PIDE QUE EL CAMINO SEA LARGO

Pide que el camino sea largo

Guillermo Rodríguez Robles (@willrodrob)


El día en que subí al tren en la estación de San Petersburgo no sabía adónde me llevaba. Tenía el billete en el bolsillo, había buscado en las pantallas el número de tren y esperaba en el andén, sentado en mi mochila; pero no tenía en la cabeza adónde me estaba dirigiendo. Hay viajes que se emprenden mirando hacia delante, pensando en la llegada, en quien te espera al final. Viajes en los que se anhelan aventuras y se buscan historias que contar. Pero hay otros que son diferentes. Hay otros en los que importa lo que se deja atrás, no lo que se encuentra; en los que la mirada se dirige hacia uno mismo en vez de a lo que tiene alrededor. Cuando lo que impera es de dónde se viene y no adónde se va, se puede llegar a olvidar el lugar de destino.

Subí al tren y miré mi billete. Un círculo rodeaba mi número de litera, escondido entre caracteres en cirílico y códigos que no era capaz de descifrar. Crucé el vagón hasta el extremo opuesto. La disposición de los compartimentos era asombrosa. Decenas de personas jugaban a las cartas o conversaban en una serie de espacios abiertos, en los que en uno de los lados del pasillo, el más amplio, se enfrentaban, mesa mediante, dos asientos alargados que de noche harían de catre, imaginé, y sobre los cuales se veían abatidos otros dos camastros. Al otro lado del pasillo, paralelas a éste, había otras dos literas, una encima de la otra. Al llegar a la mía, en el lado de la mesa, suspiré. Le había creído entender a la taquillera que la camas inferiores eran de mayor longitud que las de arriba. No lo eran. Dejé la mochila en el suelo y me senté en el asiento. Un hombre de mediana edad, de pelo blanco y tez oscura, leía tumbado en el asiento de enfrente. Sorbía pausadamente el contenido de un pequeño cuenco de metal. «Sus rasgos son mezclados», pensé, «ni de Oriente ni de Occidente». Sería ése el rostro de Siberia. Vestía ropa de viaje, pantalones de pana y chaqueta marrón. Mientras le observaba me di cuenta, demasiado tarde, de que el hombre había levantado la mirada.

Dobrý den —murmuré, titubeante.

El hombre me hizo una leve inclinación de cabeza.

—Buenas tardes —dijo él, en inglés. Tenía un ligero acento, que no supe identificar—. ¿Adónde te diriges?

Vacilé. En ese momento no lo sabía. Lo llevaba escrito en el billete, pero no podía mirarlo para responder. «Puedo mentirle», pensé. En vez de hacerlo, le dije:

—Lo que me importa es que el camino sea largo.

El hombre guardó silencio y, esbozando una sonrisa, respondió:

—Para que haya camino tiene que haber un destino. Aunque sólo sea el de volver.

—Entonces, eso es —contesté—. Estoy volviendo a casa. Mi destino es Madrid.

—Este tren va hacia Vladivostok, así que puedes estar tranquilo. Tu camino será largo —me dijo por respuesta.

Nos miramos un momento y nos echamos a reír. Bajé la cabeza y busqué en mi mochila el termo y una bolsa de té, que había comprado esa mañana en San Petersburgo. Le pregunté dónde estaba el dispensador de agua para cocinar, que había leído que tenían todos los trenes en Rusia, y le ofrecí compartir el té.

—Te lo agradezco, pero estoy servido —me respondió, enseñándome una botella de cristal de contenido transparente—. ¿Te puedo ofrecer yo?

Dudé un instante, y asentí. El hombre se incorporó, cerró el libro y me llenó de vodka el tapón del termo, que utilicé como vaso. Me dijo su nombre, pero no lo recuerdo. Le pregunté adónde se dirigía él y me contó que iba a Pekín, que llevaba años viajando. Hablamos de muchas cosas. De Rusia, del pasado. Me habló de tiempos en los que en ese país todo el mundo tenía comida, trabajo y techo; y aun así, decía, habían sido muy pobres. Me dijo que en su opinión la comida no lo es todo; pero estuvo de acuerdo con que cuando escasea sí lo es. Me contó que todas las religiones del mundo son caminos que suben por la ladera de una misma montaña, y que cada camino es distinto, pero que todos llegan al mismo sitio, la cima de la montaña. Hablamos de Mongolia, de China, de lo que estaba por venir. Le conté entre carcajadas anécdotas del comienzo de mi viaje, y también historias que todavía no habían tenido lugar pero que estaba seguro de que ocurrirían. Le narré mi encuentro en una estación de tren con una diputada de la Duma y lo tensa que había sido nuestra discusión. Le hablé de viajes a caballo por las estepas de Mongolia, le hablé de sentirme libre y solo. Le hablé del miedo. Le conté que viviría en un monasterio budista, que recogería arroz y soja de campos de China, le conté que me sentiría más cercano a personas nacidas en la otra punta del mundo que de algunas que conozco desde que nací. Le hablé de estar lejos, le hablé de pensar en el lugar de donde vienes pero no querer volver. Hablamos. Hablamos de muchas cosas.

En una parada, una vendedora interrumpió nuestra conversación para ofrecernos pescado en salazón que traía en bolsas de papel. Asentimos, y mientras él negociaba con la mujer me di cuenta de que llevábamos mucho tiempo viajando. Los rasgos de los pasajeros que subían al tren habían ido cambiando imperceptiblemente. La prominencia de los pómulos, el rasgamiento de los ojos, el color de la tez. Sonó un silbato y el tren retomó la marcha. Busqué un pequeño reloj que había traído conmigo e intenté ajustar la hora para adecuarla a los husos horarios que habíamos atravesado, pero no lo conseguí. No sabía cuánto tiempo llevábamos viajando. El tren avanzaba, imparable, y las horas pasaban más rápido a su vez. Miré por la ventana y vi que la tundra había dejado paso a las estepas. Delante de mí ya no había ningún hombre, sino tres niños que jugaban con un pequeño teléfono móvil, y no había rastro de pescado, ni de vodka, ni de té. Me sentía aturdido y muy cansado. Decidí levantarme para preguntar a la tripulación dónde nos encontrábamos, pero no me pude incorporar. Cerré los ojos y apoyé la cabeza contra la ventana. «Sólo un momento», recuerdo que pensé. El traqueteo del tren era agradable, suave, cadencioso. Al cabo de un momento me había quedado dormido.

Al despertar, el camastro de enfrente estaba vacío. Fuera se estaba haciendo de día, y el tren bordeaba un lago tan grande que en el horizonte no se podía ver la otra ribera. «Será el mar», me pregunté. En la orilla se veían pequeños muelles y embarcaciones de madera. Mientras miraba por la ventana, el tren penetró en un túnel. De repente la ventana me devolvió mi propio reflejo, y me vi sentado en aquel camastro, despeinado, con la cabeza apoyada en la mano y el codo contra el cristal. Cuando el tren salió por fin del túnel me di cuenta de que aquella ventana me daba al mismo tiempo una imagen doble: la del camino recorrido y la de mi reflejo en él. «Eso es viajar solo», pensé. Verte a ti, mirando el camino.

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