciéndose por treinta años, la que había elegido Presidente a Trump. Que esos antiguos trabajadores, convertidos ahora en etiqueta electoral, esos Mikes y Nicks (en mucha mayor medida que Linda) habían, contra todo pronóstico, subvertido las estrategias de campaña y de los centros políticos de las costas para dar poder a un millonario racista. Parte de eso por desgracia es verdad. Pero fue muy fácil culpar únicamente a un grupo social, y cuando cesó buena parte del ruido y se pudo leer que también la edad y la religión eran factores en el voto, y que especialmente los hogares con ingresos anuales superiores a los 50.000 dolares habían hecho presidente a Trump, ya no había nadie para escucharlo (Algo parecido había ocurrido en las elecciones de 1980). Clairton seguía teniendo un 30% de hogares bajo el umbral de la pobreza, pero ahora además tendría que lidiar con la responsabilidad de haber hecho presidente al hombre más odiado del mundo. Como broma, aunque no haga reír a nadie, queda que Allegheny, el condado donde está Clairton, fuera el único del oeste de Pennsylvania que votó mayoritariamente a Clinton (aunque influyó la presencia de Pittsburgh, que en los últimos años se ha reconvertido en una ciudad clave en la industria verde y farmacéutica y se enfrenta a los problemas propios  de la ciudad en el siglo XXI como una creciente gentrificación). En cuanto a Ohio y a Virginia Occidental, votaron mayoritariamente a Trump, hasta tal punto que en el segundo, no hubo ningún condado que votara demócrata.

No hay vuelta atrás para nuestros personajes, como para nadie, y no podemos retornar a esos años sesenta o setenta. Quizás no tengamos por qué querer hacerlo: el trabajo era brutal y alienante (solo de una manera diferente), el racismo y el machismo presentes en la sociedad daban forma también a las clases trabajadoras. No tiene sentido idealizar aquello, pero aun así hay algo profundo, algo sumamente idealizable en esa película. Quizás sea porque sabemos que estamos viendo un mundo que se despide. Esos hombres que veíamos salir de una fábrica, se visten de gala barata y algo hortera y van a la boda de uno de ellos. A la mañana siguiente, sin dormir, borrachos y ruidosos, conducen por esas mismas carreras que transportaban el carbón para cazar un ciervo. Es lo último que harán antes de ir a la guerra. Cuando llegan a la montaña, toda esa bulla resacosa y todo el fanfarroneo paran ante un entorno en el que todo eso parece fuera de luar  y todos los esfuerzos se concentran en matar a al animal de un único disparo. ¿Cuál es el extraño simbolismo de estas escenas americanas?  ¿Qué representa la caza del ciervo? ¿Es una metáfora de la inocencia que los personajes están a punto de perder en la guerra? ¿Es la relación entre Mike y Nick? Quizás no sea necesario saberlo, quizás no haya nada más profundo. Igual es por eso que funciona: las escenas de carreteras de montaña en un día helado y el Cadillac blanco que lleva a un grupo de hombres blancos a matar un ciervo (suena terrible y lo es) y la sensación de profanación que nos deja su presencia y su acto. Pero hay algo más, algo que tiene que ver con la fealdad y con la belleza y con la relación entre ambas.

Después de todo, después del funeral, al final de esa película que había empezado con una boda triste, los personajes preparan la comida y ponen la mesa; alguien empieza a cantar God bless America de una manera casual como se hace mientras se cocina o se limpia. Cada uno empieza a canturrear y van subiendo el tono hasta cantar todos a la vez con la voz de Mery Streep resaltando sobre las demás. No sé qué significa esa escena; no creo que sea patriotismo barato; no tiene que significar nada. Solo estábamos hablando de finales: el de la clase trabajadora, el de la sociedad, el de la historia y el único que es cierto, el de El cazador.

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